“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.” Juan 4.13

marzo 19, 2019 § Deja un comentario

Jesús estaba haciendo un viaje de varios días a pie desde Judea hasta la región de Galilea, y un día llegó  cansado a las afueras de Sicar o Siquem, ciudad samaritana. Se sentó junto al pozo de Jacob a descansar en tanto  que sus discípulos iban a buscar comida. Eran como las doce del día. Llegó entonces una mujer de mala reputación a sacar agua del pozo y Jesús le pidió que le diera de beber. Esto sorprendió a la mujer porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí, pero Jesús tenía un propósito para ella y para su ciudad: Llevarles la salvación.

En la historia que sigue se cumple el proverbio que dice: “La senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento, hasta que el día es perfecto” (Prov 4.18). Esto es, que la revelación y su entendimiento espiritual son progresivos,  hasta que la persona llega al conocimiento pleno de  la salvación en Cristo.

Lo primero que ella ve en Jesús es sólo un judío pero, cuando Jesús le dice que él tiene un agua viva de la que si ella bebiere no  tendría sed jamás, y se convertiría en una fuente de agua que salta para vida eterna, ella pide que le dé de esa agua.

Jesús, sin entrar en profundas enseñanzas, sólo pide a la mujer que llame a su marido, sabiendo de antemano que la mujer había fracasado en cinco ocasiones. Al notar la mujer su clarividencia declara: Señor, me parece que tú eres profeta, un santo de Dios. La mujer ya ha subido a un segundo nivel de conocimiento de quién es Jesús.

Al sentirse descubierta, apela a la religión y pregunta dónde es que Dios debe ser adorado.  Él le hace ver que la adoración a Dios no depende de lugares ni de formas; a Dios se la adora en espíritu y en verdad. Entonces el Espíritu pone en el corazón de la mujer la intuición de que Jesús es el Cristo el Enviado de Dios, quien declarará todas las cosas. Jesús se lo confirma: ”Yo soy, el que habla contigo.”  En este punto la mujer ha llegado al clímax, su día es perfecto porque ahora sabe que Jesús es el Cristo, el Salvador del mundo.

Inmediatamente regresó a la ciudad para anunciar “afuera hay un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho” ¿No será éste el Cristo? ¡Seguramente es el Cristo! Su testimonio cayó en tierra fértil y muchos de los samaritanos creyeron en Jesús y decían a la mujer: ¡Ya no solamente creemos por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo!

 Y tú, querido lector, ¿ya has bebido del agua que Cristo ofrece para apagar tu sed espiritual? ¿Confías en Jesús, el Salvador del mundo? ¡Pues entonces es tiempo de llevar este mensaje a tu ciudad para que muchos más sean salvos en él!

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“Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” Salmo 145:18

marzo 10, 2019 § Deja un comentario

Esta verdad se aplica principalmente a los creyentes, a quienes Dios de manera  privilegiada, les invita a acercarse a Él prometiéndoles  que será  propicio a sus oraciones. Sin duda alguna, la fe se debilita y aún muere sin la oración, en la cual el espíritu de adopción se manifiesta  y pone en acción. A través de la oración comprobamos que las promesas de Dios son firmes y seguras.

La inapreciable gracia de Dios hacia los creyentes se muestra en resumen, en que Él se nos presenta como nuestro Padre. Aunque la duda nos ataque al orar a Dios y nos acerquemos a Él temblando o desalentados, David declara que, sin excepción, Dios escucha a todo aquél que le invoca.

Al mismo tiempo, afirma que la forma aceptable de invocar a Dios, es hacerlo de veras. Muchos hombres recurren a Dios con una  actitud frívola y en ocasiones pretenden discutir con Él, con corazones llenos de orgullo o enojo. Su indignación, quejas  y disgusto llegan a su límite cuando tales oraciones no son contestadas. Aunque todos los hombres invocan a Dios en tiempo de necesidad, son pocos los que lo hacen  con arrepentimiento y fe.

Existen entonces muy importantes razones por las que nuestras oraciones deben hacerse en verdad, desde  un corazón sincero. La falsedad, contraria la verdad, se manifiesta de muchas maneras: Infidelidad, vacilación, impaciencia, murmuración, fingida humildad; en resumen, en actitudes e inclinaciones pecaminosas.  Invocar a Dios en verdad tiene una promesa. El texto sigue diciendo:

“Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos y los salvará.”

 ¿Cómo es que Dios  habría de ajustarse a los deseos del hombre cuando, más bien, nos corresponde contemplar su exaltada grandeza y  humildemente sujetarnos a su voluntad?

El apóstol Juan escribió: “Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye.” Por esta razón Jesús Cristo nos enseñó a orar diciendo: “Hágase tu voluntad.”

Juan Calvino

 

¿POR QUÉ MURIÓ CRISTO?

marzo 2, 2019 § Deja un comentario

Para poder contestar esta pregunta  es necesario hacernos otra: ¿Por qué estaba Jesús tan aterrorizado en el huerto de Gethsemaní? La causa de ese horror era una copa, la copa de la ira de Dios.

Esa copa estaba reservada exclusivamente para los malvados: “El cáliz  está en la mano de Jehová y el vino está fermentado . . . hasta el fondo lo apurarán, y lo beberán todos los impíos de la tierra.” (Salmo 75 8). Samaria bebió de ella, más tarde lo hizo Judá, también Edom por sus maldades. Todos ellos merecían beber la copa de la ira, pero no así Jesús. El misterio de Dios es que Jesús se identificaría con los pecadores y sufriría las consecuencias de sus pecados para hacer la paz y reconciliarlos con Dios.

La copa no era opcional. Esa copa tenía que ser derramada porque es la justa expresión de la ira de Dios contra el pecado. Las naciones impías no podían evitarla: “Tienen que beber” (Jer. 25:28). Aunque por razones muy diferentes, Jesús tampoco tuvo otra alternativa: Primero, para cumplir el plan de Salvación; en segundo lugar,  era necesario dar satisfacción a la justicia de Dios y, finalmente, la bebió para que tú y yo no tuviéramos que hacerlo.

Jesús ciertamente la bebió. Rogó ser librado de ella pero la respuesta a su oración fue el ruido de las pisadas de quienes  venían a aprehenderlo. Cuando Pedro intentó defenderlo, le dijo: ”Guarda tu espada, ¿acaso no he de beber la copa que el Padre pone ante mí?”. Más tarde cuando clamó desde la cruz: ”¡Tengo sed!”, le dieron vino agrio y lo bebió pero, al exclamar a gran voz: “¡Consumado es!” y entregar el espíritu, fue entonces y sólo entonces que la copa  ya estaba vacía.

¿Por qué murió Cristo? Murió porque alguien tenía que beber la copa de la ira de Dios y Jesús quiso librarnos a ti y a mí, y entonces Él la bebió en nuestro lugar.

En la Biblia se menciona otra copa, la copa de la Salvación (Sal. 116:12,13). Ahora Dios pone ante nosotros dos opciones: La copa de la Ira de Dios y la copa de Su Salvación. Hay aun una copa más, reservada para quienes escuchan Su llamado de amor y responden en fe: La copa de Bendición del nuevo pacto en su sangre, en la mesa del Señor.

La próxima vez que lleves a tus labios la copa de la comunión, medita en lo profundo de tu corazón que Jesús bebió la copa del furor de Dios para que nosotros, su cuerpo, podamos acercarnos con gratitud y humildad a Su mesa y beber la copa de bendición, “anunciando así la muerte del Señor hasta que venga.” (1 Cor. 11:26)

De un sermón de Larry Trotter predicado en Berith el 2 de agosto de 1992 antes de participar de la mesa del Señor.

LA ELECCIÓN DE OFICIALES

febrero 24, 2019 § Deja un comentario

“Lo que creemos los Cristianos.”  G. Nyenhuis

Lección 48. Extracto

En esta ocasión no nos referimos a una doctrina, sino a la manera de poner en práctica lo que la Biblia enseña respecto a la iglesia y al papel de sus oficiales. La elección de oficiales es un deber ético pues forma parte de nuestras obligaciones  como miembros de la iglesia local.

Que los oficiales cumplan con sus encargos es en cierto sentido nuestro cumplimiento; si alguno no cumpliere, esto es nuestra responsabilidad y no simplemente algo de lo que  podemos acusarlo. Nosotros cumplimos o fallamos por medio de los oficiales a quienes elegimos para que funcionen a nombre nuestro. Esto no es algo que  podemos tomar a la ligera. La instrucciones que nos da la Biblia sobre la elección de oficiales son tanto para quienes eligen como para quienes son elegidos.

Tenemos que elegir personas ejemplares. Pablo se puso como ejemplo a los ancianos de Éfeso en cuanto al cumplimiento de su oficio y también mencionó a Apolos. El autor de Hebreos exhorta a los creyentes a que imiten la fe de sus oficiales. Las personas a quienes elijamos deben poder decir con toda honradez: Imítenme en esto. Necesitamos modelos a quienes podamos imitar en su fe, en  su conocimiento y lealtad a la Palabra, su sana doctrina. También en su carácter y vida familiar, en su honradez, prudencia, hospitalidad, en su resistencia a las tentaciones del mundo – “no dados al vino o a las ganancias deshonestas” – en su generosidad, “no avaro”.

Deben estar disponibles y dispuestos a asumir las responsabilidades de su oficio.

Este es un requisito nos sólo para los ancianos docentes o pastores, quienes manifiestan con convicción su llamamiento y disposición para predicar el evangelio; también es necesario que los ancianos gobernantes y diáconos tengan ese anhelo de servir y un  firme compromiso.

No tenemos derecho de poner en el oficio a personas que sabemos de antemano que no tienen la capacidad o disponibilidad para cumplir. Si lo hacemos, su incumplimiento será nuestro. No pueden ser candidatos para estos oficios quienes ponen excusas para atender otras prioridades (Luc 9:57-62), quienes dedican el domingo para estar con la familia (olvidando que pueden estar con la familia en la iglesia), ni quienes por razones legítimas están impedidos por ahora para asumir tal responsabilidad. Esta parece ser una situación difícil; sin embargo, tenemos que confiar en que Dios, quien cuida de su iglesia, proveerá los oficiales que necesitamos. Con esta confianza tenemos que orar y buscar los espacios para servir al Señor.

“Rogad pues al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” Mateo 9.38

EL OFICIO DE DIÁCONO

febrero 17, 2019 § Deja un comentario

“Lo que creemos los Cristianos.”  G. Nyenhuis

Lección 47. Extracto

Uno de los errores graves que cometemos es el de jerarquizar los oficios en la iglesia. Se piensa con frecuencia que el oficio de anciano gobernante es inferior al de anciano docente o pastor y, para colmo, en muchas iglesias se cree que el diácono está al final de esta jerarquía. Tenemos que cortar de tajo esas ideas que hacen mucho daño a la iglesia. En primer lugar, en la iglesia no existen jerarquías. Eso lo aprendimos del clericalismo. Todos somos iguales a los ojos de Dios y debemos serlo también  a nuestros propios ojos. Sólo existe diversidad de  oficios, porque hay diversidad de dones y de llamados.

El concepto básico del oficio de diácono. Al principio los oficios no estaban diferenciados en la iglesia. Diácono significa “el que sirve” o ministro. Diaconía se traduce como ministerio u oficio. El vocablo es tan amplio, que podemos decir que todos los oficiales de la iglesia son diáconos o servidores, cada uno en su diaconía.

Según el concepto bíblico, los diáconos son un cuerpo de servicio que se encarga de todo lo que no está específicamente asignado a  otros oficiales.

El énfasis espiritual de esta tarea. Como los diáconos se ocupan de varios aspectos materiales, en ocasiones olvidamos que todo lo que hacen por el Señor y por su iglesia tiene un rico trasfondo espiritual. Todo está en función de cumplir con la tarea de la iglesia. Ellos ayudan y atienden  todas las circunstancias del culto para la adoración a Dios. Aunque su trabajo no es precisamente la enseñanza de la palabra (en el sentido formal), toda su labor está en función de su predicación y enseñanza en todas las actividades educativas de la iglesia. Entre sus encargos están: la atención a las necesidades de los miembros de la iglesia, promover las buenas relaciones y llevar la ayuda económica a los más necesitados  como auténticas expresiones del amor y misericordia de Cristo. Los diáconos también deben con su ejemplo promover la generosidad al ofrendar al Señor, por ser una suprema expresión de espiritualidad del creyente.

Las características sobresalientes del diácono. Como en el caso de los diáconos, también hay requisitos. Algunos de ellos se repiten, otros se expresan de manera diferente, pero también hay algunos especiales. El diácono es alguien de palabra segura, sin doblez. Ellos y sus esposas deben saber controlar la lengua. Pablo, bajo la dirección del Espíritu, pone el carácter de la esposa como un requisito. Entre sus atributos está que sean muy experimentados por lo que “deben primero ser puestos a prueba”.

Este es un oficio esencial para la iglesia. Todos debemos apoyarlos y colaborar con ellos en tantas y tan variadas tareas y actividades que demanda la vida congregacional.

EL ANCIANO GOBERNANTE

febrero 10, 2019 § Deja un comentario

“Lo que creemos los Cristianos.”  G. Nyenhuis

Lección 46. Extracto

La organización de la iglesia no es  una cuestión práctica para obtener los mejores resultados; tiene que ver con la doctrina que la Biblia enseña sobre qué es la Iglesia, cuál es su misión, y en función de ello, cuál es su organización y  forma de gobierno. La Biblia no nos presenta un “manual o reglamento de gobierno” sino que nos muestra el modelo en las páginas del Nuevo Testamento. De allí deriva el sistema  presbiteriano de gobierno, que se ejerce a través de ancianos o presbíteros, como representantes de la iglesia.

La importante tarea del anciano gobernante. El oficio de anciano es clave; no necesariamente el primordial en el funcionamiento de la iglesia, pues el ministerio de la Palabra siempre es lo esencial. Los ancianos representan a Cristo como Rey y son la autoridad principal en la iglesia. Esta autoridad es derivada, está sujeta a Cristo y no pertenece a ninguna de las personas que ocupan este oficio. La Biblia también los llama “obispos” pues son supervisores de la grey.

El trabajo del anciano es cuidar o, más bien, supervisar el rebaño. El verdadero pastor de la iglesia es el conjunto de ancianos, gobernantes y docentes. El pastoreado es colegiado, se ejerce en conjunto. Tienen la grave responsabilidad de supervisar el alimento, la doctrina que recibe el rebaño en todas sus espacios de enseñanza.

Los ancianos de la iglesia determinan con base en la Palabra, quiénes pueden ser admitidos como sus miembros. Es una tremenda responsabilidad admitir (o rechazar), a una persona. Tomar decisiones sobre estos puntos requiere madurez espiritual y sabiduría cristiana. Les corresponde ejercer la disciplina cristiana, siempre con la intención de restaurar al hermano que se ha desviado. Juzgan en casos de dificultades entre miembros. En general, asumen el deber de imponer la disciplina amorosa que convenga a los miembros de la iglesia para favorecer su desarrollo espiritual.

Los exigentes requisitos para el oficio de anciano gobernante. Algunos tiene que ver con su integridad personal: dueño de sí mismo, sobrio, amable, no codicioso, apacible. También requiere tener ciertos atributos: que sea firme en su fe y tenga experiencia, que gobierne bien su casa, apto para enseñar, que retenga la Palabra. Otros tienen que ver con su ambiente social: hospedador, buen testimonio de los de afuera, no  dado al vino, marido de una sola mujer.

Todas estos rasgos son espirituales y debemos ser lo suficientemente valientes en el Señor para poner tales criterios en práctica. Es una falacia pensar que el éxito o astucia en la vida o la simpatía personal son las cualidades deseadas. Los requisitos que la Biblia pone para ser anciano son de carácter y profundamente espirituales.

“Adora a Dios; porque el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía.” Apocalipsis 19:10

febrero 3, 2019 § Deja un comentario

La adoración a Dios, al Dios verdadero, no es algo que brote naturalmente en el hombre; sólo surge en el corazón de los redimidos, en aquellos a quienes Dios se ha dado a conocer. Para ellos, adorar es un gozoso deber, la razón misma de su ser. La adoración  a Dios está presente de manera inevitable en su viva relación con Dios. Además, la adoración tiene sus motivos; sus razones son la Belleza, Majestad y Santidad de Dios y también Sus obras magníficas, no sólo en la Creación, sino también en la Redención. No adoramos al “dios desconocido”; adoramos al Dios Trino que se ha revelado en su Creación, en la Escritura y en Jesucristo.

El libro de Apocalipsis es un tratado de adoración pues expone la gloria, magnificencia, soberanía y poderío de nuestro Dios. Nos dice cómo es Dios, cómo reina sobre todo el universo y lo sostiene; nos describe sus obras, su propósito redentor, y todo ello  mueve nuestro corazón a  adorarle.

En el capítulo 19 de Apocalipsis, Juan relata el escenario glorioso de adoración a Dios por parte de la iglesia (los veinticuatro ancianos) la creación entera (los cuatro seres vivientes) y de la gran multitud en el cielo que decía: “¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro” pues el Señor ha juzgado a la gran ramera y a su falso profeta, a las bestias y al dragón. ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”

Sigue el anuncio de las Bodas del Cordero: “Gocémonos y alegrémonos y demos gloria porque han llegado las bodas del Cordero y su esposa se ha preparado. . . ¡Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero!”

Es entonces cuando Juan, absorto e impresionado por tan magnífica revelación se postra a los pies del ángel para adorarle, quien le impide hacerlo, pues declara ser “un consiervo suyo, igual que los hermanos que retienen el testimonio de Jesús.”  La adoración sólo corresponde a Dios.

La explicación es que toda profecía  da testimonio de Jesús, “el Cordero que fue inmolado y con su sangre nos ha redimido para Dios, de todo linaje y pueblo y nación y nos ha hecho reyes y sacerdotes para nuestro Dios.”

De esta manera, Cristo es puesto en el centro de la escena, de la adoración. Inmediatamente aparece en el cielo abierto un caballo blanco y el que lo monta se llama “Fiel y Verdadero” y con justicia juzga y pelea. Su nombre es EL VERBO DE DIOS y  REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.

 ¡Qué privilegio y qué alegría es adorar a nuestro Dios, quien está sentado en el trono eterno, a su Hijo, el Cordero que nos redimió para Él con su sangre y al Santo Espíritu que nos da el testimonio de Jesús!