“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.”  Lucas 9:51

abril 7, 2019 § Deja un comentario

Lo primero que notamos en esta cita es que la hora había llegado para que el Hijo de Dios ofrendara su vida por la humanidad, “cuando se cumplió el tiempo.” El evangelista Lucas utiliza un eufemismo para referirse a su muerte, al decir que había de ser recibido arriba. Con toda exactitud, Dios en su soberanía había determinado cuándo y cómo  se cumpliría la Redención. Dios reina.

A continuación, en una frase se describe el coraje y decisión con que Cristo se preparó para cumplir su misión salvadora: “Afirmó su rostro para ir a Jerusalén.” En este mismo evangelio se registran las palabras explícitas de  Jesús a sus discípulos: “He aquí subimos a Jerusalén y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre, pues será entregado a los gentiles y será escarnecido, y afrentado, y escupido. Y después que lo hayan azotado, lo matarán; mas al tercer día resucitará.” (18:31)

Afirmó su rostro.” Con esta expresión, Lucas nos informa que Cristo, con la muerte ante sus ojos vivía una lucha, y que habiendo vencido al terror, encaró con valor a la muerte. Si en su mente no estaban presentes el pavor, o lucha o angustia por la muerte misma, ¿por qué le era necesario afirmar su rostro? No es que Jesús careciera de sentimientos o estuviera bajo la influencia de una temeridad insensata; debe haber estado sufriendo por la cruel y pavorosa agonía que vendría sobre él por el riguroso juicio de Dios. Esta situación, lejos de disminuir o ensombrecer su gloria, es una maravillosa prueba de su amor sin límites por nosotros.” (J. Calvino)

Con estos dos entendimientos – el cumplimiento del tiempo y la entrega voluntaria de Jesús para realizar la Redención –  podemos adentrarnos en los eventos de la última semana de la vida de Jesús en Jerusalén. Estas dos verdades arrojan luz sobre acciones que el Señor realizó para cumplir su propósito: Su manifestación pública como el Hijo de David en Jerusalén, su celo al limpiar el templo de comerciantes impúdicos, su llanto sobre la santa ciudad, su divina sabiduría revelada en discusiones con los fariseos y sacerdotes, la preparación de un aposento para establecer la pascua del nuevo pacto en su sangre, su oración en Gethsemaní, su sumisión para beber la copa de la ira de Dios, su entrega voluntaria, su regio silencio ante la injusticia de los hombres, la humillación y vejaciones sufridas de manos de pecadores, su marcha al Gólgota, sus múltiples mensajes desde la cruz, su muerte . . . .

Como él se humilló a sí mismo, Dios le exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre. Glorifiquémosle en su exaltación: Su resurrección, ascensión, intercesión a la diestra de Dios por nosotros, su anhelada segunda venida. Es tiempo de alabar a Dios con corazones humillados y agradecidos por su salvación.

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“Vete a tu casa, a los tuyos y cuéntales cuán grandes cosas ha hecho el Señor contigo.” Marcos 5.19

marzo 31, 2019 § Deja un comentario

El evangelista Marcos  narra que en un cementerio de la región de Gadara, vivía un endemoniado que aullaba día y noche y se hería a sí mismo con piedras. En varias ocasiones los hombres le habían atado con cadenas, pero era  tal su fuerza que las rompía y se escapaba a los montes. ¿Pueden imaginar el miedo que sentían los niños, las mujeres y aún los más valientes del pueblo?

Un día llegó Jesús a la región y el endemoniado corrió hacia él, se postró  y le dijo: “¿Qué tienes conmigo Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.” ¡De manera que aún los demonios reconocen a Jesús y se someten a él! Este demonio se llamaba “Legión, porque eran muchos los que poseían a ese hombre. Jesús les ordenó salir de él y les permitió que entrasen en los dos mil cerdos de una piara que pacía por allí. Los cerdos se precipitaron al mar y quienes los cuidaban corrieron a la ciudad a dar parte a los dueños del hato.

Cuando llegaron los habitantes del pueblo a ver qué sucedía tuvieron miedo, porque vieron al hombre que había sido atormentado por los demonios sentado, vestido y en su juicio cabal, y le pidieron a Jesús que se fuera de sus contornos. ¡Cuán miserable es la condición humana! Ahora tenían más miedo del hombre que había sido rescatado y que tenía luz en sus ojos como una persona libre y sensata, que del personaje siniestro que había sido, bajo el dominio de los demonios y peor aún, lejos de ver en Jesús  al benefactor y fuente de bendición, en su torpeza le ruegan que se vaya, que se aleje de ellos . . .

La historia no termina allí. En la escena final vemos a Jesús entrando en su barca para ir a la otra orilla del lago, y oímos al hombre que fue liberado por Cristo haciéndole una petición. Podemos imaginar sus palabras: Señor, déjame ir contigo, pues en ti encontré la vida. Aquí no soy aceptado, no hay lugar para mí entre  la gente que me odia y me teme. ¡Permíteme que vaya contigo!

La respuesta de Jesús es sorprendente: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo. Y cómo ha tenido misericordia de ti.” Jesús es desconcertante a veces pero es sabio y bueno. El hombre fue y comenzó a publicar cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.

En Marcos 7.31-37 se narra el regreso de Jesús a Decápolis donde sana a un sordomudo. “Bien lo ha hecho todo – fue el testimonio de esa comunidad – hace a los sordos oír y a los mudos hablar.” Dios llevó salvación a muchos a través del testimonio de un hombre acabado, despreciado y miserable, quien habiendo sido una piltrafa de satanás, se convirtió en un instrumento maravilloso en las manos de Dios.

“¡Hoy ha venido la salvación a esta casa!” Lucas 19.9

marzo 24, 2019 § Deja un comentario

Zaqueo es un personaje muy atractivo. Cuando de niños escuchamos su historia por primera vez, sentimos simpatía por él. Era un hombre pequeño y muy rico que se atrevió a subir a un árbol – algo que a todos los niños nos encanta –  sin importarle lo que la gente pensara de él, para poder ver a Jesús mientras pasaba por las calles de Jericó. Pero también tenía una parte oscura: Era publicano y peor aún, era jefe de los publicanos. Estos señores eran cobradores de impuestos por parte del gobierno romano. Tenían fama de  deshonestos y corruptos. Eran mal vistos y odiados por el pueblo pues sus lujos y riquezas eran mal habidas. Los publicanos eran señalados como “pecadores” por los fariseos.

Lo sorprendente en esta historia es que cuando Jesús le miró, le dijo que quería posar en su casa. Cuando la gente volteó a ver  con quien hablaba, descubrió entre las ramas del árbol al despreciable Zaqueo. ¿Por qué de entre todos los que estaban allí, Jesús escogió al jefe de los publicanos para visitarle en su casa? Zaqueo no titubeó, bajó rápidamente y le recibió gozoso. Es muy probable que la gente desde la calle pudiera ver y oír lo que ocurría dentro de la casa.

El disgusto  y las críticas no se hicieron esperar, no sólo hacia Zaqueo sino que también censuraban a Jesús: ¿Cómo es posible que Jesús entrara a reposar en casa de un hombre pecador? Jesús no contestó.

No conocemos la conversación entre ellos dos pero sí vemos los efectos del mensaje redentor de Jesús, pues  Zaqueo no pudo tolerar que por su propia mala fama Jesús fuese criticado por la gente. Entonces el publicano, tocado por el amor y compasión de Jesús, se puso de pie y dijo al Señor: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.”

Esta reacción fue más que una rectificación moral; actuar así implica un cambio de corazón, conocer una nueva vida, una nueva justicia. Así es la obra eficaz del Hijo del Hombre que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Jesús levantó entonces su mirada y sonrió al hacer la declaración más maravillosa: “¡Hoy ha venido la salvación a esta casa!” ¿Qué mayor bendición se podía esperar? Añadió además: “por cuanto él también es hijo de Abraham”, lo cual significa que era un verdadero hijo de Abraham, no sólo en cuanto a la carne, sino un auténtico miembro espiritual del pueblo de Dios. Zaqueo había vivido aislado, repudiado  por el pueblo, pero ahora Jesús le reincorpora a la familia de los creyentes.

Hoy también Jesús nos llama y quiere morar con nosotros. Su mensaje de salvación sigue siendo igualmente poderoso. Jesús vino a buscar y salvar lo que se ha perdido en cada uno de nosotros.

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.” Juan 4.13

marzo 19, 2019 § Deja un comentario

Jesús estaba haciendo un viaje de varios días a pie desde Judea hasta la región de Galilea, y un día llegó  cansado a las afueras de Sicar o Siquem, ciudad samaritana. Se sentó junto al pozo de Jacob a descansar en tanto  que sus discípulos iban a buscar comida. Eran como las doce del día. Llegó entonces una mujer de mala reputación a sacar agua del pozo y Jesús le pidió que le diera de beber. Esto sorprendió a la mujer porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí, pero Jesús tenía un propósito para ella y para su ciudad: Llevarles la salvación.

En la historia que sigue se cumple el proverbio que dice: “La senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento, hasta que el día es perfecto” (Prov 4.18). Esto es, que la revelación y su entendimiento espiritual son progresivos,  hasta que la persona llega al conocimiento pleno de  la salvación en Cristo.

Lo primero que ella ve en Jesús es sólo un judío pero, cuando Jesús le dice que él tiene un agua viva de la que si ella bebiere no  tendría sed jamás, y se convertiría en una fuente de agua que salta para vida eterna, ella pide que le dé de esa agua.

Jesús, sin entrar en profundas enseñanzas, sólo pide a la mujer que llame a su marido, sabiendo de antemano que la mujer había fracasado en cinco ocasiones. Al notar la mujer su clarividencia declara: Señor, me parece que tú eres profeta, un santo de Dios. La mujer ya ha subido a un segundo nivel de conocimiento de quién es Jesús.

Al sentirse descubierta, apela a la religión y pregunta dónde es que Dios debe ser adorado.  Él le hace ver que la adoración a Dios no depende de lugares ni de formas; a Dios se la adora en espíritu y en verdad. Entonces el Espíritu pone en el corazón de la mujer la intuición de que Jesús es el Cristo el Enviado de Dios, quien declarará todas las cosas. Jesús se lo confirma: ”Yo soy, el que habla contigo.”  En este punto la mujer ha llegado al clímax, su día es perfecto porque ahora sabe que Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo.

Inmediatamente regresó a la ciudad para anunciar “afuera hay un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho” ¿No será éste el Cristo? ¡Seguramente es el Cristo! Su testimonio cayó en tierra fértil y muchos de los samaritanos creyeron en Jesús y decían a la mujer: ¡Ya no solamente creemos por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo!

 Y tú, querido lector, ¿ya has bebido del agua que Cristo ofrece para apagar tu sed espiritual? ¿Confías en Jesús, el Salvador del mundo? ¡Pues entonces es tiempo de llevar este mensaje a tu ciudad para que muchos más sean salvos en él!

“Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” Salmo 145:18

marzo 10, 2019 § Deja un comentario

Esta verdad se aplica principalmente a los creyentes, a quienes Dios de manera  privilegiada, les invita a acercarse a Él prometiéndoles  que será  propicio a sus oraciones. Sin duda alguna, la fe se debilita y aún muere sin la oración, en la cual el espíritu de adopción se manifiesta  y pone en acción. A través de la oración comprobamos que las promesas de Dios son firmes y seguras.

La inapreciable gracia de Dios hacia los creyentes se muestra en resumen, en que Él se nos presenta como nuestro Padre. Aunque la duda nos ataque al orar a Dios y nos acerquemos a Él temblando o desalentados, David declara que, sin excepción, Dios escucha a todo aquél que le invoca.

Al mismo tiempo, afirma que la forma aceptable de invocar a Dios, es hacerlo de veras. Muchos hombres recurren a Dios con una  actitud frívola y en ocasiones pretenden discutir con Él, con corazones llenos de orgullo o enojo. Su indignación, quejas  y disgusto llegan a su límite cuando tales oraciones no son contestadas. Aunque todos los hombres invocan a Dios en tiempo de necesidad, son pocos los que lo hacen  con arrepentimiento y fe.

Existen entonces muy importantes razones por las que nuestras oraciones deben hacerse en verdad, desde  un corazón sincero. La falsedad, contraria la verdad, se manifiesta de muchas maneras: Infidelidad, vacilación, impaciencia, murmuración, fingida humildad; en resumen, en actitudes e inclinaciones pecaminosas.  Invocar a Dios en verdad tiene una promesa. El texto sigue diciendo:

“Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos y los salvará.”

 ¿Cómo es que Dios  habría de ajustarse a los deseos del hombre cuando, más bien, nos corresponde contemplar su exaltada grandeza y  humildemente sujetarnos a su voluntad?

El apóstol Juan escribió: “Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye.” Por esta razón Jesús Cristo nos enseñó a orar diciendo: “Hágase tu voluntad.”

Juan Calvino

 

¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?

marzo 2, 2019 § Deja un comentario

Para poder contestar esta pregunta  es necesario hacernos otra: ¿Por qué estaba Jesús tan aterrorizado en el huerto de Gethsemaní? La causa de ese horror era una copa, la copa de la ira de Dios.

Esa copa estaba reservada exclusivamente para los malvados: “El cáliz  está en la mano de Jehová y el vino está fermentado . . . hasta el fondo lo apurarán, y lo beberán todos los impíos de la tierra.” (Salmo 75 8). Samaria bebió de ella, más tarde lo hizo Judá, también Edom por sus maldades. Todos ellos merecían beber la copa de la ira, pero no así Jesús. El misterio de Dios es que Jesús se identificaría con los pecadores y sufriría las consecuencias de sus pecados para hacer la paz y reconciliarlos con Dios.

La copa no era opcional. Esa copa tenía que ser derramada porque es la justa expresión de la ira de Dios contra el pecado. Las naciones impías no podían evitarla: “Tienen que beber” (Jer. 25:28). Aunque por razones muy diferentes, Jesús tampoco tuvo otra alternativa: Primero, para cumplir el plan de Salvación; en segundo lugar,  era necesario dar satisfacción a la justicia de Dios y, finalmente, la bebió para que tú y yo no tuviéramos que hacerlo.

Jesús ciertamente la bebió. Rogó ser librado de ella pero la respuesta a su oración fue el ruido de las pisadas de quienes  venían a aprehenderlo. Cuando Pedro intentó defenderlo, le dijo: ”Guarda tu espada, ¿acaso no he de beber la copa que el Padre pone ante mí?”. Más tarde cuando clamó desde la cruz: ”¡Tengo sed!”, le dieron vino agrio y lo bebió pero, al exclamar a gran voz: “¡Consumado es!” y entregar el espíritu, fue entonces y sólo entonces que la copa  ya estaba vacía.

¿Por qué murió Cristo? Murió porque alguien tenía que beber la copa de la ira de Dios y Jesús quiso librarnos a ti y a mí, y entonces Él la bebió en nuestro lugar.

En la Biblia se menciona otra copa, la copa de la Salvación (Sal. 116:12,13). Ahora Dios pone ante nosotros dos opciones: La copa de la Ira de Dios y la copa de Su Salvación. Hay aun una copa más, reservada para quienes escuchan Su llamado de amor y responden en fe: La copa de Bendición del nuevo pacto en su sangre, en la mesa del Señor.

La próxima vez que lleves a tus labios la copa de la comunión, medita en lo profundo de tu corazón que Jesús bebió la copa del furor de Dios para que nosotros, su cuerpo, podamos acercarnos con gratitud y humildad a Su mesa y beber la copa de bendición, “anunciando así la muerte del Señor hasta que venga.” (1 Cor. 11:26)

De un sermón de Larry Trotter predicado en Berith el 2 de agosto de 1992 antes de participar de la mesa del Señor.

LA ELECCIÓN DE OFICIALES

febrero 24, 2019 § Deja un comentario

“Lo que creemos los Cristianos.”  G. Nyenhuis

Lección 48. Extracto

En esta ocasión no nos referimos a una doctrina, sino a la manera de poner en práctica lo que la Biblia enseña respecto a la iglesia y al papel de sus oficiales. La elección de oficiales es un deber ético pues forma parte de nuestras obligaciones  como miembros de la iglesia local.

Que los oficiales cumplan con sus encargos es en cierto sentido nuestro cumplimiento; si alguno no cumpliere, esto es nuestra responsabilidad y no simplemente algo de lo que  podemos acusarlo. Nosotros cumplimos o fallamos por medio de los oficiales a quienes elegimos para que funcionen a nombre nuestro. Esto no es algo que  podemos tomar a la ligera. La instrucciones que nos da la Biblia sobre la elección de oficiales son tanto para quienes eligen como para quienes son elegidos.

Tenemos que elegir personas ejemplares. Pablo se puso como ejemplo a los ancianos de Éfeso en cuanto al cumplimiento de su oficio y también mencionó a Apolos. El autor de Hebreos exhorta a los creyentes a que imiten la fe de sus oficiales. Las personas a quienes elijamos deben poder decir con toda honradez: Imítenme en esto. Necesitamos modelos a quienes podamos imitar en su fe, en  su conocimiento y lealtad a la Palabra, su sana doctrina. También en su carácter y vida familiar, en su honradez, prudencia, hospitalidad, en su resistencia a las tentaciones del mundo – “no dados al vino o a las ganancias deshonestas” – en su generosidad, “no avaro”.

Deben estar disponibles y dispuestos a asumir las responsabilidades de su oficio.

Este es un requisito nos sólo para los ancianos docentes o pastores, quienes manifiestan con convicción su llamamiento y disposición para predicar el evangelio; también es necesario que los ancianos gobernantes y diáconos tengan ese anhelo de servir y un  firme compromiso.

No tenemos derecho de poner en el oficio a personas que sabemos de antemano que no tienen la capacidad o disponibilidad para cumplir. Si lo hacemos, su incumplimiento será nuestro. No pueden ser candidatos para estos oficios quienes ponen excusas para atender otras prioridades (Luc 9:57-62), quienes dedican el domingo para estar con la familia (olvidando que pueden estar con la familia en la iglesia), ni quienes por razones legítimas están impedidos por ahora para asumir tal responsabilidad. Esta parece ser una situación difícil; sin embargo, tenemos que confiar en que Dios, quien cuida de su iglesia, proveerá los oficiales que necesitamos. Con esta confianza tenemos que orar y buscar los espacios para servir al Señor.

“Rogad pues al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” Mateo 9.38