PAZ CON DIOS

PRESENTACIÓN

La Justificación ¿Es una palabra más de la jerga teológica o es una enseñanza vital, comparable a la puerta que abre el camino a la fe cristiana?

Imagina esta escena: El Dios Altísimo, el perfecto juez, está sentado en su Gran Corte de Justicia. El creyente cristiano que confía en Cristo está delante de Él. Se pronuncia la sentencia, el martillo del juez golpea y dice : “NO ES CULPABLE.”

De qué manera tan impresionante este veredicto toca el mero corazón del Evangelio, y manifiesta la maravillosa gracia que Dios ha mostrado al enviar a Su Hijo para que lleve el castigo de nuestros pecados.

¿Quieres conocer más del carácter de Dios? ¿Quieres que otras personas alrededor de ti alcancen la paz con Dios?

Entonces ven y acompáñanos TODOS LOS MIÉRCOLES DE 19:30 A 20:30 HRS. EN BERITH para que tengas un sólido conocimiento de la doctrina de la JUSTIFICACIÓN.

Pregunta el Rev. Roberts: ¿Hay algo más importante en esta vida, que ser justificado gratuitamente por la gracia de Dios?

TEMARIO:

1) Nuestra Relación con Dios.

2) Nuestra Necesidad de ser Justificados.

3) La Justificación, un Regalo de Dios

4) La Salvación Solamente por la Fe

5) La Enseñanza de la Justificación en la Iglesia Primitiva

6) Errores y Falsedades que Debemos Evitar

7) La Afirmación Clásica

8) El Saludable Temor de Dios

9) Justificación: el Camino a la Gloria.


1. Nuestra Relación Con Dios

Cuando empezamos a leer la Biblia es que nos damos cuenta de que nuestra relación con Dios es el asunto más importante en la vida. Antes de conocer la Biblia, no ponemos atención a nuestra necesidad de tener una buena relación con Dios. Cientos de cosas ocupan nuestra atención pues estamos inmersos en la vida atendiendo nuestro trabajo, familia, carrera profesional, salud, amigos e intereses. Escasamente dedicamos un momento a responder la pregunta más vital que existe entre todas los demás: ¿Estoy en buena relación con Dios? ¿Tengo paz con Dios?

Sin embargo, cuando leemos la Biblia con cuidado y atención, empezamos a ver cada vez más claramente que nada importa tanto como tener una buena relación con Dios. Este simple hecho es la clave para entender nuestros tiempos y para evaluar la sociedad en que vivimos. Cuando la sociedad es como debe ser, la gente está interesada en conocer a Dios; pero cuando son pocos los que se preocupan por conocerlo, se demuestra que la sociedad en que vivimos está en un estado de decadencia.

Tan pronto como pensamos en una buena relación con Dios, instintivamente sabemos que esto tiene que ver con la forma como vivimos y nos comportamos . Mientras más conocemos las enseñanzas de la Biblia, comprendemos mejor que Dios no solamente mira nuestro comportamiento externo, sino que también conoce nuestros pensamientos secretos, y nuestros deseos y motivos internos. Este es un descubrimiento muy incómodo para todos porque sin duda sabemos, si somos honestos con nosotros mismos, que en nuestros corazones y mentes hay cosas oscuras y reprobables, las cuales no debieran estar allí. Si Dios conoce todos nuestros secretos, tenemos razones suficientes para estar preocupados y más aun, alarmados.

Quienes no leen la Biblia pueden desconocer más o menos este temor tan incómodo que tienen quienes sí la leen. Es probable que digan que ellos no creen en ningún tipo de dios y que están contentos por no tener que preocuparse por sus pensamientos, palabras y comportamientos privados.

Pero, por extraño que pueda parecer a aquellos que desconocen lo que Dios nos dice en la Biblia, es mucho más seguro y saludable tener una conciencia atribulada por nuestras culpas, que estar libres de todo tipo de ansiedades o temores ante el pensamiento de ser culpables ante Dios. Esta es la razón: un sentimiento de culpa ante Dios nos conduce a buscar el remedio para nuestra condición espiritual. Por otra parte, si nos sentimos felices ignorando nuestra culpa, es muy poco probable que queramos buscar a Dios para encontrar la cura real de esta situación.

Jesús Cristo usa una famosa ilustración para explicar este asunto. Dice que un hombre sano no tiene necesidad de médico. Es el hombre que sabe que está enfermo quien busca al doctor. (Marc. 2:17). En esta ilustración hay más de lo que parece a primera vista. Cristo

sabe lo que hay en el corazón del hombre. Esto significa que una persona puede estar seriamente enferma y no saberlo. Un hombre puede vivir engañado pensando que está bien cuando en realidad no lo está. Pero por otra parte, un hombre que sabe y sufre su enfermedad buscará al doctor, apreciará sus consejos y aceptará el tratamiento médico.

Cristo obviamente no se refiere a la salud física, sino a la salud moral y espiritual. En otras palabras, Cristo habla aquí de la relación del hombre con Dios. Si esto no nos preocupa, no buscaremos ayuda ni aceptaremos la curación. Si tenemos un sentido de culpa y temor de que nuestra relación con Dios esté mal, estaremos muy agradecidos con quien nos proporcione la medicina que interiormente sabemos, necesitamos.

El hecho es que como la Biblia nos lo dice una y otra vez, todos necesitamos tener una buena relación con Dios. Esta información es muy humillante para muchos pero es esencial que la entendamos si es que vamos a estar en paz con Él. Todos nacimos con una naturaleza malvada, la cual no podemos remediar. Todos somos pecadores y culpables aun desde el seno de nuestras madres.

La Biblia ha dado a la humanidad la explicación sobre cómo todos fuimos corrompidos, y también – misericordiosamente – cómo Dios puede levantarnos y llevarnos a una nueva relación con Él, en la cual ya no seamos consideramos como pecadores ni sujetos de castigo. Por esto necesitamos leer la Biblia con todo cuidado, pues es un inspirado registro de lo que está mal en nosotros y es la inspirada narración de cómo Dios ha tomado los pasos para sanarnos y restaurarnos por su gracia.

Pero hagamos una pausa en este punto para formular una pregunta obvia: Si la Biblia es tan importante y de tanta ayuda para el hombre, ¿porqué mucha gente no la lee? Puede decirse muchas cosas para contestar esta pregunta.

Por una parte, la Biblia ha sido leída y estudiada ávidamente por generaciones. Millones de personas vieron sus vidas transformadas para bien. Esto es especialmente cierto para quienes vivieron en la Gran Bretaña, Europa y América. Debemos apreciar también que hoy millones de personas en los países de África y Asia están leyendo la Biblia en sus propios lenguajes y están conociendo el camino para estar bien con Dios.

Si la siguiente pregunta es ¿por qué no hay más gente hoy leyendo la Biblia en el occidente?, Porque no se dan cuenta de la importancia de tener una relación armoniosa con Dios. La gente vive tan atrapada en problemas menores como para poner atención al problema supremo y más importante en la vida. Los problemas son de diversa índole. Hay problemas menores, otros mayores y otros extremadamente serios. Por ejemplo, tener una gripa es un problema menor. Perder la vista y quedarse ciego es un problema mayor pero un problema más serio sería desarrollar un cáncer incurable. Los dos primeros, son problemas menos serios que el ultimo. Todos entendemos esto.

Apliquemos este principio al asunto del que estamos hablando. Mucha gente está tan atrapada en problemas menores, que no se da tiempo ni se toma la molestia para considerar cuál es el problema más serio de la vida. Asuntos como la salud, dónde vivir, el empleo y la familia son problemas muy menores comparados con vivir y morir en conflicto con Dios.

¿Le sorprende esta afirmación? ¿Se pregunta por qué esto es tan importante? ¿Tal vez se dice usted que Dios es amor y que al final todo saldrá bien? Es una gloriosa y maravillosa verdad que Dios es amor. La Biblia nos lo dice una y otra vez, pero la Biblia también nos dice que Dios es luz y por lo tanto castigará a los culpables y a todos aquellos que mueran sin hacer la paz con Él. Dios es infinitamente santo y justo.

La Biblia enseña claramente que el único tiempo que tenemos para alcanzar una relación recta con Dios es el espacio de nuestra breve vida en este mundo. Cuando muramos, la ventana de oportunidad que tenemos para estar en paz con Dios se habrá cerrado para siempre. ¿Es esto realmente importante? ¡SÍ! Porque si una persona muere en una relación de injusticia con Dios, él o ella irán a una condición de castigo eterno. Por otra parte, si en esta vida alcanzamos la paz con Dios, cuando muramos entraremos al cielo, a la paz y a la vida eterna.

Tan sorprendente como pueda parecer, la mejor cosa que puede suceder a cualquier persona en esta vida, es estar seriamente preocupado por su culpabilidad ante Dios. Estar conscientes de nuestra enfermedad espiritual y de nuestras culpas es el primer paso para buscar al Médico Divino Jesús Cristo, y tomar la medicina que Él ha prescrito a todos los que quieren buscar a Dios y estar en rectitud con Él.

Es muy triste que muchos a quienes se les habla de su necesidad de ir a Cristo para la salvación de sus almas dan la vuelta, se alejan de Él y regresan al vano placer de la vida. Piensan tal vez que es un gran trastorno leer la Biblia y orar a Dios clamando por su ayuda y gracia, o bien prefieren reprimir su sentido de culpa y escogen vivir sin Dios, como lamentablemente muchas personas lo hacen.

Pero hay una razón muy seria por la cual nunca debemos posponer el llamado para buscar a Dios y encontrar la paz con Él, porque dar la espalda a Dios es cometer suicidio espiritual. Si le buscamos con todo nuestro corazón, ciertamente le encontraremos. Esto es lo que Dios ha prometido a todos los hombres; pero si despreciamos el llamado de Dios caeremos en su desagrado. Si ofendemos y rechazamos a Dios, Él dejará de contender con nosotros. Puede abandonarnos a nuestro capricho y necedad hasta el día de nuestra muerte cuando nos encontraremos ante Él como Juez en el Juicio.

Si morimos sin haber sido reconciliados con Dios, hubiera sido mejor no haber nacido.


2. Nuestra Necesidad de ser Justificados

La Biblia, como todos los libros importantes, utiliza términos técnicos los cuales es necesario que nos expliquen. En cualquier campo de estudio hay tecnicismos que debemos aprender. Si una persona estudia para ser médico, o científico, o político debe conocer los términos técnicos que se utilizan en ese campo o profesión. Lo mismo ocurre en los asuntos de la fe cristiana.

Nos referimos a esos puntos principales como doctrinas de la religión cristiana. Así tenemos en nuestra mente verdades vitales como las siguientes: El Dios trino, la Encarnación de Jesús, la Expiación realizada por Cristo en la cruz, la Justificación y la Santificación.

Hay muchas otras doctrinas aparte de éstas, pero estos son algunos ejemplos de lo que entendemos por doctrina. Estos son los grandes temas de enseñanza en relación con la fe de Cristo y su iglesia. Dichas doctrinas pueden entenderse como los términos esenciales de la religión cristiana. Los necesitamos para entender y explicar lo que Dios nos ha revelado en la Biblia y lo que en consecuencia, vamos a creer para entrar en una correcta relación con Dios.

Nuestro enfoque está por ahora en la doctrina de la Justificación. Esta doctrina puede equipararse a la puerta que nos da acceso a la fe cristiana. La justificación tiene que ver con el extremadamente importante asunto de que el hombre esté en una relación armoniosa con Dios, quien es nuestro Hacedor y Juez. Entender lo que Dios dice en la Biblia respecto a la justificación es sumamente importante para todo aquél que desee estar en comunión con Él.

Este asunto es muy importante porque el camino a través del cual los pecadores pueden llegar a tener una relación correcta con Dios, es muy diferente a lo que pudiéramos suponer. Miles de personas han seguido la ruta equivocada en este asunto crucial y tristemente han fracasado en su búsqueda de paz con Dios. Nosotros por lo tanto, no nos atrevemos a confiar en nuestra propia sabiduría sobre cómo podemos ser justificados ante Dios. El único camino correcto a seguir es el que Dios mismo ha revelado en la Biblia, su revelación para el hombre.

Consideremos primero algunos de los caminos falsos y erróneos para encontrar la aceptación y favor de Dios:

Un error muy común es suponer que nosotros podemos poner en balance nuestras buenas y malas obras para ganar de esta manera el favor de Dios. Las idea subyacente aquí es esta: Las personas que no conocen la Biblia suponen que tienen buenas obras y malas obras, buenas acciones y malas acciones, buenos pensamientos y malos pensamientos. Entonces,

dicen, la manera de alcanzar el perdón y la bendición de Dios es hacer buenas obras que superen a las malas obras que hayan hecho.

Las “buenas obras” que tienen en mente son, por ejemplo, dar dinero a los pobres, ir eventualmente a la iglesia, rezar o decir una oración, hacer un favor a alguien. Usando una expresión popular, ellos buscan “hacer la buena obra del día.” Su esperanza y expectativa es generalmente que de esta manera Dios se agradará de ellos y que al final, habrán hecho suficientes buenas obras para balancear las malas, como mentir, robar, maldecir, etc.

La idea general es que Dios les reconocerá sus buenas obras y les recibirá en el cielo por el hecho de que en a final de cuentas son más buenos que malos. El balance, por decirlo así, estará al menos un poquito a su favor. Esperan que sus cualidades serán un 51% o algo así y sobre esas bases, serán aceptados cuando se encuentren con Dios en el Juicio.

¿Qué es lo que está mal en esta manera de buscar el favor y perdón de Dios? Es un error que contiene dos flagrantes debilidades a señalar: En primer lugar, somos totalmente incapaces de hacer ninguna “buena obra” hasta en tanto no hayamos sido justificados y tengamos una correcta relación con Dios. Ante los ojos de Dios, una “buena obra” es algo que sólo puede hacer una “persona buena”, esto es, alguien que ha sido justificado y perdonado y que tiene una buena relación con Dios. Entonces, hasta que nosotros como personas seamos justificados por Dios, nada de lo que hagamos será una buena obra. Aún nuestras mejores obras son como “trapos de inmundicia” a la vista del Santo Dios (Isa. 64:6). Usando una ilustración de la Biblia diremos que para que el árbol dé buenos frutos, primero es necesario que el árbol sea bueno. (Mat. 7:17-20). Entonces, hasta que un hombre o una mujer sea bueno a juicio de Dios, todo lo que haga será inútil como un medio para ganar el favor de Dios u obtener una buena relación con Él. Este es un aspecto muy importante del problema de pretender balancear nuestra malas con nuestras buenas obras.

Pero hay un segundo y más grave problema: Cincuenta y uno por ciento de bondad en nosotros no es suficiente para entrar al cielo. En el principio Dios creó al hombre perfecto. Adán y Eva fueron 100% justos cuando Dios originalmente los creó. Ahora nosotros somos pecadores porque Adán desobedeció y trajo condenación sobre la raza humana, pero Dios aún demanda de nosotros 100% de justicia, si es que en este día y edad vamos a entrar finalmente al cielo. Por esto, el problema de presentarnos justos ante Dios no puede resolverse con nuestro intento de ser suficientemente “buenos” ante Dios por medio de lo que llamamos “nuestras buenas obras.”

Hay todavía otra idea más elaborada sobre cómo entrar al cielo, la cual está totalmente equivocada. Esta idea inventada por los hombres, es que la iglesia puede prepararnos para estar bien con Dios. Es algo así: Si me consagro a la oración y me convierto en un monje o una monja, si soy muy diligente para confesar mis pecados a un ministro de la iglesia, si observo el sacramento de la Cena del Señor con regularidad, si soy bautizado, si mortifico mi cuerpo, si practico el ayuno e invierto muchas horas en el ayuno y en ejercicios devocionales, seré lo suficientemente bueno ante Dios y llegaré al cielo.

Todo esto es muy impresionante. No atrae a todos, pero siempre ha habido hombres y mujeres que han seguido este camino y consagran su vida entera a ejercicios religiosos y a devociones, con la esperanza de que si hacen todo esto serán aprobados por Dios y serán bienvenidos en la gloria del cielo.

¿Qué podemos pensar de esta enfoque sobre cómo alcanzar justicia y ser aceptados por Dios? Este camino está totalmente equivocado y no tiene valor alguno. En ninguna parte de la Biblia Dios nos dice que seremos justificados y perdonados en base a nuestras devociones, oraciones, ayunos o la observancia diligente de los sacramentos del bautismo y la comunión. Los errores básicos y fundamentales están presentes aquí como en los casos anteriores. Primero, nuestras “buenas obras” realizadas antes de ser reconciliados con Dios, no tienen mérito o virtud alguna en los ojos de Dios. Hasta que seamos justificados por Él somos incapaces de hacer ninguna “buena obra”, aunque ayunáramos y oráramos doce horas cada día. Ya que las “buenas obras” realizadas antes de nuestra justificación no pueden justificarnos, son vanas como un medio para ponernos en una buena relación con Dios.

También, como ya lo hemos dicho antes, cualquier intento de obtener la justificación que no alcance el 100% ante los ojos de Dios, carece de toda esperanza de ponernos en buenos términos con Dios, nuestro Juez.

Le verdad humillante es que la humanidad está tan devastada por la caída de Adán que ninguna cantidad de “buenas obras” realizadas antes de que seamos justificados, pueden darnos el perdón o méritos para entrar al cielo.

Todo lo que hemos dicho hasta ahora, ha sido sólo malas noticias para quienes imaginan que pueden remediar por sus propios esfuerzos la gravísima situación en la cual nacimos; esto es, no es posible alcanzar la paz con Dios por nosotros mismos.

Si embargo, la senda para el entendimiento del camino para agradar a Dios comienza por conocer primero cuáles son los caminos equivocados. Este asunto es muy serio e importante. Este asunto es verdaderamente más importante que cualquiera otro, pues concierne a nuestra salvación y bienestar espiritual tanto en esta vida como en la eternidad. Jesús Cristo abordó y aclaró este tema muy frecuentemente en su predicación y enseñanza y lo resumió así: “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marc. 8:36,37).

Dios en su misericordia no nos ha dejado en las tinieblas respecto a qué debemos hacer para estar en comunión con Él. Pero no obtendremos ningún beneficio de esta enseñanza, a menos que dispongamos nuestras mentes a buscar el camino de vida que Él nos enseña, esto es , la justificación. ¿Cómo podemos obtenerla? Ahora sabemos que hay caminos falsos y erróneos para reconciliarnos con Dios pero entonces ¿cuál es el camino verdadero?


3. La Justificación, un Regalo de Dios

La maravillosa verdad que está en el mero corazón del evangelio de Cristo es que Dios mismo ha provisto la justicia que la Humanidad tanto necesita, justicia que el hombre no puede alcanzar por sus propios esfuerzos. Ya que la humanidad es pecadora, está perdida y arruinada, Dios en su gran amor ha hecho todo lo necesario para darnos el regalo de la perfecta rectitud, a fin de que podamos ser justificados.

Los pasos que Dios ha tomado para hacernos el regalo gratuito de la justificación son maravillosos y gloriosos. Para poder apreciar este don maravilloso debemos saber que Dios es trino, esto es, que hay tres Personas en Dios: El Padre, el Hijo y el Santo Espíritu. Cada una de estas Personas es verdaderamente Dios. Las tres personas son iguales y cada una de ellas es santa, perfecta y divina. Cada Persona es infinita, eterna e inmutable.

A fin de darnos la rectitud que los hombres y mujeres pecadoras necesitamos para ser justificados, Dios el Padre envió a Su Hijo al mundo. La Biblia nos enseña que Jesús Cristo, el Hijo de Dios tomó nuestra naturaleza humana sobre sí mismo. A esto nos referimos cuando hablamos de Su Encarnación. Jesús es Dios y Hombre en dos naturalezas pero sigue siendo una Persona. Ningún otro ser ha sido ni será nunca como Cristo, el Dios-Hombre.

La razón por la que Cristo tomó la naturaleza humana en unión con su naturaleza divina es para que Él pudiera ser nuestro Representante. Él vino para vivir y morir por nosotros. Su obra tuvo que ver con en el perfecto cumplimiento de todos los mandamientos de Dios.

La Biblia establece con claridad que Jesús nació de una virgen y tuvo así un nacimiento milagroso. La razón de este nacimiento virginal fue para dotar a Jesús con una naturaleza humana perfecta y sin pecado. Si Cristo hubiese nacido como nosotros nacemos, habría tenido nuestra misma naturaleza pecadora. Para ponerlo en términos técnicos, podemos decir que el pecado habría contaminado la Persona de Cristo de dos maneras: Primero, le habría sido imputado el pecado de nuestro primer padre Adán. En segundo lugar, habría heredado de sus padres una naturaleza pecaminosa y caída.

Si Jesús hubiera sido un pecador desde su nacimiento, como lo somos nosotros, jamás podría haber sido nuestro Salvador. No podría habernos dado lo que tanto necesitamos – una perfecta rectitud. Pero ya que nuestro Señor Jesucristo fue inmaculado y santo, Él pudo cumplir con los Diez Mandamientos, la Ley Moral de Dios, y vivir su vida entera en la tierra sin el mínimo grado de pecado, desobediencia o falta en los juicios de Dios el Padre.

Más aun, siendo Jesús Cristo designado por Dios el Padre para ser el Salvador de los caídos pecadores, pudo tomar nuestro lugar y sufrir por nosotros en el sitio que nos correspondía. Esto lo hizo en la cruz, donde murió por nosotros, tomando sobre sí nuestra culpa y

pagando con su agonía y sufrimientos la deuda que teníamos con la justicia de Dios, a causa de nuestros pecados.

Necesitamos utilizar una o dos palabras técnicas para comprender el significado e importancia de lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz, dada su vida perfecta y su muerte. Afirmamos que su vida y su muerte fueron vicarias, esto es, que Él vivió y murió por nosotros. De esta manera Cristo puede salvarnos, limpiarnos y justificarnos. Esto es posible porque Dios el Padre está dispuesto a aceptar lo que hizo nuestro Señor como si nosotros lo hubiéramos hecho. La vida de perfecta obediencia de Cristo es válida para nosotros. Su muerte vicaria en la cruz ha sido aceptada por Dios el Padre en pago por nuestra desobediencia.

Para explicar esta maravillosa doctrina usamos el término imputación. Así aprendemos de la Biblia que nuestros pecados fueron imputados a Cristo y que su obediencia fue imputada a nosotros. Podemos decir que Cristo ha hecho por nosotros lo que nosotros ni alguna otra persona jamás podría haber hecho a nuestro favor. Él nos ha dado su justicia para que seamos justificados ante los ojos de Dios, por lo que la Biblia dice que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito para que todo aquél que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna.” (Jn. 3:16)

No hay, aparte de la Biblia, un libro en el mundo que nos dé un mensaje tan maravilloso como es este evangelio. Es tan sencillo, tan dulce y es precisamente lo que necesitamos. El gran evangelio es justamente esto: Lo que nosotros no podemos hacer para ser aceptados por Dios, Cristo lo hizo vicariamente viviendo en obediencia perfecta y muriendo en la cruz en nuestro lugar.

Por esta razón Cristo es el “Señor de Justicia”. Es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29), “Cristo nos lavó de nuestros pecados con su sangre.” (Rev. 1:5). Además la Biblia dice que “Él fue hecho pecado para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2 Cor. 5:21). En una palabra, estas expresiones nos enseñan que Jesús Cristo hizo por nosotros exactamente lo que necesitábamos que alguien hiciera por nosotros: Él abrió el camino para que los pecadores sean justificados ante Dios.

Es por esta razón que nos referimos al mensaje de salvación de Cristo como “el evangelio.” Esta palabra significa “buenas noticias” y ciertamente el evangelio es buena noticias. Nos anuncia que Dios, quien es Santísimo y no pasa por alto el pecado, ha puesto los medios por los cuales el pecado puede ser perdonado y los pecadores finalmente pueden entrar al cielo.

Debemos recordarnos la terrible verdad de que si Cristo no hubiese muerto por nosotros, no habría ningún medio por el cual pudiéramos ser justificados. Si se preguntara en este punto: ¿Por qué Dios no perdona los pecados de todos los hombres y les admite en el cielo?, la respuesta es esta: Dios no perdonará el pecado a menos que su justicia sea satisfecha. Dios, en otras palabras, requiere que todo pecado sea castigado en el grado de castigo que le corresponde. Eso es lo que su justicia demanda. Dios explícitamente declara que “de ningún modo tendrá por inocente al malvado.” (Ex. 34:7). Dios odia al pecado. Por Su perfecta justicia debe castigarlo y lo castigará. Pero hay una maravillosa provisión hecha para nosotros en la vida y muerte de Cristo. Si queremos ser perdonados, podemos serlo en el nombre de Cristo.

En el siguiente capítulo consideraremos la importante pregunta de cómo podemos recibir la justificación y el perdón gratuito que Cristo ha comprado para nosotros a tan alto costo. Antes de que vayamos a eso, es muy importante entender cuál es el precio a pagar si ignoramos o despreciamos lo que el Señor Jesucristo ha hecho. La Salvación no es algo que automáticamente la gente adquiere. No es algo que se dé a quienes no la buscan con todo su corazón y ruegan a Dios por ella.

Si tratamos con ligereza este evangelio, estaremos ofendiendo a Dios. Sería mejor haber vivido y muerto sin nunca haber oído del evangelio de la gracia de Dios, que conocerlo y no apreciarlo en toda su grandeza. Aun hay lugares en la tierra donde el evangelio es escasamente conocido o totalmente desconocido. En el caso de estas pobres almas, es imposible que sean salvados de su pecado. Ellos nos saben lo que Cristo ha hecho y no se benefician de su redención. Este es el por qué los misioneros han salido para predicar a los ignorantes de todas las naciones, tal como Cristo lo ordenó a los suyos. (Mat. 28:19-20). Si la gente no conoce el evangelio, no recibirá sus beneficios. Morirán en sus pecados y sufrirán para siempre el castigo por su desobediencia a la Ley Moral de Dios a lo largo de su vida terrenal.

Pero tan terrible como es esto, hay algo aún más aterrador. Esto es, vivir en un país en donde el evangelio de Cristo es conocido, donde las Biblias se consiguen fácilmente y que, a pesar de estos privilegios, se trate con desprecio la Salvación que Cristo ha obtenido. Es muy clara la manera como la Biblia lo expresa: “¿Cómo escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?” (Heb. 2:3)

Aquí hay un principio muy importante que debemos notar: Mientras más grande sea nuestro privilegio en las cosas de Dios, mayor será nuestra culpa si no usamos tal privilegio. Jesús Cristo nos dice algo que bien podría estremecernos de miedo: Dice que el Día del Juicio será más tolerable para las perversas naciones del Antiguo Testamento llamadas Sodoma y Gomorra, que para aquél que habiéndole visto y oído, rechaza el evangelio de Salvación. (Mat 10:15)


4. La Salvación es por la fe sola

Dios ha establecido y ordenado cada uno de los aspectos del evangelio de la manera mejor y más sabia. Nuestro deber como hombres pecadores es hacer lo que Dios nos manda. La Biblia es la revelación de Dios de la verdad y es relevante para todos los aspectos de nuestra vida y para la Salvación que revela: Creación, Protección, Justificación y Juicio.

En tanto nos guiemos por la enseñanza de la Biblia estaremos seguros; sin embargo la historia y la experiencia nos enseñan que la gente es propensa a deslizarse de la clara enseñanza de la Biblia y a mezclar sus enseñanzas con especulaciones y tradiciones humanas. Tan pronto como esto ocurre queda atrapada en el error.

Apliquemos este principio al asunto de la justificación ante Dios. ¿Cómo es que cualquier persona recibe la justicia que Cristo vino a comprar, con su vida y con su muerte, para los perdidos pecadores? ¿Obtenemos esta justificación como una recompensa a nuestras devociones, oraciones y otras “buenas obras”? ¿Somos justificados al ser bautizados o al hacernos miembros de una iglesia? ¿Alcanzamos la justicia como resultado de comer el pan y beber el vino en el sacramento de la Cena del Señor? En todo caso, ¿quién declara que un pecador es justificado?¿es acaso el ministro, un obispo o el papa?

Estas son preguntas a las que los hombres han dado respuestas equivocadas muy frecuentemente en el pasado, pero, dada su extrema importancia, debemos estar totalmente claros en estos asuntos. En tanto nos mantengamos en la enseñanza de la Biblia, no seremos confundidos.

Un pecador es justificado en el momento en que él o ella cree en el Señor Jesús Cristo. Dios nos declara justos inmediatamente en el instante en que ponemos nuestra confianza en Cristo como el Salvador que Dios envió al mundo para vivir y morir por nosotros. Por esto, no hay lugar en la justificación para los méritos, así llamados, de nuestras buenas obras. Ni los sacramentos, ni las oraciones, devociones, ni las buenas obras de cualquier tipo tienen cabida en la justificación del pecador ante Dios.

Esta es la enseñanza clara de la Biblia y es esencial que no permitamos que ninguna falsa doctrina perturbe nuestro entendimiento. El gran apóstol Pablo señala: “Concluimos por tanto que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28). En esta palabras vemos que solamente la fe nos justifica. Las “obras de la ley” se refieren a la observancia de la Ley Moral de Dios, a los diez mandamientos. Los diez mandamientos no pueden salvarnos. Nuestras buenas obras no pueden justificarnos, ni total ni parcialmente.

Pablo afirma nuevamente: “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe.” (Ef. 2:8,9). Pablo explica que la gracia es el método por el que los pecadores somos salvados, el cual fue diseñado y provisto por Dios en su gran amor y misericordia para con nosotros, en nuestra condición caída y

perdida. Con palabras inequívocamente claras, Pablo señala que somos justificados y salvados por Dios mediante la fe solamente y sin obras de ningún tipo de parte nuestra. En una palabra, somos justificados solamente por la fe en Cristo.

Esta enseñanza de Pablo es exactamente igual a la de Cristo. “Tu fe te ha salvado, ve en paz”, dice Cristo a la mujer arrepentida que vino a la casa de Simón el fariseo. (Luc. 7:50). “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, Cristo promete al moribundo ladrón que le suplicó en la cruz (Luc. 23:43) ”¿Crees tú en el Hijo de Dios?”, pregunta Cristo al ciego a quien dio vista espiritual (Jn. 9:35).

El método de salvación es siempre el mismo. Cuando un pecador obtiene perdón y salvación es de esta manera y no de otra. Ocurre cuando él o ella cree que Jesús es el Hijo eterno de Dios. Pedro escribe que los cristianos somos “guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación” (I Ped. 1.5). Es claro entonces que Pablo hable de nuestra salvación de esta manera: Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia . . . . para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.”(Tito. 3:4-7).

Entonces, somos justificados no por nuestras “buenas obras”, sino por fe en Jesús Cristo. ¿Por qué tiene que ser así? Hemos de admitir que ser salvos por fe es algo muy contrario a lo que pudiéramos esperar. ¿No nos pide Dios que de alguna manera contribuyamos a nuestra justificación y salvación? Obtener el perdón de nuestros pecados y la promesa de la vida eterna de manera gratuita y sin ninguna contribución de nuestra parte, nos parece algo demasiado bueno. ¿No es posible que podamos pagar cuando menos una parte de nuestra deuda ante la justicia de Dios? ¿Debemos esperar que Cristo pague por nuestros viles pecados sin, al menos, tener una pequeña participación o mérito nuestro?

La razón por la cual Dios no permite al pecador hacer contribución alguna en su justificación se explica con claridad en la Biblia. Por una parte ¡no hay nada más que pagar! Cristo con su preciosa sangre pagó totalmente nuestra deuda por el pecado. Esto está implícito en el glorioso grito de Cristo antes de morir en la cruz. “¡Consumado es!” (Jn. 19:30) Las palabras nos comunican la maravillosa verdad que Jesús ha pagado hasta el último centavo de nuestra deuda.

¡Nuestros pobres esfuerzos humanos son tan imperfectos, nuestros mejores esfuerzos de hacer bien, oraciones, ayunos y actos de caridad, son igualmente tan insuficientes! ¡Qué grato es saber que Dios está perfectamente satisfecho con lo que ya hizo Jesús! ¡Mis débiles actos de devoción no pueden agregar algo a las sublimes perfecciones de su muerte! Si Cristo murió por mí, estoy seguro del perfecto perdón de mis culpas. Pretender sumar algo más a esta obra, es más que risible. ¿Qué buenas obras puede añadir un arruinado pecador como yo, como suplemento al trascendental y gran sacrificio del Hijo de Dios encarnado? “¡Consumado es!”, exclamó Cristo. No nos queda algo más por hacer, sino creer y descansar en su sacrificio perfecto. Todo pecador que cree en Él encuentra descanso y paz.

Hay otra razón por la cual Dios no nos permite pensar en añadir nuestro propios “méritos” a los de Cristo en el asunto de la justificación. “No por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef. 2:9)

Así lo declara el inspirado apóstol Pablo. El hecho implicado aquí es que si fuéramos invitados a agregar nuestros méritos a los de Cristo, podríamos jactarnos de ser nuestros propios salvadores, al menos parcialmente. ¡Tan corrupto es el corazón humano! Por lo

tanto, Dios no permitirá que los méritos humanos jueguen papel alguno en nuestra salvación.

Una de las grandes tragedias de la iglesia durante la Edad Media fue que la doctrina de la Justificación por la fe sola en Cristo quedó sepultada bajo una montaña de tradiciones eclesiásticas creadas por los hombres. Gracias a Dios, la doctrina bíblica de la justificación por la fe sola, sin obras, fue rescatada en la época de la gran Reforma Protestante.

No fue una nueva doctrina inventada por Martín Lutero la que surgió en la Reforma. Fue el redescubrimiento de lo que la Biblia enseña en todas sus partes. Lo que sucedió en la Reforma fue la remoción de siglos de musgo y liquen, del noble monumento de la doctrina de la justificación del Nuevo Testamento. La protesta de Martín Lutero condujo a la reafirmación de lo que había sido predicado y enseñado durante siglos en la iglesia cristiana temprana.

La justificación por la fe es el único camino por el cual un pecador puede tener una relación restaurada con Dios. ¡Felices y benditos son verdaderamente el hombre, la mujer y el niño que dejan de lado toda esperanza de salvación basada en oraciones, sacramentos o tradiciones eclesiásticas, y postran su alma a los pies de la cruz como la única esperanza para obtener el amoroso perdón del Dios Todopoderoso!

Así el evangelio del Nuevo Testamento es justamente este: “Cree en el Señor Jesús Cristo y serás salvo” (Hech. 16:31). Cuando un pecador cree en Jesús, ocurre en él una serie de cosas maravillosas: Dios, como el gran Juez, declara desde los cielos que ya es justo, estando ahora revestido con la imputada justicia de Cristo. Todos sus pecados – pasados, presentes y futuros – son perdonados. Pasa de un estado de pecado a un estado de gracia, ahora está en Cristo y unido a Cristo. Es necesario hacer una advertencia en este punto: Existe una falsa fe que se observa en hipócritas como Judas Iscariote, quien traicionó a Cristo con un beso. La epístola de Santiago nos advierte que la fe que necesitamos para la justificación debe ser real y no espuria. Nos damos cuenta de que la fe de una persona es real o no por la forma como vive y se comporta.

Santiago cita los casos de Abraham y de Rahab para mostrarnos que aquellos cuya fe es genuina, la manifiestan por sus buenas obras. En tanto que las buenas obras no nos justifican ante Dios – quien sabe lo que hay en el corazón de los hombres – sí nos justifican ante nuestros semejantes.

Nuestras buenas obras muestran que nuestra fe, mediante la cual somos justificados ante Dios, es la fe verdadera que Dios nos ordena ejercer en su evangelio. (Sant. 2:19-26). Una fe que no es auténtica en nada nos hace mejores que los demonios. (Sant. 2:19).

La manera de pensar en esto es:

* El MÉRITO de nuestra justificación es la obediencia de Cristo.

* El MEDIO para recibir la justificación es por la fe sola.

* La MARCA de la verdadera fe es el comportamiento piadoso.

Por lo tanto, cuando una persona es justificada, él o ella, lo manifiesta a través de una vida de gratitud y obediencia a Dios quien le ha perdonado y justificado por la obra de Cristo.


5. La Enseñanza de la Justificación en la Iglesia Temprana

Es importante aclarar desde ahora que la justificación sólo por la fe en Cristo fue la enseñanza en la Iglesia Cristiana Temprana (o Primitiva, como también se conoce). Generalmente nos referimos a los escritores de esa época como “los Padres de la Iglesia.” Al usar este término no decimos ni implicamos que ellos sean la autoridad en cuyos escritos basamos nuestro conocimiento de la doctrina. Ellos mismos tampoco lo vieron así de manera alguna. Ellos trataron de formular su enseñanza basados en un cuidadoso estudio de la Biblia como la inspirada Palabra de Dios, de la misma manera que nosotros lo hacemos ahora.

El valor que tiene conocer lo que los Padres de la Iglesia pensaron respecto de la justificación radica en esto: Podemos comparar sus enseñanzas con las de los grandes Reformadores Protestantes como Lutero y Calvino. Como consecuencia estaremos mejor ubicados para saber si lo que los Reformadores escribieron fue completamente nuevo y diferente – como la Iglesia de Roma tiende a afirmar – o si los Reformadores estaban simplemente haciendo referencia a la doctrina original de la Justificación que encontramos en los primeros escritores cristianos. Una precaución pertinente que debemos tener cuando estudiamos estos escritos, es que no siempre expresaron correctamente todos los aspectos doctrinales. Más aun, estos teólogos no siempre estuvieron de acuerdo entre sí respecto de todos los asuntos de doctrina.

En consecuencia, no estudiamos a los Padres de la Iglesia para validar o no lo que los Reformadores enseñaron, sino sólo para descubrir si en lo referido a la doctrina de la Justificación, ellos enseñaron substancial y esencialmente lo mismo. El gran punto de interés para nosotros es notar si estos escritores cristianos tempranos enseñaron que somos justificados sólo por la fe, o si pensaron que a esta fe era necesario añadir buenas obras de nuestra parte. De esta manera podemos beneficiarnos al estudiar algunas de las afirmaciones hechas por los respetados teólogos de la Iglesia en esa época. Aquí siguen alguna citas útiles que podemos utilizar para saber si nuestra doctrina post-reformada es algo totalmente nuevo, o si se trata de una reafirmación de la doctrina de los Padres de la Iglesia:

IRENAEUS (Ireneo)

“Así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron hechos pecadores y perdieron el derecho a la vida, así convino también, que por la obediencia de un hombre nacido de la Virgen, muchos sean justificados y reciban la salvación.” También afirma: “Pero ahora, aparte de la Ley, la justicia de Dios se ha manifestado, siendo atestiguada por la Ley y los Profetas porque “el justo por la fe vivirá”. Esto de que “el justo por la fe vivirá” fue predicho por los profetas.”

Notemos que el énfasis en la Justificación está en estos tres puntos: (1) la obediencia de Cristo; (2) Fe de parte de quienes disfrutan la justificación que Cristo, quien con su

obediencia, ha provisto para los pecadores; (3) se afirma que la Justificación es “sin la Ley”, esto es, sin la necesidad de nuestras “buenas obras.”

CYPRIAN (Cipriano)

“¿Quién ha sido mayor Sacerdote del Dios Altísimo que nuestro Señor Jesucristo, que ofreció un sacrificio a Dios el Padre? . . . Si Abraham “creyó a Dios y su fe le fue imputada por justicia”, entonces todo aquél que cree en Dios y vive por la fe, es una persona justa y a partir de allí, es bendecido y justificado junto con el creyente Abraham.”

Los puntos a notar con especial cuidado son: (1) la acción de Cristo al ofrecerse como sacrificio a Dios, provee la propiciación por nuestros pecados; (2)la justicia viene, ya sea para Abraham o para cualquier otro, por medio de la fe; (3) la justicia es de Cristo y nos es imputada cuando creemos el evangelio.

ATHANASIUS (Atanasio)

“No es por éstas (i.e. nuestras obras), sino por la fe que un hombre es justificado, así como lo fue Abraham.”

Notamos aquí que todas las obras humanas quedan excluidas y que la justificación viene a los pecadores por la fe. La referencia que hace aquí a Abraham tiene que ver con los argumentos que Pablo hace en pasajes del Nuevo testamento, como Romanos 4 y Gálatas 3.

BASIL (Basilio)

“Esta es la verdadera y perfecta glorificación en Dios, cuando un hombre no se levanta con base en su propia justicia, sino que se encuentra deficiente a sí mismo y con necesidad de la verdadera justicia, para ser justificado solamente por la fe en Cristo.”

Notamos que este escritor utiliza la frase “justificado solamente por la fe en Cristo.” Esta es precisamente la visión que Lutero y todos los otros reformadores sostuvieron en el siglo dieciséis. Es obvio que ellos no inventaron esta doctrina sino que simplemente afirmaron lo que encontraron también en la enseñanza de los Padres de la Iglesia. Ellos usaron la frase “por la sola fe en Cristo”, pues estuvieron convencidos que reflejaba las enseñanzas de la Biblia.

AMBROSE (Ambrosio)

“Sin las obras de la Ley , a un hombre pagano, esto es un gentil que cree en Cristo, su “fe le es contada por justicia” como sucedió a Abraham.”

Ambrose cuestiona cómo es que los judíos pueden imaginar que la justificación es a través de las obras de la Ley. Su conclusión en este asunto se resume en estas palabras: “No hay necesidad por tanto de la Ley, porque por la fe sola un hombre pecador es justificado con Dios.”

Apreciamos esta sencilla y clara explicación de cómo la justificación tiene lugar en la vida de una persona. Esto es, afirma, “por la fe sola.” Este entendimiento bíblico de la doctrina de la justificación es exactamente lo que los Reformadores reafirmaron más tarde.

ORIGEN (Orígenes)

“Por medio de la fe, sin las obras de la Ley, el ladrón fue justificado; ya que para ese propósito, el Señor no le preguntó qué obras había hecho y ni siquiera esperó a que realizara alguna

obra después de haber creído; sino que estando a punto de entrar al paraíso, le tomó como un compañero y le justificó por su sola confesión.”

De nuevo, vemos en estas palabras cómo estos escritores cristianos estaban convencidos que la justificación es, como Origen dice, “a través de la fe, sin las obras de la Ley.” Decir aquí que el ladrón fue justificado por su sola confesión, es otra manera de decir que fue justificado sobre la base de su fe en Cristo, una fe manifestada en la confesión de este moribundo.

JEROME (Jerónimo)

“Cuando un pecador se convierte, Dios le justifica por la fe sola, no con base en buenas obras, las cuales tampoco tiene; de otra manera, tendría que castigarle en vista de sus obras malas.”

Jerome, que es el traductor de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata, la cual se utilizó por mil años en la Iglesia de occidente, no creía ni enseñaba que para que los pecadores recibieran de Dios la justificación y la vida eterna, era necesario agregar a la fe las obras humanas. La trágica verdad es que en la Edad Media, la doctrina bíblica de la Justificación por la fe sola sin las obras, fue abandonada y enterrada durante muchos siglos, hasta que fue redescubierta por los Reformadores.

CHRYSOSTOM (Crisóstomo)

¿Qué hizo entonces Dios? . . . Él hizo . . . que una persona justa fuera pecadora para que él pudiera hacer a los pecadores justos” . . . no simplemente que nosotros pudiéramos ser justos, sino que pudiéramos ser hechos la misma “justicia de Dios.”

De esta manera, la doctrina de justificación de Chrysostom es que la justificación sólo es completa en nosotros por la imputación de nuestro pecado a Cristo, y la contra-imputación de la Justicia de Cristo a nosotros. “Las buenas obras” hechas por nosotros, jamás tuvieron lugar en la mente de este Padre de la Iglesia.

AUGUSTINE (Agustín)

“Todos los que son justificados por Cristo son rectos, no en si mismos, sino en Él.”

Cuando Augustine declara aquí que los creyentes no son rectos “por sí mismos”, expresa claramente que ninguna “buena obra” que pudiéramos hacer tiene lugar en la Justificación del pecador ante Dios.

Las cita mencionadas nos ayudan a ver que los grandes maestros de la Iglesia Cristiana Temprana enseñaron lo mismo que los Reformadores enseñaron después de la Edad Media.


6. Errores y Falsedades que Debemos Evitar

La historia de la iglesia de Cristo nos deja muchas lecciones. Una de las lecciones es que el error y la falsedad pueden entrar sigilosamente en el pensamiento de la iglesia y de los teólogos en cualquier momento. Hay una variedad de razones para esto.

Las iglesias pueden perder de vista el primer y gran principio en la formulación de la doctrina: La cantera de la cual se extrae toda sana doctrina debe ser la Biblia. La religión de Cristo es dada por revelación divina. Este fue el método de Cristo mismo. La solución a las preguntas sobre doctrina y práctica fueron resueltas por Cristo mediante una simple apelación a la Escrituras: “¿Qué está escrito?” De la misma manera los apóstoles, como hombres inspirados, enseñaron que “toda Escritura es dada por inspiración de Dios” (2 Tim. 2:16), y que la Biblia es “luz que resplandece en lugar obscuro.” (2 Ped.1:19)

Cristo señala con claridad que la tradición de la iglesia es una fuente inválida de información cuando se utiliza para formular la doctrina o la práctica correcta (Mat.15:3-9). Explícitamente nos advierte en contra “de la levadura de los fariseos y de los saduceos.” (Mat. 16:6).

La levadura de los fariseos era la práctica de añadir tradiciones a la Biblia. La levadura de los fariseos era, por otra parte, la tendencia a quitar e ignorar algunos de los libros inspirados de la Biblia. Nuestra regla en asuntos de doctrina y práctica debe ser la de usar la Biblia, la Biblia entera y nada más que la Biblia, como la fuente de información para la formulación de todas nuestras doctrinas y prácticas.

La Biblia misma termina con esta solemne advertencia: “Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro.“ (Rev. 2:18,19)

A pesar de tales advertencias, los hombres se han dejado llevar por serios errores. La verdad se ha perdido en ocasiones y se ha dado el soporte oficial a la falsedad, y el hombre allí en la banca de la iglesia, ha sido dejado a merced de un evangelio espurio que no es otra cosa, sino una contradicción a la Palabra de Dios.

Estas observaciones son verdaderas respecto a muchas de las enseñanzas de la fe cristiana, pero especialmente en el asunto de la justificación del hombre ante Dios. El largo período de la Edad Media fue testigo de una profunda declinación en el entendimiento de la doctrina y deberes cristianos. En la raíz de este problema estaba la ignorancia de la Biblia, con la consecuente promoción de la sabiduría humana en la formulación del camino de salvación.

El retorno del camino de esta era de oscuridad vino solamente hasta que los hombres tuvieron nuevamente acceso a la Biblia y a la divina iluminación a la que tienen sólo

aquellos quienes en verdad han nacido de nuevo del Santo Espíritu de Dios. A menos que un líder de la iglesia – ya sea un teólogo, obispo o predicador – haya tenido la experiencia del nuevo nacimiento, no podrá ver las cosas que pertenecen al reino espiritual de Dios (Jn. 3:3).

A la luz de estos hechos de la historia de la iglesia, no nos sorprende saber que en la formulación de la doctrina de la justificación los hombres se han apartado en ocasiones de la verdadera enseñanza de la Palabra de Dios. Trágicamente esto es verdad en la enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana en su doctrina de la justificación. Las siguientes citas tomadas del Catecismo de la Iglesia Católica (1996), muestran que no se ha seguido la enseñanza de la Biblia en este asunto:

La justificación es no sólo la remisión de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior (Parte Tres; 1427).

La justificación es otorgada en el bautismo, el sacramento de fe. Nos hace conformes a la justicia de Dios, quien nos hace internamente justos por el poder de su misericordia (Parte Tres; 1266).

Esta enseñanza se aparta de la Biblia en dos puntos. Primero, confunde la santificación con la justificación. En segundo lugar, hace del bautismo el medio de la justificación. La Biblia no enseña esta doctrinas. La santificación es la obra del santo Espíritu de Dios por la cual purifica el corazón de un pecador. La justificación, por otra parte, se refiere al acto de gracia de Dios al imputar la justicia de Cristo a quien cree en el evangelio. La diferencia es muy importante y puede explicarse a través de una ilustración simple.

En la obra de gracia de la santificación, Dios actúa como un doctor que cura una enfermedad mortal en el corazón o en el alma de una persona. En el acto de la justificación, Dios obra como un juez en su gran Suprema Corte de Justicia y pronuncia la sentencia de “Inocente” en la vida y conducta del pecador que cree en Jesús. Estas dos esferas de la actividad divina están involucradas en la salvación del alma, pero cada una es diferente en nuestra definición de la doctrina cristiana; de otra manera, los pecadores se engañarían en el asunto vital de la salvación.

El error más serio en que podemos caer al predicar el evangelio es señalar a los pecadores en la dirección equivocada en cuanto al camino de salvación. El Apóstol Pablo afirma con vehemencia: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal.1:8), y lo afirma otra vez: “Sea anatema” (Gal. 1:9).

El error que condena aquí con tanta vehemencia es el de alterar el evangelio. Esto significa falsear las condiciones que un pecador debe cumplir para encontrar el perdón de Dios y la vida eterna. Pablo expone con gran detalle la doctrina de la justificación en sus epístolas, especialmente en Romanos y Gálatas. En ninguna parte enseña él, ni ningún otro de los apóstoles, que el pecador necesita el bautismo como la condición vital para ser salvo. Lo que un pecador realmente requiere es fe en Cristo. El bautismo tiene su lugar, pero de ninguna manera es la condición vital para la justificación.

Si dijéramos al pecador que busca salvación que si se bautiza será libre de la condenación de Dios, le estaríamos engañando y guiando hacia un sentido de seguridad peligrosamente

falso. La fe y el bautismo no son de ninguna manera la misma cosa.

En los últimos años un nuevo error se ha hecho popular, el cual cambia en una manera diferente la doctrina bíblica de la justificación. Nos referimos a la “Nueva Perspectiva de Pablo.” En esta nueva visión se expone que Pablo en sus cartas no estaba condenando la doctrina rabínica judía sobre la justificación a través de la justicia propia; más bien, dicen sus promotores, los rabíes era culpables de glorificarse en el hecho de ser judíos (de pertenecer a Israel). Su pecado era, según estos estudiosos, no en jactarse en su justicia propia (por las obras de la Ley), sino en gloriarse en su “justicia nacional” como judíos. Esta perspectiva es que ser justos significa tener una “buena relación de pacto” con Dios.

El error aquí es muy similar. Consiste en alterar las categorías dadas por la inspiración de la Biblia. La Justificación en la Biblia significa poner a un pecador en condiciones de ser liberado de su culpa por Cristo, por la imputación de su justicia. No podemos cambiar la naturaleza de una corte legal a la naturaleza del pacto. Considerarse justos por su propia obediencia a la Ley era incuestionablemente el pecado de los fariseos judíos. La evidencia de esto se encuentra en la parábola de Cristo, según la cual el fariseo daba gracias a Dios porque “él no era como los otros hombres” (Luc. 18:10-14). Él se jactaba no de su nacionalidad, sino de sus propias “buenas obras.”

El mismo Apóstol Pablo fue culpable de su “propia justicia.” Fue librado de esa culpa, cuando cayó en una profunda convicción, como fariseo, de su propia corrupción interna, no obstante su conformidad externa con la ley de Dios. Su conversión fue la consecuencia de su humillación al darse cuenta de quién era (Rom 7:7-13). Pablo estaba plenamente consciente de cuán ciego había sido antes de su conversión a Cristo en el camino a Damasco (Hech.9).

La preocupación que Pablo tuvo al advertirnos sobre lo falsos evangelios surgió en gran medida de su propia experiencia. Durante mucho tiempo él había estado profundamente engañado respecto a su propia buena relación con Dios. Después de su conversión, el estaba muy preocupado, pues no quería que otras personas estuvieran engañadas en cuanto a su relación con Dios.

No hay locura ni desatino peor que suponer que estamos bien con Dios cuando no lo estemos. Eso fue lo que Pabló experimentó. En el tiempo de la Reforma, la experiencia de Lutero fue un tanto similar pero Dios, misericordiosamente mantuvo viva su conciencia de pecado hasta que, por Su gracia, él pudo comprender que Dios nos imputa la justicia de Cristo por la fe sola, sin “buenas obras” de nuestra parte. Esta es la doctrina sana que debemos sostener y conservar.


7. La Declaración Clásica

La “Edad de Oro” de la teología en la Gran Bretaña fue en el siglo XVII. Los Reformadores asentaron los cimientos de la doctrina bíblica y fueron a su descanso eterno. Las generaciones que siguieron en Inglaterra y Escocia se dedicaron a la tarea de refinar estas afirmaciones doctrinales dándoles sus formulaciones clásicas.

Nuestros padres produjeron en esa época un buen número de catecismos y confesiones sumarias, los cuales han sido de gran ayuda para las iglesias a través de los siglos. Ninguna de estas expresiones teológicas merece tanto nuestro respeto como la Confesión de Fe de Westminster. El capítulo “De la Justificación” es una exposición ejemplar de esta doctrina cardinal. La resumimos a continuación.

El primer asunto que más interesó a quienes escribieron este capítulo sobre la Justificación fue definirla con toda precisión para asegurarse que se ajustaba en todos sus aspectos a la enseñanzas de la Palabra de Dios. Expusieron en primer lugar la naturaleza de la Justificación.

La Justificación no consiste en “instilar o infundir justicia” en los que serán salvos; más bien consiste en “perdonar sus pecados, contando y aceptando sus personas como justas.”

Notamos desde el principio que distinguieron la Justificación de la Santificación, la cual (según veremos en el capítulo siguiente), definieron en términos de que “Dios crea un nuevo corazón y un nuevo espíritu” en aquellos que son objeto de su gracia salvadora.

La Justificación es la imputación que Dios hace al creyente de la obediencia y satisfacción de Cristo. Ninguna otra cosa tiene mérito alguno; solamente la obra de Cristo en su vida y en su muerte. En tanto que es cierto que la persona salvada ejerce la fe, ni esa fe ni alguna otra cosa como “el acto de creer o alguna otra obediencia evangélica” contribuyen con mérito alguno aún en el ínfimo grado para su justificación. Somos admitidos en un estado de justificación por los solos méritos de Cristo. Más aun, la fe verdadera por la que somos justificados es “un don de Dios.”

En la manera como los teólogos de Westminster redactaron este documento, fueron escrupulosamente cuidadosos para excluir toda forma posible de mérito humano.

El medio por el cual un pecador recibe la justicia de Cristo es la fe, la cual, ellos enfatizan, es el “único instrumento de justificación.” Debe notarse que en la doctrina de la Justificación no hay lugar para los sacramentos del Bautismo ni la Santa Cena. La fe sola, sin obras, devociones u otras virtudes, es el medio por el que el pecador alcanza un estado de ser justo ante Dios.

Si embargo, aquí necesitamos definir la fe. Existe algo llamado “fe muerta.” Con esto se

designa una fe puramente nominal, o fe intelectual, la cual es una fe sólo de nombre. La fe que justifica no está sola en la persona justificada, sino que “siempre va acompañada de otras gracias salvadoras y no es una fe muerta, sino que obra por amor.”

Está claro que esta definición de “fe” refleja la convicción de que la fe que justifica es el don de Dios. Para explicarlo podemos decir que la fe salvadora es resultado del nuevo nacimiento. Antes de que alguien pueda ejercitar dicha fe, él o ella debe “haber nacido de nuevo.” Por lo tanto, la fe que salva no es simplemente un acto de la voluntad humana, sino una expresión de la nueva vida del alma regenerada. Es en este sentido que “la fe es un don de Dios” como menciona la Confesión.

La gran pregunta que se debe contestar aquí es : “¿De dónde procede la rectitud por la que el creyente es justificado?” Para explicar esta pregunta central, ellos contestan: “Cristo, por su obediencia y muerte, saldó totalmente la deuda de todos aquellos que así son justificados.”

El concepto aquí es que Cristo actuó como el Representante de su pueblo y descargó sus obligaciones ante la justicia de Dios por medio de una vida perfecta y una muerte maldita en la cruz. El Señor Jesús, en otras palabras, fue nuestro Substituto que con su vida y muerte hizo por nosotros todo lo que era necesario para instalar a su pueblo en una relación legal de justicia con Dios.

Las palabras de la Confesión son que Cristo “hizo una apropiada, real y completa satisfacción a la justicia de su Padre en favor de ellos.” Tan gran misericordia apunta solamente hacia la “gratuita gracia” de Dios. Nada en nosotros ni hecho por nosotros, antes o después de ser justificados, contribuye mínimamente ni en grado alguno a nuestra justificación.

Todo el honor de nuestra justificación pertenece a Dios para que “la exacta justicia y la rica gracia de Dios, puedan ser glorificadas en la justificación de los pecadores.”

El siguiente aspecto de la Justificación que aborda Westminster es: ¿Cuándo es justificado el pueblo de Dios, en el momento que cree o en el eterno pasado? Esta pregunta requiere una explicación porque la Escritura enseña que Dios decretó justificar a los elegidos desde la eternidad. Siendo esta una verdad escritural, debemos investigar si estos elegidos son justificados antes de que vengan a la fe en esta vida, o si son justificados cuando creen.

La Confesión afirma: “Sin embargo, ellos no son justificados sino hasta que Cristo les es realmente aplicado, por el Espíritu Santo, en el debido tiempo.” Esto es, en el momento cuando reciben la gracia para creer en Jesús Cristo para salvación.

En el fundamento de esta definición está la maravillosa verdad de la elección eterna de Dios, en la cual por su soberana voluntad determinó escoger a algunos de la raza de Adán para vida eterna y dejar a otros sujetos al juicio que sus pecados merecen. Es una enseñanza cierta de la Escritura que Dios, antes de que el mundo existiera, decidió a quiénes justificaría y salvaría y a quiénes no.

Cuando consideramos cuán grandes son nuestros pecados y qué terrible es nuestra culpabilidad ante Dios, nos maravillamos en profunda gratitud al saber que Dios eligió salvar a algunos. Esta enseñanza es necesaria para que entendamos que, si hemos llegado a este conocimiento de la salvación de Dios, es sólo por su eterna elección y de ninguna manera por mérito alguno nuestro.

En el quinto párrafo, la Confesión se refiere a los aspectos pastorales de esta doctrina. Dado que nuestros pecados anteriores a la conversión han sido perdonados, ¿qué es lo que debemos pensar respecto de los pecados que cometemos después de haber sido justificados? “Dios continua perdonando los pecados de aquellos que son justificados.” Sin embargo, el pecado sigue existiendo el la vida de los cristianos. Por sus pecados “pueden, caer bajo el desagrado paternal de Dios y no tener la luz de su rostro restaurada sobre ellos hasta que se humillen, confiesen sus pecados, pidan perdón y renueven su fe y su arrepentimiento.“

Hay un precio a pagar cuando pecamos después de haber sido justificados; sin embargo, por su misericordia, Dios nunca permite que tal precio nos haga “caer del estado de justificación.” Todos los que son justificados serán glorificados en el día final, pero no nos atrevamos a tratar impunemente con el pecado en esta vida. Si caemos en pecado debemos, como Pedro, afligirnos por nuestro pecado y arrepentirnos pero, como Pedro, tenemos la consoladora confianza de que no seremos echados fuera.

Por último, Westminster maneja un asunto más. ¿Existe alguna diferencia entre la manera como los creyentes del Antiguo Testamento fueron justificados y la manera como los creyentes del Nuevo testamento son justificados hoy? La visión de estos teólogos es que no existe diferencia alguna. Abraham, David, Daniel y todos los santos del Antiguo Testamento fueron justificados por la fe sola en la promesa de Dios de que un día, un Salvador vendría al mundo. Obviamente, en nuestro tiempo sabemos más de Cristo y de su gloriosa redención, que lo que los santos del Antiguo Testamento supieron, pero el conocimiento que ellos tuvieron fue suficiente para creer y ser justificados por la gracia de Dios.

Aquí tenemos la enseñanza completa de lo que los teólogos de Westminster declararon sobre la doctrina de la Justificación en su capítulo 11, “De la Justificación”. Ellos enfatizaron que la Justificación se obtiene por la fe sola. Con ello, respaldaron completamente la convicción de Lutero y de los Reformadores, y por lo mismo difieren fundamentalmente del punto de vista Católico Romano sobre la Justificación.


Apéndice

CONFESIÓN DE FE DE WESTMINSTER.

CAPITULO 11: DE LA JUSTIFICACION

I. A los que Dios llama de una manera eficaz, también justifica gratuitamente, (1) no infundiendo justicia en ellos sino perdonándolos sus pecados, y contando y aceptando sus personas como justas; no por algo obrado en ellos o hecho por ellos, sino solamente por causa de Cristo; no por imputarles la fe misma, ni el acto de creer, ni alguna otra obediencia evangélica como su justicia, sino imputándoles la obediencia y satisfacción de Cristo (2) y ellos por la fe, le reciben y descansan en el y en su justicia. Esta fe no la tienen de ellos mismos. Es un don de Dios. (3)

1. Romanos 8:30 y 3:24. 2. Romanos 4:5-8; 2 Corintios 5:19,21; Romanos 3:22,24,25,27,28; Tito 3:5,7; Efesios 1:7; Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30,31; Romanos 5:17-19. 3. Hechos 10:44; Gálatas 2:16; Filipenses 3:9; Hechos 13:38,39; Efesios 2:7,8.

II. La fe, que así recibe a Cristo y descansa en El y en su justicia, es el único instrumento de justificación; (1) aunque no está sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada por todas las otras gracias salvadoras, y no es fe muerta, sino que obra por amor. (2)

1. Juan 1:12; Romanos 3:28 y 5:1. 2. Santiago 2:17,22,26; Gálatas 5:6.

III. Cristo, por su obediencia y muerte, saldó totalmente la deuda de todos aquellos que así son justificados, e hizo una apropiada, real y completa satisfacción a la justicia de su Padre en favor de ellos. (1) Sin embargo, por cuanto Cristo fue dado por el Padre para los justificados (2) y su obediencia y satisfacción fueron aceptadas en su lugar, (3) y ambas gratuitamente; no porque hubiera alguna cosa en ellos, su justificación es solamente de pura gracia; (4) para que las dos, la exacta justicia y la rica gracia de Dios, puedan ser glorificadas en la justificación de los pecadores. (5)

1. Romanos 5:8-10,19; 1 Timoteo 2:5,6; Hebreos 10:10,14; Daniel 9:24,26; Isaías 53:4-6, 10-12. 2. Romanos 8:32. 3. 2 Corintios 5:21; Mateo 3:17; Efesios 5:2. 4. Romanos 3:24; Efesios 1:7.

5. Romanos 3:26; Efesios 2:7.

IV. Desde la eternidad, Dios decretó justificar a todos los elegidos; (1) y en el cumplimiento del tiempo, Cristo murió por los pecados de ellos, y resucitó para su justificación. (2) Sin embargo, ellos no son justificados sino hasta que Cristo les es realmente aplicado, por el Espíritu Santo, en el debido tiempo. (3)

1. Gálatas 3:8; 1 Pedro 1:2,19,20; Romanos 8:30. 2. Gálatas 4:4; 1 Timoteo 2:6; Romanos 4:25. 3. Colosenses 1:21,22; Gálatas 2:16; Tito 3:4-7.

V. Dios continua perdonando los pecados de aquellos que son justificados; (1) y aunque ellos nunca pueden caer del estado de justificación, (2) sin embargo pueden, por sus pecados, caer bajo el desagrado paternal de Dios y no tener la luz de su rostro restaurada sobre ellos hasta que se humillen, confiesen sus pecados, pidan perdón y renueven su fe y su arrepentimiento. (3)

1. Mateo 6:12; 1 Juan 1:7,9 y 2:1,2. 2. Lucas 22:32; Juan 10:28; Hebreos 10:14. 3. Salmos 89:31-33; 51:7-12 y 32:5; Mateo 26:75; 1 Corintios 11:30,32; Lucas 1:20.

VI. La justificación de los creyentes bajo el Antiguo Testamento era, en todos estos respectos, una y la misma con la justificación de los creyentes bajo el Nuevo Testamento. (1)

1. Gálatas 3:9,13,14; Romanos 4:22-24; Hebreos 13:8.


8. El Saludable Tenor de Dios

Es muy probable que antes de ir a Dios en búsqueda de su perdón y justificación, tengamos temores y dudas. Es una experiencia muy común entre todos aquellos que quieren tener una relación armoniosa con Dios que, antes de encontrar el dulce descanso al saber del perdón de sus pecados, tengan una conciencia atribulada y una lucha en su corazón. Están conscientes que Dios está disgustado con ellos y no saben cómo escapar.

La Biblia nos muestra esto en el caso de muchas personas a quienes Dios lleva a Cristo para bendecirles con su salvación. Así lo vemos en las vidas de Adán y Eva después de que pecaron. Cuando ellos “oyeron la voz de Dios que se paseaba en el huerto al aire del día, se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gen. 3:8). La conciencia de su pecado les hizo tener miedo de encontrase con Dios, a quien ellos sabían que habían desobedecido.

Antes de que Saulo de Tarso se encontrara con Cristo en el camino a Damasco, tenía una conciencia perturbada porque sabía que no había cumplido con el décimo mandamiento. Él era entonces un fariseo orgulloso y un inconverso pero Dios empezó a sacudir su orgullo farisaico, por medio de este mandamiento “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Rom. 7:9). Aquí nos explica cómo su anterior confianza en sí mismo comenzó a turbarse. Ahora ya no estaba tan confiado en su justicia personal ante Dios, como lo estaba antes.

El décimo mandamiento le mostró al orgulloso Saulo que la obediencia externa a la Ley de Dios no era suficiente. Dios demanda que nuestros deseos y pensamientos ocultos sean puros y santos. De esta manera el décimo mandamiento obró como un espejo para Saulo. El pudo verse a sí mismo como Dios lo ve: como un pecador a pesar de su religiosidad exterior (Rom. 7:9). En otras palabras, él pudo darse cuenta de la realidad y culpa de su propio corazón pecaminoso. Como consecuencia, su opinión jactanciosa de sí mismo recibió un golpe mortal.

Nos referimos a esta y a otras experiencias similares, previas a venir al conocimiento de Cristo, como “el trabajo (propósito)de la ley.” Con esta expresión decimos que Dios usa su ley en nuestras conciencias de una manera tal que hace que estemos preocupados e inquietos por nuestra condición espiritual.

Esto es necesario porque el pecado ha arruinado tanto nuestra alma que la conciencia llega a dormirse y a morir. La conciencia es esa facultad del alma que Dios ha colocado allí para despertar en nosotros un sentido de culpa cuando obramos mal. Como pecadores que somos, nunca disfrutamos que el aguijón de la conciencia nos pique o aflija, pero la conciencia es una buena amiga. Su trabajo en el alma nos trae muchos beneficios.

Cuando leemos sobre las experiencias de conversión de Martín Lutero o de Juan Bunyan,

apreciamos que fue precisamente el “trabajo de la ley” lo que les llevó a leer la Biblia, a orar y a buscar a Dios tan fervientemente. En su momento llegaron a conocer la paz de ser justificados a través de la fe en Cristo, pues Dios utilizó su ley para provocar que sus almas clamaran a Dios por luz, misericordia y gracia.

Una de las razones profundas por la que algunos maestros de religión no han entendido ni definido correctamente la doctrina de la Justificación es porque nunca han tenido esta experiencia con la ley de Dios. Es probable que nunca en su conciencia se hayan dado cuenta de lo que es ser un pecador en las manos de un Dios con ira por el pecado.

El hecho es que, cuando la conciencia está totalmente despierta ante este hecho, y ese fue el caso de Martín Lutero y de Juan Bunyan, existe sólo una cosa importante en la vida del hombre o la mujer. Anhelan la paz de Dios y el perdón de sus pecados. Para obtenerla, se humillan a sí mismos y claman al Todopoderoso con lágrimas de angustia.

Este angustioso deseo es no sólo por ser miembro de una iglesia o por ser admitido en los privilegios del pacto. Sobre todo ello, existe un ferviente anhelo de perdón y reconciliación con el Dios de cuyo ceño ellos están plenamente conscientes. Se sienten aniquilados. Es como si Dios pusiera un carbón de los fuegos del infierno en sus conciencias. Fue esto lo que el carcelero de Filipos sintió cuando exclamó: ¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hech. 16:30). Lo mismo ocurrió en aquellos que escucharon el sermón de Pedro en Pentecostés quienes “se compungieron de corazón” y preguntaron con ansiedad “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hech. 2:37).

Cuando como pecadores somos traídos a este estado de agonía del alma, sólo hay una cosa que puede confortarnos: Necesitamos experimentar la paz con Dios, la cual proviene del lavamiento de todos nuestros pecados por la sangre de Cristo. Esta es la experiencia de ser justificados. No hay alivio más dulce que ser liberados de nuestro sentido de culpa por el testimonio interno del Espíritu de Dios que nos dice que, habiendo sido totalmente limpiados y perdonados, ahora somos hijos de Dios.

En tanto que no todos los creyentes tiene una experiencia dramática de conversión, algunos sí la tienen. Los caminos de Dios son diferentes para cada uno de los suyos. Pero, no importando si conversión fue dramática o no, el ser justificados por Dios es la experiencia más importante y maravillosa que una persona puede tener.

El hecho de que Dios mismo tome la iniciativa para llamar a su pueblo elegido en este mundo es un recordatorio para nosotros de que si no hubiera sido por su amor y gracia, ninguno de nosotros se hubiera arrepentido ni vuelto a Él. Dios nos encuentra a todos muertos respecto de lo celestial pero muy vivos para los placeres vanos de este mundo. Dios entonces grita fuertemente a nuestras conciencias para despertarnos de nuestra condición perdida y condenada. Solamente cuando sentimos el peso de nuestra culpa, comenzamos a buscar a Dios con urgencia.

Ahora podemos entender mejor lo que significa en la Biblia el “llamado o el llamamiento de Dios”. Este término se usa en muchas ocasiones en el Nuevo Testamento para afirmar que es Dios quien toma la iniciativa para traer a los pecadores a la justificación. Es posible que no estuviésemos conscientes de este hecho cuando fuimos convertidos. Es frecuente escuchar a los nuevos creyentes hablar de su experiencia de conversión como si por ellos mismos hubiesen tomado la decisión de creer en Cristo.

Esto se comprende porque son niños recién nacidos de Dios. Su lucha interna y su oración por la salvación están muy conscientes en el momento de su conversión. Es muy posible que aun no hayan tenido tiempo para aprender que antes de que ellos mismos comenzaran a buscar a Dios, Él ya estaba obrando una energía divina en su alma. Este fue el llamado que eventualmente les condujo a la fe y al arrepentimiento.

Cuando nos familiarizamos más con las enseñanzas de la Biblia, descubrimos con humildad que toda nuestra búsqueda de paz con Dios fue el fruto de su llamamiento en nuestro corazón. Este llamado es hecho por Dios el Padre y se efectúa sin fallar en aquellos a quienes Dios quiere llamar a la vida eterna. A esto llamamos técnicamente “el llamamiento eficaz de Dios”. Debe diferenciarse de los llamados abiertos que muchos pecadores escuchen de labios de un predicador fiel del evangelio, el cual ellos pueden ignorar o rechazar. Jesús se refirió a este llamamiento general con estas palabras: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mat. 22:14).

Entre las muchas referencias del Nuevo Testamento sobre este asunto, notemos la siguiente: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. (Rom.8:29,30)

Vemos aquí que el llamamiento eficaz de Dios es un elemento integral y esencial del propósito general de Dios para la salvación de su pueblo eternalmente elegido. La frase “a los que antes conoció” significa que Dios en el pasado eterno tomo la decisión respecto de quienes en su ser y en el curso de sus vidas habrían de ser justificados. Más aun, esta decisión habría de resultar en su glorificación.

El llamamiento es hecho entonces a todos los que Dios escogió eternalmente para la salvación. Ellos escuchan este llamamiento en el transcurso de su vida y son constreñidos por Dios a responder afirmativamente, entregándose a Él.

El llamado de Dios nos lleva a confiar en Cristo para nuestra salvación. Esa salvación llega a nosotros cuando creemos en Jesús Cristo, pues tan pronto como creemos somos justificados.


9. Justificación, el Camino de Gloria

Las obras de Dios siempre son perfectas en concepción, ejecución y perfecto cumplimiento. Lo que Él inicia, lo termina. En esto Dios es único y digno de alabanza. Lo que los hombres emprenden, pueden o no concluirlo. Lo que ellos preparan puede parecer muy bueno en su diseño pero convertirse en nada al final.

En ocasiones vemos edificios de muchos tipos que algún constructor comenzó a edificar pero no pudo completar. Nuestro Señor Jesús Cristo usó este pensamiento en su predicación: “Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.” (Luc. 12:28-30)

Damos gracias a Dios porque siendo perfecto en su sabiduría, poder y gracia nunca inicia una obra que no pueda terminar. Para nuestro entendimiento frágil e imperfecto parece a veces que el mundo ha salido de su órbita y que la historia no tiene ningún sentido ni plan. De hecho, la verdad es exactamente lo contrario. Los eternos decretos y propósitos de Dios están madurando cada día y llegará el día cuando todos los pensamientos de su corazón y mente tendrán una absoluta y cabal ejecución.

Para el pueblo de Dios esto traerá privilegios y gozo indescriptibles, consolación y amor. Se entenderá a plenitud que todo lo que haya sucedido en la vida de su amado pueblo “obró para su bien”. Todas las aflicciones y dificultades fueron para bien nuestro.

Sobre todas las cosas, el pueblo de Dios se maravillará de la manera como su Dios y Señor le ha guardado en su andar en este mundo incierto y guiado hasta el puerto celestial, que anhelaba ver.

Todos aquellos a quienes Dios justifica, al final serán también glorificados (Rom. 8:30). En el instante de su muerte dejan de sufrir y penar para siempre. Cuando el alma de un creyente abandona su cuerpo en la muerte física, el alma inmediatamente entra en un estado de gloria y perfección.

A esto le llamamos el estado intermedio en el cielo. El alma es ahora moralmente perfecta y no puede pecar, pero el creyente está en una condición que no es completa. Descansa en gloria con los santos que partieron antes y con todos los ángeles aguardando el Gran Día Final, cuando la trompeta sonará y los cuerpos de los muertos resucitarán.

“En un instante, en un abrir y cerrar de ojos” (I Cor. 15:52), el alma y el cuerpo se unirán de nuevo siguiendo el ejemplo de nuestro glorificado Salvador Jesús Cristo.

Todos los hombres deberán comparecer ante el Trono del Juicio en el cual Cristo se sentará para juzgar a todos los que vivieron en la tierra. Él separará a la humanidad como un pastor separa las ovejas de los cabritos. Los que hayan sido justificados en su vida por la fe en Cristo, recibirán alabanza de Cristo el Juez y serán bienvenidos al glorioso mundo de eterna dicha, los nuevos cielos y la nueva tierra. Allí disfrutarán de la comunión con el Triuno Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por toda la eternidad.

Aquellos que en esta vida nunca fueron creyentes en Jesús Cristo como su Salvador y por lo mismo, nunca fueron justificados, en el Gran Día del Juicio serán hallados culpables e indignos de entrar al cielo. Ellos, dice Cristo, recibirán una orden suya con estas palabras solemnes: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41).

Dios envió a su Hijo Jesús Cristo al mundo para librarnos de este castigo tan terrible. La invitación del evangelio es para todo aquél que tiene oídos para oír: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.” La invitación es para todos los hombres, mujeres y niños en todas partes. Es para quienes están en el oriente y también en el occidente. Este mensaje es enviado al norte y al sur, a los judíos y a los gentiles: “El que quiera tome del agua de vida gratuitamente” (Rev. 22:17). Esta agua de vida es la dulce bendición de la salvación eterna que Cristo ha comprado para los pecadores, con su sangre derramada en el Calvario.

Para alcanzar esta bendición, el pecador no necesita sino fe en Jesús como su Salvador. Esto es firme porque la promesa de Dios nunca falla: “Que todo aquél que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

¿Existe algo más importante en esta vida que ser justificado gratuitamente por la gracia de Dios?

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