Los Misterios de Dios.

Basado en el Libro del Rev. Maurice Roberts

A todos los miembros y amigos de Berith a los estudios semanales basados en el libro “Los Misterios de Dios” del Rev. Maurice Roberts, que se tienen todos los miércoles a las 19:30 en nuestras instalaciones, a cargo del Lic. Víctor M. Sandoval.

La Biblia nos ha revelado muchas verdades vitales que nos conducen a un vasto conocimiento de Dios, al cual ni aun los hombres más sabios tendrían acceso sin el auxilio de la Biblia. Nos referimos a estas verdades como misterios porque esta es la palabra precisa que Dios mismo escogió para informarnos de Su maravillosa Salvación.

El Rev. Roberts amablemente ha accedido a que traduzcamos su libro semana a semana al español y en esta página usted ya tiene acceso a los primeros capítulos, a los que   paulatinamente se irán sumando los demás. El autor también contestará con gusto vía correo electrónico las preguntas y comentarios que los estudiantes le planteen durante el desarrollo de este curso.

Usted será bienvenido a estos estudios y también a estudiar y disfrutar los materiales publicados.

TODOS LOS MIÉRCOLES DE 19:30 A 20:30 EN BERITH


1. ¿QUÉ ES UN MISTERIO EN EL NUEVO TESTAMENTO?

 

“Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio”

I Corintios 2:7

La palabra misterio es un término técnico cuando se utiliza en el Nuevo Testamento. Se refiere a una importante verdad que Dios nos ha revelado en la Biblia, la cual no podría ser conocida por el mero discernimiento humano.

Es cierto que hay verdades que el hombre puede deducir de la revelación general contenida en el universo que nos rodea. Contemplando los cielos y la tierra el hombre puede y debe concluir que el mundo fue creado y diseñado por un ser grande y poderoso: Dios.

No todo nuestro conocimiento cae en la categoría del misterio. Sabemos algunas cosas por el instinto natural y por la consciencia que Dios puso en nosotros. Porque todos tenemos una consciencia que nos da conocimiento del bien y del mal, tenemos el deber de diferenciar entre lo que es correcto y lo que es malo. Cuando hacemos lo incorrecto, nuestra consciencia nos dice que somos culpables y deberíamos tener miedo de Dios. Aun en las sociedades paganas que no tienen acceso a la Biblia, existe un entendimiento – aunque muy defectuoso e inadecuado – de la necesidad de castigar a quienes violan la ley.

Sin embargo, hay muchas verdades vitales dadas a nosotros en la Biblia, porque es la revelación de Dios, que nos dan un vasto y mayor entendimiento de Dios – Sus leyes, propósitos y amor – que ni aun el más sabio de los hombres podría saber sin la ayuda de la Biblia. A tales verdades llamamos misterios, no porque el hombre haya inventado ese término, sino porque esta es la palabra precisa que Dios mismo escogió para informarnos de su propio y maravilloso camino de salvación.

El apóstol Pablo explica los misterios de la Biblia de esta manera: “ Cosas que ojo no vio ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.” (I Cor. 2:9). Esta es la razón por la que los apóstoles fueron inspirados por Dios para escribir sus epístolas en el Nuevo Testamento. Fue así para que nos contaran los que los hombres más inteligentes de este mundo, sin la ayuda del Espíritu de Dios,jamás podrían decirnos. Pablo enfatiza este punto con fuerza: “Hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció.” (I Cor. 2:7-8) Verdaderamente la Biblia entera revela los misterios de Dios.

Lo que Pablo ha escrito aquí muestra cuán importante es que estemos ampliamente informados acerca de estos misterios. Estos son asuntos de la mayor importancia y relevancia para todas las personas y para todas las naciones. Estos misterios contienen aspectos y elementos del secreto propósito de salvación que Dios “ordenó antes que el mundo fuera.” Estos propósitos de gracia fueron trazados por Dios para nuestro supremo bien. Como Pablo lo dice, son para “nuestra gloria.”

 Por lo tanto, los misterios de Dios son enteramente diferentes a los llamados “misterios” de la religión y filosofía paganas, que no son más que conjeturas recubiertas con un barniz de impresionante superstición.

Los misterios de Dios son, por otra parte, Sus propios propósitos eternos por los cuales Él ha dado a Cristo como Salvador a la humanidad, y también son los artículos de fe que, si creemos , nos darán vida eterna con Dios en la gloria del cielo.

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, February 2015


2. EL MISTERIO DE DIOS

 

“Conocer el misterio de Dios ”

Colosenses 2:2

Dios es el supremo y más sublime misterio de toda la existencia. Ningún ser le ha igualado en majestad y soberanía, y ningún ser jamás lo hará. La grandeza de Dios no es relativa; sino infinita y trascendentalmente grandiosa. Lo que sabemos de Dios en esta vida es puntual y verdadero pero es un conocimiento infinitamente mwnoe respecto de lo que nos queda por conocer de Él cuando estemos en los cielos.

En esta vida “vemos como por espejo, oscuramente” (I Cor. 13:12). El conocimiento de Dios que aguarda a Su pueblo en la vida venidera es inmensamente más grande al que los más eruditos han alcanzado en la tierra. En el cielo, los hijos de Dios le veremos “cara a cara” y disfrutaremos de Él en plenitud para siempre.

Todo nuestro conocimiento de Dios en esta vida surge principalmente en la Biblia. Hay conocimiento de Dios que proviene del universo que Él creó. Este conocimiento hace inexcusables a todos los que pretenden suprimir a Dios en sus mentes; sin embargo, el conocimiento de Dios que podemos obtener del estudio del mundo natural no es suficiente para que los pecadores le conozcamos y amemos como debemos. Por lo tanto, nuestro conocimiento de Dios necesita nutrirse principalmente de lo que Dios mismo nos revela en la Biblia. Lo que aprendemos de la Escritura, explícitamente o por inferencias buenas y necesarias, nos permite configurar y formular la doctrina de Dios. La información que proviene de otras fuentes tenderá a engañarnos y a nublar nuestro entendimiento con idolatría.

La Santa Trinidad

Del texto de la carta a los colosenses citado arriba, deducimos que el ser de Dios como la Sagrada Trinidad, es verdaderamente un misterio. Las palabras de Pablo son : “El misterio de Dios y del Padre y de Cristo.” De otros pasajes de la Escritura aprendemos que este misterio de la Trinidad incumbe al Espíritu Santo también. Entonces estas tres santas personas de Dios deben ser contempladas con asombro y adoración. Hay un profundo misterio en esta verdad revelada: Dios es uno y en tres personas. Tratemos, siguiendo la enseñanza de las Escrituras, de exponer la doctrina de Dios con mayor amplitud.

Definiendo la Doctrina de Dios

Las tres personas de la Santa Trinidad – El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo – participan igualmente de la misma esencia y sustancia: Cada una de esta personas es Dios pero no son tres dioses. Hay un solo Dios. Los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo pertenecen de suyo a las personas y no son resultado de Su plan de redención. Al decir esto, afirmamos que, mientras la existencia e historia del universo son resultado del propósito, voluntad y decretos de Dios, Él es auto-existente, existe por Sí mismo.

Podemos pensar en Dios de dos maneras. Primero, como Él es en Sí mismo, y también podemos pensar en Dios de la manera como Él está relacionado con el mundo que ha creado. Se acostumbra referirnos a Dios en el primer caso como la Trinidad ontológica y en el segundo, como la Trinidad económica.

Al interior de la Trinidad ontológica existen las siguientes características propias de cada persona: El Padre eternamente engendra al Hijo; el Hijo es eternamente engendrado por el Padre; el Santo Espíritu eternamente procede del Padre y del Hijo. Estas propiedades pertenecen a la eterna y necesaria existencia de Dios. No tienen principio y no tendrán final.

El Hijo de Dios y el Espíritu existen, como el Padre, en sí mismos (autotheos). El Hijo y el Espíritu no deben su origen o su ser a Dios el Padre. Como el Padre, ellos son eternos y no-creados. La segunda persona de la Santa Trinidad es llamado el Hijo de Dios. Respecto de su personal calidad de hijo, Él es del Padre y en la Escritura se le designa como “el Unigénito Hijo” (Juan 3:16). Tocante a Su deidad, Él es Dios mismo. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. En cuanto a que es el Santo Espíritu, procede del Padre y del Hijo; en cuanto a que es Dios, Él es Dios en Sí mismo.

Si bien, nuestras definiciones de Dios deben siempre estar conformadas por la evidencia de la Escritura, nuestra terminología puede legítimamente incluir palabras que no se encuentran en la Biblia. Palabras como Trinidad son usadas como términos técnicos necesarios para comunicar enseñanzas escriturales precisas acerca del ser de Dios. Estos términos no están mal si expresan conceptos enteramente bíblicos.

Las personas de Dios moran juntas entre sí . El Padre mora en el Hijo y en el Espíritu; el Hijo y el Espíritu residen en el Padre; el Espíritu y el Padre moran en el Hijo. La palabra técnica que usamos para designar esta mutua morada en Dios es circumincession. Las tres personas de la Trinidad se aman y deleitan entre sí. Cada persona conoce perfectamente a las otras dos. Cuando en la Escritura alguna de ellas se refiere a las demás los hace con sumo honor, respeto y afecto. Por ejemplo, el Padre se refiere a Cristo con estas palabras: “Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia.”(Mat. 3:17). Cristo dice: “Mi Padre mayor es que yo.” (Juan 14:28). Jesús dice que el Santo Espíritu “no hablará por su propia cuenta . . . El me glorificará.” (Juan 16:13-14).

La Trinidad Económica

 Para los propósito de la redención, cada uno de estas tres benditas personas tienen su propia obra. A esto se refiere a la Trinidad económica. La obra del Padre es enviar al Hijo, llamar a los elegidos y adoptarlos como hijos suyos. La obra del Hijo es encarnarse de la virgen María, cumplir la ley moral, morir por nosotros en la cruz, levantarse de entre los muertos, ascender a los cielos para interceder por nosotros y finalmente, volver otra vez para llevar a los creyentes a la gloria. La obra del Espíritu es fortalecer a Cristo para su ministerio en la tierra, regenerar a los elegidos, santificarlos en este mundo y prepararlos para ir al cielo donde estarán eternamente con Dios en gloria.

El alma de cada creyente entra en la gloria al momento de su muerte. No hay dilación entre la muerte de un creyente y su acceso a la gloria. A esto llamamos el estado intermedio. El cuerpo de cada creyente entrará al cielo también después de la resurrección y el juicio. En el juicio cada creyente recibirá alabanza y elogio de Cristo, quien nos recibirá en gloria. Los creyentes tomarán entonces sus lugares en el mundo eternal del cielo. A esta condición llamamos el estado eterno del creyente. El amor de Cristo para los creyentes es un amor especial que surge del hecho de que somos su Esposa, a la cual Él ha amado con amor eterno y por quien ha pagado el extremadamente alto precio de su propia sangre y sufrimientos en la cruz.

Nuestro Deber de Amor y Servicio a Dios

Los creyentes forman la iglesia de Cristo y la Escritura se refiere a ellos como la Esposa de Cristo, “hueso de sus huesos, carne de su carne y sangre de su sangre.” Quienes tienen a Cristo como su Salvador, tienen también a Dios como su Padre y al Santo Espíritu como su Consolador. Los creyentes por lo general oran al Padre a través de Su Hijo, el Mediador, y lo hacen en el Espíritu; sin embargo, podemos orar a las tres personas de Dios.

Nuestro primer y supremo deber es amar al Padre, Hijo y Santo Espíritu con todo nuestro corazón, alma, entendimiento y fuerzas. Alabamos a Dios solamente de la manera como Él lo ordenó que lo hiciéramos en su Palabra; adorar a Dios en otras formas diferentes es vano e idolátrico. Recibimos, aceptamos y confesamos la inspirada Palabra de Dios como nuestra única regla de fe y de conducta.

Es nuestro bendito y gozoso deber meditar en la Santa Trinidad con amor y gratitud, especialmente cuando reflexionamos en el Evangelio de gracia. Confiamos en Dios y esperamos en Él, quien suple todas nuestras necesidades, temporales y eternas. Es un gran honor servir a este santo Dios durante el corto tiempo de nuestra vida terrenal. El gozo supremo que tendremos como creyentes será ver y estar con este bendito Dios – Padre, Hijo y Espíritu Santo – en el cielo para siempre. Esta es la visión beatífica. La belleza de Dios es infinita y sobrepasa toda la belleza de la creación. Ver a Dios cautivará eternamente los corazones de los creyentes en gloria. La bendita contemplación del Dios triuno aunado al disfrute de Su amor para nosotros en Cristo, será la fuente principal de nuestra interminable felicidad como creyentes en el mundo que vendrá.

Lecciones que aprendemos del Misterio de Dios

 Nuestra mayor aspiración en esta vida debe ser andar en comunión con estas tres benditas personas y alabar a Dios sin cesar. Él puede llevarnos con seguridad a través de esta corta vida y santificar nuestra experiencias en la tierra para que sean de bendición para nosotros y para otras personas, especialmente en asuntos de la salvación.

Estamos para obedecer la voluntad de la Santa Trinidad como se revela en la Escritura, especialmente en nuestra fe en el Señor Jesús como nuestro Salvador y observar cuidadosamente la ley moral de Dios en público y en privado. También es nuestro deber proclamar la verdad de Dios a tantas personas como sea posible, para compartir las bendiciones del evangelio de Cristo. Debemos empeñarnos en fomentar la amistad con los que compartimos nuestra preciosa fe. Como cristianos, debemos promover amor y alegría en este mundo caído y entristecido.

Recordemos que las personas de la Santa Trinidad harán que se cumplan todas las promesas de la Escritura y que como Cristo, nuestra Cabeza está vivo de entre los muertos para siempre, nosotros los creyentes pronto estaremos con Él en gloria. Es así como suavizamos en nuestras mentes y en las de nuestros hermanos y hermanas cristianas el temor natural a la muerte, que tiende a horrorizarnos. Esto es posible cuando nos recordamos a nosotros mismos que estar con Cristo es mucho mejor que vivir en este mundo. Recordemos siempre como cristianos que una vez estuvimos en un estado de muerte pero que ahora estamos redimidos por Cristo; que estamos ahora en un estado de gracia y que pronto seremos llevados, después de la muerte, a un estado de gloria. El estado más bendito.

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, February 2015


3. EL MISTERIO DEL PACTO DE DIOS

 

“El secreto de Dios es para con los que le temen; y a ellos hará conocer su pacto.”

Salmo 25:14

Dios tiene secretos. Le agrada revelarlos a algunos, pero la mayoría de la gente nunca los conocerá. Estos secretos están entre los misterios que sólo podemos entender si tememos a Dios. Entre estos secretos está el conocimiento del pacto de Dios. Es un misterio o secreto que más nos interesa comprender, porque conocer el pacto de Dios es disfrutar su amor en esta vida y en la venidera.

¿Qué es un pacto en sentido bíblico? Es un acuerdo que Dios hace con el hombre, el cual permite a muchos disfrutar del favor y bendición de Dios eternamente. Dios no tendrá una relación favorable con ningún hombre a menos que esté en buenos términos con Él en este pacto. Al hacer Dios un pacto con el hombre, Él establece sus términos. Si los aceptamos Él nos bendecirá ricamente; si rompemos este pacto, perdemos la bendición y sólo nos queda esperar castigo en esta vida y en la que está por venir.

La Biblia describe dos pactos y es importante que, con ayuda de Dios, los entendamos. Estos son el pacto de obras y el pacto de gracia. Dios hizo el pacto de obras al principio de la historia con nuestro primer padre, Adán. En ocasiones le llamamos “el pacto de vida.” Sus términos y condiciones eran que si Adán y Eva obedecían a Dios evitando comer el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, que crecía como los demás árboles en el huerto de Edén, Dios les bendeciría y daría vida eterna. Por otra parte, si nuestros primeros padres desobedecían y comían sus frutos, morirían. La advertencia de Dios fue muy categórica: “El día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Gen. 2:17).

Adán y Eva conocían perfectamente este pacto de obras y aun así lo rompieron y pecaron contra Dios. Nos referimos a este gravísimo evento como la caída, el cual arrastró a toda la humanidad a una condición de pecado y miseria. Si Adán no hubiese pecado, nadie moriría. Morimos porque Adán rompió el pacto. Todas las miserias de la vida tales como la enfermedad, la guerra y la pobreza han venido sobre este mundo como el justo juicio de Dios por la desobediencia del hombre.

¿Por qué somos castigados por lo que Adán hizo hace más de seis mil años? En este punto vemos cómo es que el misterio envuelve los pactos que Dios ha hecho con la humanidad. La explicación (revelación), es que Adán fue el representante de la humanidad en el pacto de obras. Adán era lo que técnicamente llamamos “cabeza” del pacto, esto es, él actuó en representación de toda la humanidad cuando desobedeció y rompió el pacto que Dios hizo con el hombre. Los efectos son extremadamente graves. Dado que Adán rompió el pacto de obras, todos los hombres nacemos en una condición pecaminosa manifestada en tres aspectos: Primero, la culpa de Adán nos es imputada en el momento mismo de nuestra concepción; segundo, todos nacemos sin la perfecta justicia de Adán cuando fue creado; y tercero, nacemos con una naturaleza corrompida e inclinada al mal.

Haber quebrantado el pacto de obras explica por qué el mundo es un lugar lleno de crimen, crueldad y explotación. Si Adán hubiese cumplido las condiciones del pacto, nada miserable ni desagradable tendría cabida en la vida humana. Más aun, si Adán nunca hubiese pecado contra Dios, no habría muerte; el hombre habría vivido eternamente en un estado de felicidad, disfrutando la comunión con Dios y todas las bendiciones de un mundo jamás corrompido. Pero Adán pecó y esto no fue así.

Por Su misericordia, no fue la voluntad de Dios que el mundo pereciera. Él ha revelado a la humanidad otro pacto: El pacto de gracia. “Gracia” significa el favor divino inmerecido por nosotros. Lo que Dios nos revela en este pacto es maravilloso en todos los sentidos.

Al leer lo que la Biblia revela sobre el pacto de gracia, descubrimos esto: Desde la eternidad, Dios designó a Jesucristo para que fuera el segundo Adán, quien representa a todo Su pueblo. Cristo como “el último Adán” (1 Cor 15:45), representa a todos los que Dios le dio desde antes de la fundación del mundo. Hizo esto, para salvarlos del pecado y de la muerte.

Para salvar a su pueblo, Cristo se hizo hombre y murió por nosotros. Al vivir y morir como nuestra Cabeza del pacto, el Señor Jesús pagó el precio requerido para satisfacer la justicia de Dios, ofendida por los pecados de Su pueblo. Nuestro Salvador vivió una vida de obediencia perfecta a Dios para cumplir Su ley moral por nosotros, como nuestro representante en el pacto. Él obedeció perfectamente cada uno de los mandamientos. Su vida entera fue sin pecado y en plena obediencia.

Todos los pecados del pueblo de Dios fueron imputados a Cristo cuando estuvo en la cruz. Su muerte estuvo íntimamente relacionada con el pacto de gracia. Por esa razón, la noche que fue entregado se refirió al vino de la Cena del Señor diciendo: ”Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” Mateo 26:28. Las palabras testamento y pacto se refieren a los mismo: Al pacto de gracia de Dios.

El Nuevo Testamento contrasta a Cristo con Adán. Ambos son cabezas de los pactos que Dios ha hecho con el hombre. En tanto que Adán falló, Cristo triunfó. Mientras que Adán perdió para nosotros la comunión y favor de Dios, Cristo los restablece para todos los que confían en él como su Salvador. En tanto que la desobediencia de Adán trajo, pecado, condenación y muerte al mundo entero, Cristo nos trajo justicia, justificación y vida eterna. El apóstol Pablo desarrolla este contraste entre Adán y Cristo en Romanos 5:12-19. Allí el corre de manera maravillosa la cortina que una vez ocultó el gran misterio de los pactos.

Ciertamente el amor de Dios en la provisión del nuevo pacto no termina allí. Adán, por su pecado, fue causa de nuestra muerte y ahora Cristo, por su muerte y resurrección es ocasión de nuestra vida eterna. Él es nuestro precursor, el Salvador que fue levantado del sepulcro y está hoy sentado en gloria. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.  Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. 
Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.” (I Cor. 15:22-24).

Adán trajo conmoción moral al mundo, una tragedia que desafió la absoluta soberanía y señorío de Dios. Pero cuando Cristo finalmente derrote al enemigo, Él vindicará la majestad de Dios. En la nueva tierra y los nuevos cielos, Dios será “todo en todos” (I Cor. 15:28) y todas sus criaturas le verán así. Cristo, en el fin, anulará el catálogo de males que Adán introdujo al mundo cuando cometió el pecado original como representante de la humanidad en el pacto de obras.

Los términos y condiciones del pacto de gracia están contendidas en el evangelio. El evangelio requiere de nosotros estas dos condiciones: que nos arrepintamos de nuestros pecados y que creamos en el Señor Jesucristo como el único Salvador del mundo, fuera del cual no hay salvación. Es claro que Dios nos llama a confiar en Jesús para salvación y paz con Dios.

A través de la historia humana Cristo ha sido el Salvador. Adán y Eva oyeron de Cristo después de que pecaron, pues Dios les reveló que Él vendría como la simiente de la mujer para herir la cabeza de la serpiente (Gen. 3:15). Las siguientes palabras de Pablo aclaran que ésta profecía se refiere a Cristo: “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies.“ Rom. 16:20. Los que creen en Cristo serán salvos; pero los que no creen en Él como su Salvador personal estarán perdidos. Esta es la implicación grave para el incrédulo, pues su relación con Dios aun está afectada por las consecuencias del pecado de Adán. El que no cree está aun bajo el pacto roto con su Creador, la culpa del pecado de Adán le ha sido imputada. Si no se arrepiente y viene a Cristo por fe, el eterno castigo le aguarda en su muerte.

Morir como miembro del pueblo de Cristo es morir dentro del los términos del pacto de gracia; morir en incredulidad es morir en términos del roto pacto de obras, lo que acarrea la sentencia de la muerte eterna. Nuestro Señor Jesucristo frecuentemente enseñó que habrá castigo eterno para quienes rechazan Su evangelio.

Dios es rico en misericordia, en gracia. No se deleita en la muerte de los pecadores y por lo tanto invita a todos los que oigan el evangelio a que vengan a Cristo y tengan vida eterna. El “secreto” que Dios revela a quienes le temen es éste: “El que cree (en Jesús) no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado.” Juan 3:18. El que viene a Él tiene vida eterna.

Aquellos a quienes Dios por su gracia les da conocimiento, entienden que Cristo es el Salvador del mundo, vienen a Él y encuentran vida eterna. Esto es lo que significa: “El secreto de Dios es para con los que le temen; y a ellos hará conocer su pacto.” Salmo 25:14 ¿Entendiste este misterio?

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, February 2015


4. EL MISTERIO DE LA PIEDAD

“Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne . . .”

I Timoteo 3:16

Entre todas las maravillosas obras de Dios, es ciertamente imposible encontrar una más grandiosa que el nacimiento de Jesús el Cristo. El nacimiento de cada niño es algo maravilloso, pero el nacimiento de Cristo es singularmente grande y glorioso, es único en muchas maneras. Primero, Jesús nació sin pecado, es el único niño que ha nacido así. También es el único hombre que existió antes de ser concebido y nacido en este mundo. Esta verdad nos recuerda que Jesús no es sólo un ser humano; Él es también el Hijo de Dios. Él no vino a este mundo a disfrutar la vida; vino a vivir, sufrir y morir por otros. Él tomó nuestra naturaleza humana para salvarnos de nuestros pecados. Este es el significado del nombre “Jesús.” La Biblia dice: “Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mat. 1:21)

Hablamos así de la encarnación, que significa “venir en carne.” Este término afirma el hecho de que Jesús existía como Dios el Hijo, la segunda persona de la Trinidad, antes de su nacimiento. Como Hijo de Dios no tiene un principio, Él no fue creado o hecho por Dios el Padre, pues ha existido eternamente y eternamente existirá; no obstante, Jesucristo quien previamente existía como Dios, en su encarnación se hizo también hombre y nos referimos a Él como el Dios-Hombre. Esto nos revela algo realmente sorprendente: Desde que ocurrió la encarnación, Jesucristo ha existido como una persona con dos naturalezas. Estas dos naturalezas no se mezclan pues se distinguen entre sí, pero al mismo tiempo se unen. Jesús es completamente Dios y verdaderamente hombre.

Todas las obras de Dios son estupendas y debieran mover nuestros corazones a adorarle y a amarle. Estas obras de Dios incluyen Su creación, providencia, juicio y la futura recreación del universo presente pero ciertamente, ninguno de los actos de Dios es más maravilloso que la encarnación, en la cual Dios Mismo se unió con nuestra naturaleza humana en la persona del Señor Jesús Cristo. Al hacerlo, Dios nos ha honrado por encima de los ángeles y verdaderamente sobre todos los demás órdenes de la creación. ¡Qué agradecidos debemos estar porque el Dios Altísimo nos ha visitado y más aún, se ha revestido de nuestra naturaleza haciéndose hombre!

Aclaremos qué significa la encarnación. Primeramente, debemos entender que Dios no se hizo hombre por sustracción sino por adición. En otras palabras, Cristo nunca abandonó su divinidad reemplazándola con la humanidad; más bien, retuvo su divinidad y la unió a nuestra naturaleza humana. Cristo no dejó de ser Dios cuando se hizo hombre. Atanasio, un famoso escritor cristiano de la antigüedad, lo expresó así: “ Llegó a ser lo que no era, sin dejar de ser lo que era ya.”

¡Desde luego que la encarnación fue un milagro! Jesús, tal como lo declaran el Antiguo y el Nuevo Testamento, nació de manera sobrenatural. Tuvo una madre pero no un padre humano. Su madre María concibió la naturaleza humana de Jesús, no de José, sino a través del poder creador del Santo Espíritu de Dios: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo.” (Isaías 7:14; Mateo 1:23). En cuanto a su humanidad, no tuvo un padre, y respecto de su divinidad, no tuvo una madre.

Muchos se refieren a María como “la madre de Dios” pero esta expresión es engañosa. Ella fue la madre de su naturaleza humana pero no la madre de su divinidad. Honramos a María por haber sido el vaso escogido por Dios para dar a luz la perfecta e impecable naturaleza humana de Jesús. Elizabeth se refiere a ella como “la madre de mi Señor” (Lucas 1:43), pero el significado de esta frase se limita a la naturaleza humana de Jesús. La llamamos bienaventurada porque ella fue, de entre todas las mujeres que habían existido, elegida para ser la madre de la naturaleza humana de Cristo; pero no la veneramos supersticiosamente como si hubiera sido algo más que un ser humano. Ella era una virgen cuando Jesús nació pero debe haber tenido relaciones normales con su esposo José, después del nacimiento del Niño. La Biblia lo menciona con claridad: “Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.” (Mat. 1:25)

El nacimiento de Jesucristo trajo aparejada una cadena de maravillosos acontecimientos que resaltan su importancia para la Humanidad. Uno de ellos fue la visita de “unos magos de oriente” (Mat. 2:1). Dios causó que ellos siguieran la estrella hasta Jerusalén al lugar exacto donde Jesús estaba con su madre (Mat 2:11), y le ofrecieron ricos dones. Sin duda alguna, este evento señala que Cristo vino para abrir la puerta de

salvación a todas las naciones, gentiles y judíos. Fue un acontecimiento con gran significado. Treinta y tres años más tarde, cuando Cristo concluyó su obra, el Espíritu Santo descendió en Pentecostés y los gentiles de todo el mundo empezaron a entrar al reino de Dios.

Antes había ocurrido otro suceso muy significativo: La venida de los pastores al establo donde Cristo yacía (Lucas 2:16). Esto sucedió en la noche misma del nacimiento del Mesías, cuando el ángel del Señor fue enviado a anunciarlo a los pastores. Notamos que el ángel fue enviado a los humildes pastores y no a los orgullosos fariseos. Dios honra a quienes son humildes de corazón y tienen fe en su Palabra; no a los orgullosos y soberbios.

Este evento indicó la gloriosa y trascendental importancia del nacimiento de Cristo. El niño que nació en el establo de Belén no era otro que el prometido Mesías. “Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, el cual es CRISTO el Señor.” (Luc.2:11). Realmente, la encarnación de Cristo es tan importante para toda la humanidad, que una multitud de ángeles apareció en esa noche con un himno de alabanza que hizo resonar los cielos: ”¡Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14)

¿Por qué se encarnó el Hijo de Dios? Lo hizo para salvarnos, pobres pecadores. Como Él mismo lo dijo: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento.” (Marcos 2:17; Lucas 5:32)

Jesús nunca hizo pecado. Él no estaba, como todos nosotros, bajo el quebrantado pacto de obras de Adán. De ahí que el pecado de Adán nunca le fuera imputado. Para salvarnos era necesario que Él fuera ajeno al pecado y que viviera y también muriera por nosotros. Por lo tanto requería una naturaleza humana que le permitiera vivir una vida de perfecta obediencia a Dios y sufrir la muerte expiatoria en nuestro lugar.

Un mero hombre no podría vivir y morir por nosotros pues no tendría méritos para pagar nuestra culpa. Entonces, en la maravillosa sabiduría de Dios, Cristo debía ser Dios y Hombre. Como hombre, Él fue capaz de cumplir la ley moral de Dios y vivir una vida perfecta. En su amor, Él pudo como hombre morir por nosotros y obtener el perdón de Dios al satisfacer Su perfecta justicia, haciendo así la paz para todos los que creen en Él. Como hombre, Él vivió y murió por nosotros. Ser Dios, le dio un infinito valor a Su vida y a Su muerte.

Por vida y muerte Cristo alcanzó una perfecta justicia para todos los que creen en Él. Hay dos aspectos de la obediencia de Cristo: Su obediencia activa y su obediencia pasiva. Nos referimos así a la perfección de su vida terrenal y a los méritos de su muerte expiatoria.

Cristo, en su vida y en su muerte, actuó como representante de Su pueblo creyente. Como nuestro representante, Cristo obtuvo la justicia que otorga a todos los que creen en Él. Por su vida el cumplió plenamente por nosotros todo lo ordenado por Dios en los diez mandamientos, y por sus agonías y muerte Él satisfizo todas las demandas de la ofendida justicia de Dios. De esta manera Él es “Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6) como fue profetizado en el Antiguo Testamento.

Cristo tiene y siempre tendrá, dos naturalezas pero es una persona en quien debemos confiar y a quien debemos amar con profunda gratitud por su amor pos nosotros, miserables pecadores. Como el Dios-Hombre, está sentado en medio del trono del Dios Altísimo. Él gobierna a todas las naciones y llama por el evangelio a todos aquellos a quienes Dios le dio desde la eternidad.

“¡Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne . . . ¡”

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, March 2015


5. EL MISTERIO DEL EVANGELIO

“Hablamos la sabiduría de Dios en misterio . . .”

I Corintios 2:7

“ Dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio.”

Efesios 6:9

El apóstol Pablo describe el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo como un misterio. Esto no significa que sea obscuro o dificultoso sino que el evangelio es el método de salvación revelado por Dios, el cual el hombre jamás conocería sin la revelación divina.

Para mayor claridad, el apóstol utiliza una ilustración: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” (I Cor. 2:11). El significado es obvio: No podemos conocer los pensamientos secretos de otros a menos que nos los revelen. De la misma manera, nunca podríamos conocer los pensamientos secretos de Dios si Él no nos los hubiera revelado. Esto es lo que Dios ha hecho por su gracia en la Biblia. El evangelio no es entonces un mensaje que nos llega como un producto intelectual de grandes hombres. De hecho, los más grandes intelectos de la historia nunca imaginaron el camino de salvación que Dios nos reveló en Su Palabra.

El evangelio fue predestinado antes de los siglos para nuestra gloria (1 Cor. 2:7). La total y completa ignorancia por parte de los eminentes intelectuales del pasado se evidenció cuando crucificaron a Cristo, el Señor de la gloria (1 Cor 2:8). Si los grandes hombres de esa época hubieran sabido quién era Cristo y qué vino a hacer por su bendita muerte en la cruz, nunca lo hubieran matado como lo hicieron. El asunto queda probado. El evangelio es el plan secreto de Dios para salvación. Este es un misterio que los hombres, por sabios que fueran, jamás podrían conocer por sí mismos.

También es claro que el evangelio de Cristo es un misterio porque para el hombre “es locura” (1 Cor 2:14), hasta que Dios abre sus ojos y le ilumina espiritualmente. Mientras que el Santo Espíritu de Dios no ilumine nuestras mentes, todos estamos en la obscuridad de la incredulidad en cuanto al evangelio. Esto explica por qué siempre ha sido y así será que muchas personas rechazan la fe cristiana y, en ocasiones, hacen escarnio público de ella. El misterio del evangelio es motivo de desprecio hasta el momento en que Dios brilla con Su luz en nuestros corazones y lo hace tan precioso para nosotros.

Evidentemente, el camino de salvación de Dios es muy diferente al que la humanidad esperaría. En el corazón de todas las religiones falsas existe la creencia de que la salvación se obtiene por las obras. Entre las naciones, la pretensión de la justicia propia es tan fuerte en el hombre pecador que siempre trata de hacerse aceptable a Dios mediante sus buenas obras, tales como oraciones, rituales, sacramentos, sacrificios, actos de caridad, penitencias y castigos. Todas las religiones no-cristianas buscan la aprobación de Dios (o de algún concepto de dios), en algunas de estas maneras. Es triste que muchos que afirman ser cristianos cometen el mismo error. Este fue el trágico error de los judíos en el tiempo de Cristo. De ahí que Pablo dice lo siguiente respecto de los judíos de su época : “Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la ley.” Rom. 9:31-32

Pablo mismo, quien se refiere al evangelio como un misterio, estuvo totalmente ciego al verdadero camino de salvación hasta que se encontró con Cristo en el camino a Damasco. (Hechos 9). Cuando las escamas cayeron de sus ojos, no sólo corrigió su doctrina de la salvación sino que la cambió totalmente. Cuando Cristo abrió la mente de Pablo a la verdad del evangelio, él mismo vio su justicia propia como algo aberrante: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida . . . y las tengo por basura, para ganar a Cristo.” Fil. 3:7-8

Cuando nos convertimos al Señor, el evangelio nos toma por sorpresa en todos sus aspectos. Las verdades de la salvación por gracia llegan a nosotros como una luz de fuera de este mundo. En el centro de todo encontramos el soberano amor de Dios, quien envió un Salvador a este mundo para rescatarnos de nuestra desesperación como pecadores culpables. Ahora por fe vemos a Jesús, no como alguna vez lo

hicimos – un gran personaje de la historia, o un genio religioso – sino como nuestro amado Salvador personal quien murió por nosotros en la cruz.

Cuando Pablo dice: “Cristo Jesús nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” (I Cor. 1:30), nos está dando un resumen del camino de salvación revelado por Dios. Cada uno de estos términos es un tesoro de significados y cada uno nos revela uno u otro aspecto del misterio del evangelio de salvación.

¿Cómo es Cristo nuestra “sabiduría”? Él es nuestra sabiduría a partir del momento en que, como pecadores, nuestros ojos son abiertos para vernos como Dios nos ve. Una verdad trágica es que ninguno de nosotros nos damos cuenta de nuestra grave situación hasta que Dios irrumpe en nuestra oscuridad y nos detiene en medio del camino. Nuestro instinto natural es vivir en los placeres del mundo, ignorando el hecho de la muerte, pero cuando Dios empieza a darnos la sabiduría de que hablamos aquí, Él nos hace detenernos en nuestra prisa demencial por obtener placeres. Con frecuencia Dios nos trata de manera severa como un medio para hacernos volver a nuestros sentidos . Somos tan necios y ciegos que vamos corriendo precipitadamente hacia una eternidad de perdición, hasta que Dios nos para. Lo hace de diferentes maneras, incluyendo enfermedades, dolor, pérdidas, por medio de un sermón, el testimonio de un amigo cristiano, un libro que presenta el evangelio.

La sabiduría que Dios nos da cuando nos lleva a Cristo es un nuevo entendimiento, por el que no nos atrevemos a vivir más sin poner nuestra confianza en Él como nuestro salvador personal. Es frecuente que el pecador sea llevado con lágrimas a este punto de desesperanza. Siente una influencia que no puede explicarse al principio pero tarde o temprano, se da cuenta que este es el llamado que Dios hace a su mente, a su voluntad y a su conciencia. Vuelve su rostro a Dios para implorar Su perdón, no importando cuál sea el costo de perder el aprecio de sus amigos mundanos. La sabiduría del evangelio hace que la persona coloque a Dios en el primer lugar de su vida; lo demás se vuelve secundario.

¿Cómo es que Cristo es hecho nuestra “justificación”? La única forma correcta de entender este aspecto de misterio del evangelio es valorar el significado del término imputación. Esta palabra significa que cuando el pecador pone por primera vez su fe en Cristo como su Salvador, la justicia de Cristo le es imputada. Dios cuenta la justicia de Cristo a favor del pecador que ha creído. Por la fe sola el pecador es justificado ante los ojos de Dios.

Para el incrédulo crítico del evangelio, esta es una doctrina ofensiva. No puede aceptar que sea cierto que Dios sólo requiere de nosotros la fe en Jesús. La doctrina del evangelio es incuestionablemente un misterio para el incrédulo, pero la enseñanza clara de la Biblia es que la fe sola en Cristo trae el perdón de todos los pecados y es garantía de vida eterna en el cielo a todo aquél que cree.

No debemos imaginar que las buenas obras son necesarias para suplementar por nuestra parte la justicia de Cristo. El hecho es que la vida y muerte de Cristo han comprado para los pecadores una perfecta y eterna justificación. El medio como el pecador recibe la justificación es por fe y por fe sola en Jesús Cristo. Pablo lo establece con toda claridad: ”Por gracia sois salvos por la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe.” (Ef. 2:8,9). El apóstol Pablo enfatiza esta verdad una y otra vez en sus cartas. Ni Pablo ni Lutero ni ningún otro inconverso han entendido jamás este misterio del evangelio, hasta que supieron en su propia experiencia, qué es estar bien con Dios La justificación es verdaderamente un gran misterio del evangelio de Cristo.

¿Cómo es que Cristo es nuestra “santificación”? Este es el tercer elemento del gran resumen que Pablo hace del evangelio en I Cor. 1:30. La santificación es diferente a la justificación. En tanto que la justificación se refiere al estado legal del pecador ante Dios, la santificación puntualiza el cambio producido en la vida y el carácter de cada creyente.

La santificación modifica nuestro carácter moral de manera total. En nuestra conversión empezamos a ser hombres y mujeres nuevos. Cambia toda nuestra actitud. Después de nuestra conversión, cuando creemos en Cristo, anhelamos agradar a Dios. En verdad consideramos nuestro deber vivir para la gloria de Dios y no para nuestro propio placer.

Así, mientras que la justificación tiene que ver con nuestra posición legal ante Dios, la santificación se refiere al cambio personal en nosotros. El cristiano ya no es más lo que era. El era antes de la conversión, lo que la Biblia llama ,“el viejo hombre” (Col. 3:9,10).

La justificación ocurre instantáneamente en el momento en que el pecador cree en Cristo. El ha sido acreditado con la obediencia de Cristo, y ya no es culpable. El es perdonado de todos sus pecados para siempre y está más allá de la posibilidad de ser condenado en el día de muerte o en el día del juicio.

En contraste, la santificación es un proceso que toma toda la vida. El creyente convertido crece en gracia. Está llamado por Dios para “ocuparse en su salvación con temor y temblor” (Fil.2:12).Gradualmente, por la gracia del Espíritu aprende a hacer morir los pensamientos y prácticas pecaminosas. En este andar, él aumenta su fe y crece en santidad; sin embargo, el pecado morará en el creyente durante toda su vida terrenal. La santificación nunca es completa en esta vida.

¿Cómo es que Cristo no es hecho “redención”? Este término que Pablo utiliza para explicar el misterio del evangelio se refiere al estado de perfección moral que cada verdadero creyente alcanzará en su muerte. Es la meta moral y espiritual a que aspira durante toda su vida. Los más grandes cristianos son imperfectos en esta vida pero luchan por lograr la perfección tanto como pueden. Pablo se refiere a su propio estado espiritual de esta manera: “No pretendo haberlo alcanzado ya . . . .prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Fil. 3:13,14).

En la muerte, el alma del creyente es perfeccionada. El alma entra al cielo. El cuerpo es colocado en el sepulcro. En el gran día de la resurrección, alma y cuerpo serán reunidos. Entonces compareceremos ante la presencia de Cristo, nuestro gran Juez. Cada uno de los creyentes recibirá Su bienvenida a los eternos goces del cielo.

¡Cuán glorioso es el misterio del evangelio! ¡Gloria y alabanza a Dios!


6. EL MISTERIO DEL NUEVO NACIMIENTO

“¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?”

Evangelio de Juan 3:4

Dios describe al no-creyente como el “hombre viejo” (Col.3:9). Por otra parte, cuando viene en fe al Señor Jesús Cristo, se dice que es un “nuevo hombre” (Col. 3:10). Esta enseñanza nos muestra claramente que hay un mundo de diferencia entre lo que una persona es antes y después de su conversión. Ser un cristiano genuino no sólo consiste en creer un nuevo sistema de doctrinas o en ajustar nuestros hábitos a un estilo de vida diferente. El cristiano verdadero es radicalmente diferente a los no-creyentes. Más maravilloso aún, es diferente a lo que era él mismo era. Antes de su conversión es un viejo hombre; después de creer en Jesús se convierte en un hombre nuevo.

La vida empieza con el nacimiento. Donde no hay nacimiento no hay vida. Esto es cierto física y espiritualmente. La transición de una persona de ser un viejo hombre a ser un hombre nuevo ocurre por un re-nacimiento espiritual. Nos referimos a esto como el nuevo o segundo nacimiento. Para que cualquier pecador llegue a ser un pecador salvo, necesita nacer de nuevo como el Señor lo explicó a Nicodemo, un devoto pero inconverso fariseo judío (Jn 3).

El nuevo nacimiento es un misterio para todos nosotros hasta que tenemos la experiencia de ser nacidos de nuevo. Es bueno tener conocimientos religiosos y una estilo de vida moral templado por el conocimiento bíblico, pero nadie es un cristiano verdadero hasta que entra en este maravilloso cambio espiritual que la Biblia llama “el nuevo nacimiento.” ¿Qué es esto? ¿dónde y cómo buscarlo? ¿qué diferencia hará en mi vida? Veamos la entrevista que Cristo tuvo con Nicodemo, como se narra en Juan 3.

Para Nicodemo, un prominente fariseo, fue un algo extraordinario venir a Jesús, como lo hizo. Los fariseos formaban una secta orgullosa. Su idea de agradar a Dios radicaba en un estricto cumplimiento de reglas, algunas de ellas bíblicas y otras hechas por los hombres. Intentaban ser justos ante Dios basados en su propia justicia y despreciaban a los demás. Cristo los puso en evidencia por su hipocresía y ceguera (Mat. 23:23,24). Su actitud de ser “más santo que tú” había sido profetizada por Isaías, quien describió a estos “justos” hombres hablando así: “Quédate en tu lugar; no te acerques a mí porque yo soy más santo que tú” (Isa. 65:5). Tal actitud soberbia es desde luego muy ofensiva a Dios.

Nicodemo vino a Jesús de noche (Jn. 3:2). Este detalle es significativo y se menciona en cada ocasión que se hace referencia a Nicodemo (Jn. 7:50; 19:39). Evidentemente, él vino a Jesús de noche para evitar ser visto por los demás. Ser visto con Cristo implicaba el riesgo de perder su buena reputación ante sus correligionarios. Era un precio que Nicodemo no pagaría, cuando menos no en este punto de su vida. Así buscó una entrevista privada y confidencial con Jesús por la noche.

La pregunta nos lleva un poco más lejos: ¿Por qué vino si se arriesgaba a perder sus amigos? La respuesta es parte del misterio del nuevo nacimiento. Nicodemo vino porque Dios ya había empezado a atraerlo (Jn. 6:44). Los milagros de Cristo – de los cuales tenía noticia – estaban en su mente y en su conciencia dando testimonio de la divina persona de Cristo y de la autoridad celestial propia del Mesías. (Jn. 3:2). Nicodemo aún no lo sabía, pero él fue a Cristo para conocerle mejor porque la secreta voluntad y propósito de Dios eran que Nicodemo llegara a ser un cristiano. Aún no se daba cuenta, pero la verdadera explicación de por qué vino a Jesús de noche, era que Dios le estaba dirigiendo a donde encontraría la verdadera religión y rechazaría su fariseísmo.

Jesús, en esta entrevista, inmediatamente anuncia a Nicodemo lo que todo hombre necesita para tener la religión verdadera: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Jn. 3:3). La palabra “ver” en esta frase significa que la persona que no ha experimentado el nuevo nacimiento está ciega al verdadero significado de la Biblia y por lo tanto, no puede empezar a entender su propia necesidad como pecador ni tampoco puede comprender la naturaleza de la iglesia de Dios. La iglesia auténtica, o “el reino de Dios” está formada solamente por personas nacidas de nuevo. Por esta razón utilizamos el término “la iglesia invisible.” Aunque entre los miembros de la iglesia visible puede haber personas inconversas, éstas no pertenecerán a la verdadera iglesia invisible de Dios, a menos que nazcan de nuevo.

Todo esto suena absurdo a Nicodemo y a cualquier persona inconversa. “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” preguntó Nicodemo, a lo cual contesta nuestro Señor que “es necesario nacer del agua y del Espíritu” (Jn. 3:5). Es de suma importancia entender el verdadero significado de estas palabras. No hay una referencia al bautismo cuando menciona aquí el agua. La prueba es que el agua no puede limpiar el alma de nadie. Más bien la referencia al agua es alusión a una enseñanza del Antiguo Testamento que, como devoto judío, Nicodemo conocía o debía conocer muy bien. El agua de que Cristo habla es el lavamiento del corazón por gracia del Santo Espíritu de Dios. Esta agua es la única que puede purificar el alma de un hombre y “hacerla más blanca que la nieve.” (Sal. 51:7). Respecto de esta agua, el profeta Ezequiel estableció al describir el nuevo nacimiento: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.” (Ez. 36:25)

El pecador “está muerto en delitos y pecados” (Ef. 2:1). Su mayor necesidad es ser llevado a un estado de vida espiritual. Cristo sigue adelante y dice a Nicodemo: “Lo que es nacido de la carne, carne es.” (Jn. 3:6); sin embargo los pecadores pueden ser rescatados de esta horrible condición de muerte espiritual por una obra de gracia del Santo Espíritu de Dios. “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” El agente en este cambio espiritual es la tercera persona de la Trinidad, quien, como el viento, tiene gran poder.

En el nuevo nacimiento, Cristo compara la obra del Espíritu con la actividad del viento (v.8): “El viento sopla de donde quiere”. No existe poder externo que pueda controlar al viento. Es poderoso y está por encima la capacidad humana para dirigirlo o manejarlo. Así es el Santo espíritu. Como el viento, es poderoso e invisible. Trabaja en el corazón de los hombres como le place. Nadie puede obligarlo ni tampoco restringirlo.

¿Cómo podemos saber entonces, cuándo el Espíritu está trabajando en la vida de una persona? Por los cambios que se pueden ver en su alma. Nosotros vemos el viento no de manera directa, sino indirecta por los movimientos que causa en los árboles. De esta manera, el Espíritu produce cambios visibles en el alma de un hombre o de una mujer. Un hombre nacido de nuevo es un nuevo hombre. Es una nueva edición de su antiguo ser.

Estos cambios no son meramente externos como cuando una cabaña es blanqueada de nuevo. Los cambios son básicos, fundamentales y radicales y afectan todas las facultades del alma. El hombre deshonesto se vuelve honrado. El ladrón ya no roba. El hombre de lenguaje obsceno habla ahora de manera limpia. El ocioso se aplica al trabajo. La madre negligente instruye a sus niños en el camino del Señor. El necio entregado al placer empieza ahora a leer su Biblia y asiste a la casa de Dios. El hombre nuevo es realmente nuevo. Ha nacido otra vez.

Hemos dicho que la persona convertida es un hombre nuevo. ¿En qué consiste esta novedad de vida? El poder sobrenatural de Dios cambia de tal manera al nuevo creyente que él o ella ahora viven en armonía con Dios y son sus hijos. Cuando nacemos somos pecadores y estamos en enemistad con Dios. Cuando somos renacidos, Dios nos hace sus hijos. Dios es nuestro Padre espiritual y también nuestro Creador.

El nuevo nacimiento modifica nuestra actitud total en cuanto a Dios y a las cosas de Dios. Mientras que antes de ser renacidos tenemos muy poco interés por Dios y lo que a Él concierne, después del nuevo nacimiento Dios ocupa el centro y es el interés supremo de nuestra vida entera. Esto es así porque el instinto de toda persona nacida de nuevo es amar y agradar a Dios.

Nicodemo muestra en su comportamiento posterior que es un hombre nuevo. Lo vemos hablando a favor de Cristo y defendiéndole (Jn. 7:50,51), no se avergüenza cuando muestra profundo respeto al cuerpo del Redentor crucificado: ”También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y áloes, como cien libras” (Jn. 19:39). Este fue un regalo carísimo. A este acto de amor de Nicodemo, junto con José de Arimatea, se añade más aún: “Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.” (Jn. 19:40)

El amor y respeto de Nicodemo por Cristo surgen de haber experimentado el nuevo nacimiento, al que hasta hacía muy poco tiempo, era ajeno. Así ocurre con todos los que creen en Cristo. Tiene fe en Él y le aman. Han sido llamados por el Padre al conocimiento de que Jesús es el único Salvador del mundo. Han oído el llamado de Dios en su alma. Tienen ahora una relación viva con Dios y están aprendiendo a “despojarse del viejo hombre y a revestirse del nuevo.” (Col. 3:9,10).

Los que han nacido de nuevo son verdaderamente santos y aman la santidad. Desean ser perfectos, pero mientras que están en esta vida tienen que combatir el pecado que mora en ellos. Su clamor es: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24), pero en el instante de su muerte, su alma entrará en la gloria.


7. EL MISTERIO DE CRISTO MORANDO EN NOSOTROS

“Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio . .

que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.” Colosenses 1:27

Todo verdadero creyente en Cristo está en unión con Él. No solamente es una realidad que Cristo vivió y murió por nosotros, no sólo es verdad que ahora mismo Cristo intercede por nosotros; más aun, Cristo mora en nuestras almas. Diversos pasajes de la Escritura nos enseñan este maravilloso hecho. En el texto citado arriba, Pablo utiliza un lenguaje fuerte y exaltado. Habla de la morada de Cristo en nosotros como un misterio sumamente glorioso: “Las riquezas de la gloria de este misterio.” Esta manera tan sublime de hablar debe ser para nosotros una indicación de que estamos ante una doctrina de la mayor importancia y que es, por lo tanto, muy necesario que la entendamos. Que Cristo habite en la almas de su pueblo, es un gran privilegio para nosotros. Somos, después de todo, pecadores caídos y arruinados que merecemos ser arrojados fuera de la presencia de Dios.

Pero, lejos de ser apartados, plugo a Dios morar en nuestros corazones. Lo que Dios ha hecho con nosotros es un verdadero acto de bondad y misericordia. Si Cristo está en nosotros, el pecado ya no tiene dominio sobre nosotros (Rom. 6:14). Si Cristo está en nosotros, entonces tenemos una firme e inamovible esperanza de estar con Él en el cielo, porque Él es nuestra “esperanza de gloria.” (Col 1:27). Si Cristo está en nosotros, seremos más que vencedores sobre todos nuestros enemigos (Rom. 8:37-39). Si Cristo está en nosotros, tendremos una muestra de su amor cada día hasta que veamos su bendito rostro en los cielos (1 Cor. 1:12).

La Biblia utiliza varias ilustraciones para comunicarnos la naturaleza e importancia de que Cristo more en el alma de los suyos, en su pueblo. Jesús mismo empleó la ilustración de la vid y los pámpanos (Jn. 15). De la manera como la savia nutre a las ramas para que den fruto, Cristo lo hace con el creyente por su Espíritu. Así como el viticultor poda hábilmente cada rama para que lleve más fruto, también lo hace el Labrador celestial. Igualmente que las ramas secas e infructuosas son cortadas y echadas al fuego, Dios remueve – tarde o temprano – a cada uno de los que son creyentes solamente de nombre. La prueba entonces de que somos cristianos no está sólo en nuestro carácter ni en nuestra vida. El amor y el servicio a Dios y a los hombres son la evidencia real de que somos verdaderamente cristianos.

Los apóstoles Pablo y Pedro usan ilustraciones de un edificio para explicarnos aspectos de nuestra comunión con Cristo. Como creyentes, “somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo . . . en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Ef. 2: 20,22). Los hombres y las mujeres convertidos, dice Pedro, son “ . . . piedras vivas (vivientes), edificadas como casa espiritual y sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo.” (I Pedro 2:5). La enseñanza aquí es el efecto que tiene el hecho que la iglesia sea habitada por Dios y que cada piedra sea una entidad vital en la iglesia, la cual crece constantemente y llegará a su plenitud cuando todos los elegidos de Dios vengan finalmente al conocimiento de Cristo como el fundamento de sus vidas.

Una tercera ilustración es la de la cabeza y el cuerpo. Pablo usa esta ilustración: “(Dios) sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, 
la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Ef. 1:22,23). Nuevamente, el apóstol Pablo escribe. “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.” (1 Cor. 12:12). Cristo es la Cabeza de la iglesia y quien controla a cada uno de sus miembros. Como cristianos, nos sometemos a esta Cabeza al tiempo que respetamos y honramos a los demás creyentes como miembros de Su cuerpo místico, la iglesia.

Probablemente la ilustración más asombrosa de la unión de Cristo con su iglesia es la relación del marido con su esposa en la relación del matrimonio: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia.” (Ef. 5:31,32). De manera similar, el apóstol Juan describe la relación espiritual de la iglesia con su Señor y Salvador: “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. (Rev. 21:2). Como creyentes estamos unidos con Cristo hoy y vamos a disfrutar una bendita eternidad con nuestro Redentor, quien es Dios y es Hombre

A la luz de la enseñanza implícita en estas ilustraciones, no nos sorprende pues que Pablo se refiera a la unión de los creyentes con Cristo como un misterio pleno de “riquezas en gloria.” (Col. 1:27). La unión de Cristo con los creyentes es mística y se compone de dos elementos: unión y comunión. Unión es la característica de la relación misma; comunión se refiere a nuestro disfrute consciente de la presencia de Cristo y de Su amor. Nuestra unión es para siempre y es inquebrantable; no fluctúa ni varía. La experiencia de gozar esta comunión sí tiene variaciones. Hay momentos en que sentimos a Cristo cerca y otros en que, probablemente por el pecado, nuestra experiencia de comunión con Él se debilita.

En los cielos nuestra comunión con Cristo nunca será interrumpida pero, en tanto que estemos en esta vida debido al pecado que mora en nosotros, tendremos estos momentos de retraimiento espiritual del amor de Cristo. Cuando David pecó, sintió la pérdida de la presencia de Cristo y clamó: “Vuélveme el gozo de tu salvación.” (Sal. 51:12).

La presencia del Santo Espíritu de Cristo en nosotros es la fuente de nuestro gozo. De ahí que David, en su estado triste y pecaminoso, exclamó: “No quites de mí tu Santo Espíritu” (Sal. 51:11). La unión que tenemos con Cristo, nuestro Señor y Salvador es inmutable; pero el gozo de esa comunión sufre altibajos. “El Cantar de los Cantares” de Salomón explica cómo nuestra sensación de cercanía y de amor con Cristo puede atenuarse por un tiempo, y nos muestra que nuestro deber es buscar a Cristo en oración secreta: ”Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé. Y dije: Me levantaré ahora, y . . . buscaré al que ama mi alma.” (Cantares 3:1,2)

Es necesario que recordemos como creyentes que fuimos dados a Cristo por el Padre desde el eternal pasado. Nuestro Señor hace referencia a esto en su gran oración sacerdotal: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste.” (Jn. 17:6). Este es el origen de nuestra relación especial con Cristo, pero no la experimentamos sino hasta que fuimos nacidos de nuevo. Es en el nuevo nacimiento que conocemos y amamos a Cristo. La unión que ahora tenemos con Él continuará toda la vida y la disfrutaremos plena y perfectamente al final, cuando Cristo regrese y entremos con Él en los nuevos cielos y la nueva tierra.

Nuestro Señor ora por nosotros con este futuro eternal en mente, cuando dice al Padre: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo para que vean mi gloria . . . para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.” (Jn. 17:24,26). Es así que la unión mística que tenemos con Cristo es un anticipo del cielo mismo. “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Rev. 1:23).

Si tenemos a Cristo morando en nosotros como nuestra esperanza de gloria, tendremos experiencias que otros no tienen. El mundo nos odiará por una razón (Jn. 15:18,19). Esto será así porque los que no son de Cristo son los enemigos de Dios y, aunque ellos no lo crean, Satanás obra en ellos porque siendo incrédulos, son “hijos de desobediencia.” Podemos esperar que el mundo odie a aquellos en cuyos corazones mora el triuno Dios ya que el mundo rechaza el evangelio y a todo aquél que levante su voz por Dios.

Nuestra trabajo actual en este mundo es ordenar y organizar nuestras vidas, viviendo para la gloria de Dios. El Espíritu de Cristo morando en nuestros corazones es la fuente de todo crecimiento espiritual, progreso y servicio aceptable. Siendo esto así, debemos luchar por crecer en el conocimiento de Dios y añadir a nuestra fe virtud y toda gracia, especialmente la gracia del amor cristiano. El amor es la mayor de todas las gracias (1 Cor. 13:13) y Dios es grandemente glorificado cuando su pueblo muestra el amor y la bondad en sus vidas. Después de todo, ¿qué significa que Cristo more en nosotros, sino que cada vez más seamos conformados a Su semejanza?

Este carácter y estilo de vida que manifiesta bondad y amor es la marca del verdadero Cristianismo. La gente puede burlarse de nuestra fe pero en su conciencia reconocerán que tenemos algo que ellos no tienen: Notarán que vivimos y andamos en armonía y comunión con Jesús.

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, March 2015


8. EL MISTERIO DE LA OFERTA DEL EVANGELIO

“Y el que quiera , tome del agua de la vida gratuitamente.” Apocalipsis 22:17

“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos.” Mateo 11:25

El evangelio es el anuncio de la buena noticia que Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores. Este evangelio es para predicarse a “toda criatura” (Marcos 16:15), de acuerdo con el mandato Cristo mismo. Todos los que oigan el evangelio están invitados a creer en Cristo y a venir a Él. A todos los que oyen el llamado del evangelio se les asegura que, si vienen a Cristo, serán bien recibidos por Él. “Al que a mí viene – dice Jesús – no le echo fuera.” (Juan 6:37).

En estos días del Nuevo Testamento, todas las naciones están invitadas a venir al Dios viviente y a ser bendecidos con la vida eterna que Cristo nos brinda. Nunca ha habido y nunca habrá una situación en la cual un pecador que verdaderamente busque ser salvo, sea rechazado por Dios. “Todo el que invocare el Nombre del Señor, será salvo.” (Rom. 10:13).

Es entonces, deber de todo predicador instar a todos quienes le escuchen a arrepentirse y creer en Cristo. El mensaje de Juan el Bautista a Israel en el ocaso del Antiguo Testamento, era que los hombres debían arrepentirse para “remisión de sus pecados” (Marcos 1:4). De la misma manera, cuando Cristo comenzó a predicar proclamó este mensaje: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (Marcos 1:15). Algún tiempo más tarde, el apóstol Pablo, predicando en Atenas; anunció: “ Dios . . manda a todos los hombres que se arrepientan” (Hechos 17:30).

Por consiguiente, el mensaje que llamamos “el evangelio” es un llamado de Dios a través de la boca del predicador, por el que ordena a los hombres arrepentirse, a volverse de sus malos caminos y creer en Jesús Cristo. Junto con este mandato de autoridad, vienen la seguridad y la promesa firme de Dios de que todo aquél que venga a Él, será bienvenido, aceptado y perdonado por la eternidad.

Esta oferta de perdón de Dios es genuina y es sincera. Ningún pecador es tan perverso como para que Dios lo rechace si acude a Él con un corazón arrepentido, porque la oferta del perdón gratuito está sinceramente hecha por Dios a todo aquél que la escucha. Debe ser muy evidente para todo lector de la Biblia que Dios nunca miente en las promesas e invitaciones que nos hace. Los hombres pueden hacer ofertas falsas, pero el Dios de los cielos nunca hace tal cosa. El más vil pecador puede alcanzar perdón gratuito con tan sólo creer la promesa de Dios en el evangelio y someter su vida a Cristo en humildad.

En este punto, nos damos cuenta que estamos ante un misterio. Este misterio descansa sobre dos consideraciones: Primero, Dios nos ha informado claramente que Él ha elegido desde la eternidad a un cierto número de pecadores y que también ha reprobado a otros, dejándoles en sus pecados. Cristo alude a esta profunda doctrina cuando dice a los judíos incrédulos: “ Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna” (Juan 10:26-28).

La segunda dimensión del misterio de la oferta sincera de Dios en el evangelio, está en el hecho claramente revelado de que la fe es algo que el pecador no puede ejercer por sí mismo. El pecador debe obedecer el llamado del evangelio, pero es un mandato que no puede cumplir. Sin la gracia de Dios, nadie puede venir a Cristo. Jesús enseñó esta verdad: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.” (Juan 6:44) ¿Por qué el pecador no puede creer por su propia voluntad? Debido a que su voluntad está esclavizada por el pecado. Entonces hay dos aspectos del misterio de la oferta del evangelio: ¿Cómo puede Dios pedir al pecador que crea cuando éste es incapaz de ejercitar su fe? Más aún, ¿cómo puede Dios hacer un ofrecimiento sincero de salvación a todos los hombres, cuando Él ha decretado desde la eternidad que no todos serán salvos? Veamos estos problemas individualmente.

Dios tiene todo el derecho de requerir al pecador que haga aquello para lo cual Dios le facultó originalmente en la creación. Cuando Dios nos creó, éramos capaces de creer cada una de las palabras de Dios y de cumplir con todos nuestros deberes. El hecho de que no podamos obedecer los mandamientos de Dios es totalmente una falta nuestra. Dios tiene el perfecto derecho de demandar de nosotros todo aquello para lo cual nos dio el poder de hacerlo en nuestro estado original de perfección. Entonces, cuando el evangelio viene al pecador, Dios tiene derecho de ordenarle que crea en él. La fe es un deber del hombre, aunque es un deber que el hombre por sí mismo no puede cumplir.

Por otra parte, si un pecador se humilla ante Dios y clama pidiendo gracia para hacer lo que él por sí mismo no puede, Dios tendrá misericordia de él. Este es precisamente el caso del padre de un muchacho poseído por un demonio, cuando clamó: “¡Creo Señor; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). Él recibió inmediatamente la ayuda de Cristo. Así sucederá con todo aquél que pide sinceramente a Dios su misericordia y socorro.

El segundo aspecto del misterio es este: ¿Cómo puede decirse que Dios ofrece sinceramente el perdón a aquellos a quienes Él ha reprobado eternamente? El número de los redimidos se fijó en el pasado eterno. Su número no se incrementará ni disminuirá. Dios sabe perfectamente quiénes son los elegidos. ¿No es engañoso decir que Dios hace una oferta sincera de misericordia a quienes no son sus elegidos?

Hay dos formas incorrectas de tratar con este asunto. Un error es negar la elección y afirmar que el pecador tiene el poder o libre albedrío para creer en Cristo. Esto es contradecir la Palabra de Dios, que claramente establece que los creyentes son “escogidos” en Cristo “desde antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4).

El error alternativo es suponer que el evangelio no es un ofrecimiento sincero para todos sino solamente para los elegidos; sin embargo, esta posición tampoco es escritural. Es la voluntad revelada de Dios que todos los que escuchen el evangelio crean en él. El deber del predicador es invitar a todos a venir, y es el deber de todos los que oyen el evangelio cumplir con la invitación de gracia de Dios: ”El Señor no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ezeq. 33:11). “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. (2 Pedro3:9)

Aquí enfrentamos un misterio en conexión con el evangelio. Dios revela que Él desea que todos los hombres vengan en arrepentimiento y fe; pero que Él no ha elegido a todos para que vengan. Dios invita sinceramente y llama a todos quienes oyen el evangelio a venir; pero no los ha escogido a todos. ¿Qué podemos pensar a la luz de estas enseñanzas bíblicas?

Nos damos cuenta de que estamos ante un misterio que no podemos explicar plenamente en esta vida. Cuando nos encontramos cara a cara con misterios que atañen a la soberanía de Dios, nos corresponde poner una mano sobre nuestra boca, como Pablo nos dice: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?

¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? “ (Rom. 9:20,21)

Está claro que Dios es bueno. Él ha hecho completa y perfecta provisión para los pecadores en la obra de Cristo. Al hacerlo así, Dios ha manifestado su sorprendente amor para el mundo. Dios invita a todos a creer y ser salvos. Dios es el Señor de todas sus criaturas. Ha ejercido su señorío al elegir a muchos, pero no a todos, para salvación. Sin su gracia ninguno puede creer en Cristo pero, aún así, recordamos que Dios no tiene obligación de extender su gracia salvadora a hombre alguno. El pecador que verdaderamente desee ser salvo por Cristo, será salvado. Quienes rechazan el evangelio, son responsables por esta acción. Su sangre será sobre sus cabezas. En el día del juicio, si oyeron el evangelio y lo rechazaron, no podrán decir que la invitación no fue para ellos.

Este misterio que hemos considerado ahora debe tener un efecto en nosotros. Debe hacernos profundamente agradecidos por vivir en días cuando el evangelio es anunciado a todos los hombres y todos son invitados a venir a él. Más aún, el misterio del evangelio y su proclamación a la luz de la soberanía de Dios, debe impulsarnos a llevar más fruto en nuestra predicación y testimonio a los que no han sido salvos. Los misterios pertenecen a Dios; el deber es nuestro. El mundo está lleno de preciosas almas que necesitan escuchar el evangelio del amor de Dios. ¡Que al pensar en estas cosas profundas de Dios, seamos movidos a pedirle que nos dé más del poder de su evangelio!

Cristo dijo a los fariseos que ellos no eran de su rebaño (Jn. 10:26). No obstante, cuando vio la nube del juicio de Dios cerniéndose sobre Jerusalén, no simplemente se encogió de hombros. Todo lo contrario, “al contemplar la ciudad, lloró sobre ella.” (Luc. 19:41). Nuestro deber como pueblo de Cristo es claro: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16: 15,16)


  1. EL MISTERIO DE LOS GENTILES

“El misterio . . . . que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y 

copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.” 

Efesios 3:3-6

Dios juzgó apropiado desde muy temprano en la historia del mundo hacer la nación de Israel (los judíos), diferente de todas las otras naciones. Esta importante separación comenzó con el llamado y  promesa que Dios hizo a Abraham diciendo que “serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gen 12:3). Dios dio a Israel privilegios religiosos, y otros privilegios que en esa época no fueron concedidos a otras naciones de la tierra. El apóstol Pablo resume los privilegios de Israel con estas palabras: “Quienes  son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén. “ (Rom, 9:4,5)

Dios hizo de la separación de los judíos una realidad y un deber. Ellos habrían de mantener un carácter separado y diferente, especialmente en la adoración a Dios y en la observancia de   leyes y regulaciones, estipulaciones y castigos que Dios les reveló a través de Moisés y los profetas.  En el corazón de esta separación estaba el principio extremadamente importante de que Israel  solamente adoraba al verdadero Dios y guardaba las formas de adoración divinamente ordenadas. Como  trágica consecuencia del pecado, las otras naciones habían caído en mayor o menor grado en idolatría,  paganismo e incredulidad.

El deber de Israel con Dios, derivado del pacto,  era observar Su adoración cuidadosamente, apegándose a Su voluntad revelada en las Escrituras del Antiguo Testamento. Al hacerlo así, recibían bendición de Dios pero cuando eran descuidados y desobedientes, lo que ocurría muy frecuentemente, sufrían los juicios de Dios bajo la forma de guerras, enfermedades y hambrunas, por mencionar algunas. Los libros históricos del Antiguo Testamento son un registro inspirado de las múltiples ocasiones  de caídas y   restauraciones de Israel, dependiendo de que guardaran la Ley de Dios o se deslizaran  otra vez a las prácticas de las naciones que les rodeaban.

Por lo tanto, en los tiempos del Antiguo Testamento,  la única nación de la tierra que tenía el verdadero Dios, el verdadero evangelio y la esperanza de salvación era la nación judía. Todas las otras naciones, ya fueran cultas como Grecia y Roma o incultas como la mayoría  de las demás, vivían en la obscuridad espiritual y bajo la ira de Dios. En esos días del Antiguo Testamento, sólo Israel fue favorecido entre todas las naciones de la tierra, con la verdadera religión que Dios les reveló por sus inspirados mensajeros como Moisés e Isaías.

La Escritura prueba claramente esta verdad. En el Sinaí, Dios dice a Moisés respecto de Israel: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.”  (Éx. 19:5). A esto hace eco el salmista: Porque  JAH ha escogido a Jacob para sí,a Israel por posesión suya.”  (Sal. 135:4). Otra vez, el profeta Amós dice: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra.“ (Amós 3:2). Para el mismo efecto, Jesús Cristo dice a la mujer de Samaria: “La salvación viene de los judíos.” (Jn. 4:22)

La Escritura demuestra que en los tiempos del Antiguo Testamento, sólo Israel tenía el conocimiento del Dios verdadero. Ninguna otra nación recibió el privilegio de la verdadera religión. Vivieron y perecieron en sus pecados. La única excepción fueron los hombres y mujeres gentiles quienes, de una u otra manera, conocieron al Dios verdadero al estar en contacto con judíos. Tales personas incluyen a Rahab, Ruth, Naamán y ciertos habitantes de Nínive en el tiempo de Jonás junto con los convertidos al judaísmo, a quienes llamaron “prosélitos”.

Debe entenderse que en tanto que todos los judíos tenían grandes privilegios religiosos en los días anteriores a Cristo, no todos fueron salvos. Hubo en esos tiempos, judíos que fueron convertidos y otros que no lo fueron.

Pablo lo expresa con estas palabras: “No todos los que descienden de Israel son israelitas,  ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. (Rom.9:6-8) Esta es una realidad tan importante que Pablo, en otra parte, afirma: Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón. (Rom. 2:28,29)

Necesitamos ser muy claros en este punto. En el Antiguo Testamento todos los judíos fueron muy privilegiados ya que antes de que Cristo viniera, Dios soberanamente escogió dar sólo a esa nación el verdadero camino de la adoración y salvación; pero, así como sucede hoy en otras naciones que han tenido el privilegio del evangelio, no todos creyeron. Los creyentes judíos que tuvieron la gracia salvadora vivieron y murieron justamente y fueron a la gloria. Hebreos 11 registra algunos de sus nombres.

Muchos judíos murieron en incredulidad y tristemente han ido al castigo eterno en el infierno. Que nadie piense que todos los judíos – por se judíos – fueron al cielo en los tiempos pre-cristianos. Sólo aquellos judíos que creyeron en la Palabra de Dios fueron salvos. Necesitaban nacer de nuevo del Santo Espíritu de Dios y ser justificados por la fe, de la misma manera como los creyentes del Nuevo Testamento son salvos hoy.

¿Cuál entonces es el misterio que el apóstol Pablo menciona en relación con los gentiles o no-judíos del mundo? (Ef. 3:1-6) . Es éste: Que después de la venida de Cristo, Dios abrió la puerta de salvación a todas las naciones, a gentiles y a judíos.

El gran cambio en la relación de Dios con la humanidad comenzó el día de Pentecostés cuando el Santo Espíritu vino sobre los hombres y ellos “comenzaron a hablar en varias lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hech. 2:4). Las lenguas o lenguajes son los vehículos de expresión de las diferentes naciones y tribus del mundo. Mientras que antes de Pentecostés la verdad y la salvación se asociaban con los lenguajes utilizados por los judíos, ahora todas las naciones fueron invitadas a participar en la salvación de Dios por gracia. Este maravilloso cambio en la forma como Dios se relaciona con los hombres vino como una descarga eléctrica a la multitud en Jerusalén:”¿Cómo, pues, les oímos nosotros  hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (Hech. 2:8). Aun dieron una lista  de los idiomas de las naciones en los que oyeron hablar a los apóstoles. Estos incluían evidentemente los lenguajes de algunos países al este de Judea, como egipcio, latín, griego y árabe. (Cfr. Hech. 2:9-11).

Un nuevo día amaneció para la humanidad cuando el Espíritu descendió en Pentecostés. Los apóstoles mismos no apreciaron plenamente, por un tiempo,  cuán grande e importante era este cambio. Esto es claro en la narración que tenemos de la visión dada a Pedro, de un lienzo que descendía de los cielos “ en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo.” (Hech. 10:12). Para explicar esta visión una voz vino del cielo a Pedro: “Lo que Dios limpió, no llames tú común.” (Hech. 10:15). En una palabra, hoy todas las naciones son llamadas por Dios para entrar a su Reino. Ya no está confinada la gracia de Dios sólo para los judíos o para quienes se hagan discípulos de la religión judía.

Para expresar su asombro, Pedro exclamó ante los gentiles que le escuchaban: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas,  sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia.” (Hech. 10:34,35). Como una total e irrefutable señal de que esto así era, el Santo Espíritu vino sobre los gentiles, después de que Pedro les había anunciado el evangelio:  “El Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. 
 Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.” (Hech. 10:44,45).

En la sabiduría de Dios, el apóstol Pablo fue especialmente ordenado por Él para llevar el evangelio al mundo gentil. Pablo estaba muy consciente de este llamamiento distinto. Nos dice que recibió revelación (Ef. 3:3) para comunicarle que esta tarea especial en el ministerio era llevar el evangelio de Cristo a los gentiles: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo.” (Ef. 3:8)

Probablemente es difícil para nosotros hoy, después de dos mil años de evangelización entre los gentiles, darnos cuenta de que esta apertura de la puerta de la fe a los no-judíos en el momento del Pentecostés, fue un evento inesperado en el mundo judío. Muchos judíos se resintieron ante el mero pensamiento de que la gracia de Dios se extendiera más allá de Israel. Cuando Pablo se dirigió a la alborotada multitud judía en Jerusalén para explicar su conversión y ministerio, le escucharon hasta que explicó su sentido de llamamiento divino para predicar a los gentiles. En ese momento la multitud se amotinó: “ Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva. (Hech. 22:22). Lamentablemente, los judíos en esa ocasión fueron renuentes a admitir  a ninguna otra nación en las bendiciones del pacto.

A lo  que los judíos del tiempo de Pablo fueron ciegos y pasaron por alto,  es  que en varias Escrituras del Antiguo testamento Dios había establecido que un día los gentiles serian bendecidos en Cristo. Por ejemplo, Dios dijo a Abraham: “En ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gen. 12:3). Los Salmos se refieren en muchos de ellos a la extensión del evangelio. Salmo 22:27 dice: “Se volverán a Jehová todos los confines de la tierra.” En otro salmo leemos: “Dominará de mar a mar” (72:8). Isaías declara: “Él traerá justicia a las naciones.” (42:1). En verdad, Isaías profetisa que los judíos serán echados fuera y que los gentiles serán llamados. Es con este solemne mensaje que Isaías termina su profecía (Ver Isaías 66); sin embargo, estas profecías no fueron apreciadas por el grueso de la nación judía en el tiempo de Cristo y de los apóstoles. Los judíos exclusivistas han cerrado sus ojos al glorioso hecho de que un día el Mundo de Dios se extenderá a todas las naciones. Este día de gracia para los gentiles amaneció en Pentecostés.

El “misterio de los gentiles” es entonces, este maravilloso acto de Dios quien desde el Pentecostés, ha abierto la puerta de gracia a todas las naciones. Al mismo tiempo, tristemente, los judíos se endurecieron. Rechazaron a Jesús como su Mesías poniéndose a sí mismos bajo la ira de Dios. Durante los pasados dos mil años ellos han estado cortados de la gracia salvadora de Dios. Como Pablo dice: “Por su incredulidad fueron cortados” (Rom. 11:20). Como Pablo lo enseña con claridad, el día vendrá cuando Israel será traído de nuevo a la iglesia. Mientras tanto, ellos están en un estado de exclusión por su incredulidad.

¿Cuánto durará este tiempo de exclusión? Cristo explica este asunto así: “Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.” (Luc. 21:24). En algún momento en el futuro Dios bendecirá nuevamente a Israel como nación. Los judíos serán favorecidos con un avivamiento espiritual que pondrá fin a su apostasía. Pablo hizo la siguiente profecía: “ Ha acontecido a Israel endurecimiento (ceguera) en parte , hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.” (Rom. 11:25)

Mientras tanto nuestro deber como creyentes gentiles es amar a los judíos y mostrarles amabilidad. Más aun, debemos orar diariamente por que Dios apresure el tiempo de su enjertación (Rom. 11:23) a la iglesia de Cristo. Como gentiles nunca debemos perder de vista el hecho de que Israel perdió el favor de Dios por su rechazo a Cristo y a Su evangelio. Su incredulidad es una advertencia para nosotros hoy. “No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará.” (Rom. 11:20,21). Esta admonición apostólica es ciertamente relevante para las iglesias gentiles de hoy.

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, April 2015


10. EL MISTERIO DE ISRAEL

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles y luego todo Israel será salvo.” Rom. 11:25,26

El misterio revelado en Romanos 11:25 es que el pueblo judío, que ha sido ciego al evangelio de Cristo desde hace dos mil años, un día será nuevamente incorporado a la iglesia. Esto será el resultado de un avivamiento. El Libertador abrirá sus ojos para permitirles reconocer a Jesús Cristo como su Mesías. Este Libertador es el Espíritu Santo quien, como dice Pablo citando a Isaías, iluminará la verdad del evangelio a la nación judía (Isa. 59:20,21). Es un avivamiento religioso que cumplirá la promesa del Pacto divino de ser el Dios de ellos y de su simiente para siempre. (Jer. 31:35,37)

El llamamiento a los gentiles fue un misterio hace dos mil años y tomó a los judíos por sorpresa. Ellos tropezaron en Cristo y cayeron en la incredulidad. Pero no serán dejados en esa condición para siempre. Pablo explica estos dos puntos claramente en Romanos 11. Los judíos se apartaron de Dios después de la venida de Cristo y la causa fue su incredulidad: “Por su incredulidad fueron desgajados” (v. 20). Pero no hemos de suponer que Israel ha caído en apostasía para siempre. ”Y aun ellos – argumenta Pablo – si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar.” (v. 23).

Pablo establece claramente dos cosas en este interesantísimo capítulo. Primero, los gentiles han sido traídos a la iglesia de Dios en estos tiempos del Nuevo Testamento, y los judíos por un tiempo han sido excluíos por su incredulidad. En segundo lugar, los judíos serán traídos nuevamente a la iglesia en el futuro y disfrutarán las bendiciones del evangelio.

El apóstol usa una ilustración en Romanos 11. Él compara a la iglesia de Dios con un olivo cultivado (vv. 16-24) y al mundo gentil con un olivo silvestre (v.24): El pueblo judío, descendiendo de Abraham y de otros patriarcas, mantiene una relación especial con Dios. Ellos son las “ramas naturales” (v.24), en tanto que el mundo gentil, que no desciende de los santos del Antiguo Testamento, es un “olivo silvestre”. (v.17)

Cuando los gentiles vienen a la fe en Cristo, como lo han hecho durante los últimos dos mil años a partir del Pentecostés, son comparados con ramas cortadas de olivo silvestre y que han sido injertadas en el olivo cultivado (v.17). Por otra parte, cuando las personas judías rechazan el evangelio de Cristo, como la mayoría lo ha hecho en la era cristiana, se consideran como “ramas desgajadas.” (vv. 19,20).

El árbol es la iglesia. Está viva y creciendo. En el tiempo de Abraham era sólo una raíz. En la época del Antiguo Testamento las ramas fueron casi exclusivamente judías. Muy pocos gentiles fueron salvos antes de que Cristo viniera. En Pentecostés ocurrió un cambio muy dramático: Dios se volvió a los gentiles y por mucho tiempo dio su espalda a los judíos (Hechos 28:24-28). Este fue un juicio divino contra ellos por haber rechazado a Cristo. Dios les dio lo que pidieron cuando gritaron en contra de Cristo “¡Que su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mat. 27:25). Desde el Pentecostés Dios ha estado injertando a Su iglesia, gentiles de todas las naciones.

No debemos perder el punto que Pablo declara en este capítulo “y luego todo Israel será salvo” Rom 11:26. No está diciéndonos simplemente que todos los elegidos de Dios serán salvos, tan verdadero y alentador como esto es; más bien Pablo está explicando aquí el misterio a que se ha referido: que los judíos como un cuerpo serán traídos nuevamente a la iglesia en un momento en el futuro. La prueba de que esta es su intención se evidencia en el lenguaje que usa: “Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar.” (Rom. 11:23)

La dificultad para interpretar las palabras de Pablo en Romanos 11, se desvanece al enfocar nuestra atención en estas palabras: “poderoso es Dios para volverlos a injertar.” (v.23). Estas palabras son clave para reconocer el misterio de Romanos 11. “Volverlos a injertar” implica tres cosas: (1) Estaban injertados durante un tiempo; (2) no lo están ahora; (3) pueden ser injertados nuevamente por el poder de Dios. Solamente un pueblo de la tierra cumple con esta condición – los judíos, quienes fueron el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento pero cayeron en la apostasía por su rechazo a Cristo y han estado, con

excepción de unos pocos en cada época, fuera de la iglesia de Cristo desde el tiempo de los apóstoles. Por lo tanto, el misterio es que en un momento en el futuro serán espiritualmente reavivados e incorporados a la iglesia. Por ahora, es triste decirlo, están en una condición de incredulidad.

Una clave nos ha sido dada para entender el plan de gracia de Dios para la salvación de la humanidad. Está en tres etapas: (1) en el Antiguo Testamento, los judíos fueron salvos, aunque muy pocos gentiles; (2) en esta época y desde el Pentecostés, son los gentiles quienes de manera preponderante son salvos, y muy pocos judíos; (3) y finalmente, antes de que el tiempo termine, tanto judíos como gentiles serán salvos.

Parece ser muy claro que Cristo alude a este aspecto del plan de salvación de Dios, cuando dice: “Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.” (Luc. 21:24). La expresión “los tiempos de los gentiles” debe entenderse como una referencia al segundo período de la salvación de Dios para la humanidad. En otras palabras, un tiempo de gracia está por venir en la providencia de Dios, cuando Él no dará su gracia principalmente a los gentiles. Cuando ese día llegue, “los tiempos de los gentiles” se habrán cumplido y Dios abrirá nuevamente la puerta de la fe a Israel.

Grandes cantidades de judíos entenderán entonces que Jesús es su Mesías. El profeta Zacarías seguramente se refiere a este bendito día cuando declara en el nombre de Cristo: “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito. . . En aquel tiempo habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia. (Zac. 12:10; 13:1). Cuando esto suceda, judíos en todas partes del mundo reconocerán a Cristo, por fe en el evangelio. Ellos llorarán y lamentarán profundamente que sus padres hayan sido tan ciegos que no reconocieron a Cristo como su Mesías, cuando vino por primera vez. Encontrarán perdón en la sangre que Cristo derramó por los pecadores – por los judíos y por las otras naciones. El profeta describe este avivamiento en un lenguaje muy conmovedor: “En aquél día habrá gran llanto en Jerusalén” (Zac. 12:11).

El Señor Jesús también se refiere ciertamente a esta restauración de Israel cuando hablando de la nación judía dice: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.” (Mat. 23:38.39). En otras palabras, nuestro Señor está anunciando que el Santo Espíritu les será retirado a causa de su incredulidad, y como consecuencia, estarán espiritualmente muertos. Pero esto no durará para siempre. Un día vendrá cuando el Espíritu de luz será restaurado en ellos por gracia. En ese día, bendecirán a Dios porque nuevamente les habrá visitado. El Espíritu que les sobrevendrá les capacitará para ver a Cristo en sus propias Escrituras, al Cristo que no han podido ver en todos estos años.

Desde hace mucho tiempo Dios reveló a los judíos lo concerniente a Cristo y a la crucifixión (por ejemplo, Isa. 53; Salmos 22 y 69; Zac. 13:7), pero ellos no han entendido sus propias Escrituras porque un velo está puesto sobre sus ojos. La futura restauración de Israel por el Espíritu, abrirá sus ojos para ver a Cristo con claridad. El apóstol Pablo informa en otra de sus epístolas, que ese velo será removido un día: “Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. 
Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. 
Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.” (2 Cor. 3:14-16).

Por lo tanto, todas estas Escrituras arrojan luz sobre el misterio respecto a la futura restauración de Israel y a su re-injertación en la iglesia de Dios. ¿Qué efecto tendrá esto en los gentiles? Tendrá el maravilloso efecto de reavivarles, trayendo así aun mayores bendiciones a la humanidad, como Pablo dice: “Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración? “ (Rom. 11:12). Y nuevamente dice: “Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los muertos? “ (Rom. 11:15)

¡Que Dios apresure este bendito día en el cual los judíos y gentiles disfrutaremos esta “vida de entre los muertos!”


11. EL MISTERIO DE LA INIQUIDAD

“Ya está en acción el misterio de la iniquidad.”

2 Tesalonicenses 2:7

“El misterio de la iniquidad” ha sido revelado a los cristianos como una advertencia para estar en guardia en contra del error y la superstición. Dios es Dios de verdad. Él requiere que le adoremos “en espíritu y en verdad.” (Jn. 4:23). Él nos ha revelado la verdad en la Sagrada Escritura y nos ha dado la advertencia de que “. . si . . . un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado – el revelado a través de la Biblia – sea anatema.” (Gal. 1:8). El efecto de la verdad es iluminar la mente y santificar el alma. El efecto de los errores en doctrina y en práctica es cegar a los hombres para que caigan en el hoyo del infierno. (Mat. 15:14).

Dios nos revela el misterio de la iniquidad para que estemos alerta de una muy seria y peligrosa forma de error que debemos esperar que encontraremos en esta vida. El hecho de que Dios nos ponga así sobre advertencia, nos recuerda que tenemos enemigos muy sutiles y peligrosos, enemigos que si pudieran, nos arrastrarían a la perdición eterna.

Para interpretar correctamente el misterio de la iniquidad, es esencial que tengamos a la vista las palabras exactas del apóstol Pablo en 2 de Tesalonicenses 2:1-12:

“Pero con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca.

Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.

¿No os acordáis que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto? Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.

Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.”

En una lectura a primera vista del pasaje se aprecia que se refiere a una fuerza perversa de enorme maldad. No es una persona común quien “se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto.” Es obvio que este misterio de iniquidad se refiere a una figura de arrogancia extrema pues “ se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.” (v.4). Diariamente nos enfrentamos con el pecado por todas partes en esta vida, pero la figura maligna de la cual nos habla este misterio, es claramente una persona extremadamente perversa porque su “advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos.” (v.9).

Para identificar este misterio de iniquidad, necesitamos considerar la pista que nos da Pablo: “Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste.” (v.6). Esta afirmación significa que el misterio no se había hecho visible aun. Había un poder en acción en tiempos de Pablo que estaba deteniendo al misterio; sin embargo, cuando este poder que le retenía fuera “quitado de en medio” (v.7), el misterio sería visible para todos.

No hay duda sobre qué poder era el que retenía al inicuo en tiempo de Pablo: El Imperio Romano. En tanto que existiera el gran poder civil de Roma, no sería posible que el misterio de la iniquidad emergiera.

Es importante que sepamos que los eruditos escritores cristianos de la iglesia primitiva identificaron este poder restrictivo con el Imperio Romano. Estos padres de la iglesia fueron Tertuliano e Ireneo, quienes vivieron en el siguiente siglo al que vivió Pablo.

Ya que fue tan importante la identificación de la Roma pagana como la fuerza que detenía al inicuo, debemos saber que otros padres de la iglesia de siglos posteriores tuvieron el mismo punto de vista. Estas palabras del erudito Jerónimo, quien tradujo las Escrituras al latín – la Vulgata – son muy significativas: “Por consiguiente, decimos con base en lo que los escritores inspirados nos han enseñado, que cuando Roma fuera destruida, se manifestaría el Hombre de Pecado, el Hijo de Perdición, quien se atrevería a “sentarse en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.” (Comentario sobre Daniel 7,3:1101). ¿Por qué Pablo no simplemente dijo que el poder que contenía al inicuo era el Imperio Romano? La respuesta es que las autoridades romanas lo verían con suma irritación. Se pensaba que el Imperio Romano sería eterno, imaginaban que Roma duraría por siempre. Si Pablo hubiera dicho que Roma un día vería su fin, hubiera acarreado persecución innecesaria a los primeros cristianos por parte de las autoridades civiles romanas. Entonces Pablo utiliza un lenguaje muy precavido cuando se refiere a al fin del Imperio Romano.

¿Quién es entonces el hombre de pecado a que Pablo se refiere? La respuesta debe considerar muchos elementos importantes que Pablo revela proféticamente en esta epístola:

1) Habrá apostasía en la iglesia cristiana (v.3)

2) Este hombre de pecado es un rival del Dios Altísimo. (v.4)

3) Este fenómeno de maldad existirá durante cientos de años hasta la segunda venida de Cristo. (v.8)

4) Tendrá el poder de hacer milagros, verdaderos y falsos. (v.9)

5) Su venida será un juicio sobre aquellos que no amen el verdadero evangelio de Dios. (v.10)

6) Representa una versión espuria y engañosa de la religión de Dios. (v.11)

7) Todos los que crean sus mentiras perderán sus almas. (v.12)

Lo que Pablo dice aquí nos lleva a trazar algunas líneas para identificar este misterio de iniquidad. Primero, el hombre de pecado no introducirá algo que obviamente sea una religión no-cristiana; más bien, será el promotor de una forma pervertida de la religión cristiana. Hará reclamaciones pasmosas y blasfemas para sí mismo, haciéndose pasar por Dios. (v.4) No será un individuo en sí, más bien una serie de hombres pretendiendo ser cabezas de la iglesia de Cristo. Su llamado será para los pseudo-cristianos, aquellos que no aman las verdades del Cristianismo. Finalmente, comenzará a mostrase en la historia cuando el Imperio Romano haya colapsado.

¿Cómo entonces a la luz de lo anterior, podemos llegar a conclusiones respecto a quién es este hombre de pecado? Tengamos presentes los siguientes hechos históricos. La ciudad de Roma fue saqueada por Alarico, rey de los visigodos en el año 410. El último emperador romano occidental fue Rómulo Augusto, quien murió en 476. El Imperio Romano de Occidente fue entonces totalmente extinguido y el gobierno de Italia fue tomado por el rey bárbaro Odoacer, quien reinó hasta 490 de nuestra era. La escena ya estaba lista entonces para que apareciera el hombre de iniquidad. Ya no existía más el poder que le había detenido. ¿Quién entonces surgió con las pretensiones y reclamos que Pablo profetizó?

Sólo puede haber una respuesta: El papado. A lo largo de los siglos, los papas de Roma han exigido para ellos prerrogativas de extraordinaria importancia tanto en la iglesia de Cristo como en los asuntos de la humanidad. Alrededor del año 600, el obispo de Roma comenzó a reclamar ser el obispo universal de toda la iglesia Cristiana. Al paso del tiempo, los papas demandaron más y mayor poder. Fue este hecho el que llevó a Wycliffe, Lutero, Calvino y a los teólogos de Westminster a interpretar este pasaje de la Escritura como una profecía de la manifestación y escalada del Anti-Cristo.

Es importante notar que cuando nuestros ancestros protestantes describieron al papado como el Anti-Cristo, no cayeron en la debilidad de quienes critican a sus adversarios con lenguaje abusivo. Su identificación de los papas como aquellos individuos que literalmente cumplen la profecía del apóstol en 2 Tes. 2:1-12, tiene el completo soporte de la historia. Más aun, los reclamos papales que a los largo de los siglos han sido más y más grandes, justifican la identificación que los protestantes hacemos del papado

como el misterio de la iniquidad, incluyendo inevitablemente al sistema religioso Católico Romano bajo la misma etiqueta.

La historia de los papas muestra perfectamente que sus pretensiones y reclamos exceden sobremanera lo que es propio hacer a un mero ser humano. Mientras que el apóstol Pedro se describe simplemente a sí mismo como “un sirviente y apóstol de Jesucristo (2 Ped.1:1) y “como un aciano y testigo de los sufrimientos de Cristo” (1 Ped. 5:1), los papas demandan autoridad sobrehumana y permiten que se dirijan a ellos con este tipo de lenguaje: “Recibe la tiara adornada con tres coronas y sabe que tú eres Padre de príncipes y reyes, Regidor del mundo, Vicario de nuestro Salvador Jesús Cristo.” (Durante la coronación de un papa, se coloca una tiara en su cabeza, acompañando el ritual con estas palabras, como lo citan Paul Hutchinson y Winifred E. Garrison en “20 Centuries of Christianity” – New York: Harcourt, Brace, 1959 p. 120)

Una detallada descripción del dogma Católico Romano, de la adoración a María y de la persecución del pueblo de Dios a través de los siglos, está fuera de nuestro enfoque en este momento. Pero suficiente se ha dicho hasta aquí para recordarnos que no debemos, como algunos en nuestros días quieren hacer, tratar con ligereza la malignidad de la religión papal.


12. EL MISTERIO DE LAS ÚLTIMAS COSAS

“En los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas..”

Revelación 10:7

Como hemos visto, un misterio es un evento en los propósitos de Dios del cual no podemos saber a menos que Dios por su gracia nos lo haya revelado en la Biblia. La historia del mundo terminará con cuatro grandes misterios , los cuales haremos bien en estudiar y tratar de entender en la medida en que la Biblia nos habla de ellos. Estos misterios son la resurrección de la carne, el día del juicio, el cielo y el infierno. Cuando la historia termine – y ciertamente terminará – con estos cuatro grandes eventos, se cumplirá el plan de Dios para sus criaturas. El misterio de Dios habrá terminado.

Antes de explicar estas cuatro últimas cosas necesitamos recordar lo que precede a todos ellos: La muerte física. Hay tres formas de muerte: La muerte física, la muerte espiritual y la muerte eterna. La característica común a estas tres es la separación. En la muerte física o temporal, el alma se separa del cuerpo en el cual habitó aquí en la tierra. El cuerpo regresa al polvo, del cual fue originalmente tomado cuando Dios creó al hombre (Gen. 2:7). En el momento de la muerte física el alma (o espíritu del hombre), entra de inmediato en la eternidad. En la muerte espiritual, la cual es la condición de todo pecador en esta tierra antes de su nuevo nacimiento, el alma está en un estado de separación de Dios, por lo que está muerta a las verdades reveladas en la Biblia. En la muerte eterna, que tendrá lugar en la experiencia de todos los no creyentes después del juicio, el cuerpo y el alma serán separados de Dios eternamente.

En este discurso trataremos de la muerte temporal, esto es, cuando Dios llama al alma de los hombres y mujeres a dejar esta vida para comparecer ante Él en la eternidad, más allá de este mundo. Todos, excepto Enoc, Elías y aquellos que estén vivos cuando Cristo regrese a la tierra, sufrirán esta muerte física. La condición del alma del hombre en el momento de su muerte determinará si ésta entra en un estado de felicidad o de miseria. Nos referimos al estado intermedio, en el cual el ama está separada del cuerpo.

Las almas de los creyentes en este estado intermedio son inmediatamente santificadas y encuentran la felicidad. Están más allá del pecado, el dolor y el temor. Están con Cristo, “lo cual es mucho mejor” (Fil 1:23); sin embargo, aunque el alma es perfectamente bendita, está incompleta pues aun espera su cuerpo. Cristo por su muerte compró el alma y el cuerpo de su pueblo. Por consiguiente, en el estado intermedio, el creyente vive en felicidad con Cristo pero aguarda el sonido de la trompeta, cuando su cuerpo le será restaurado.

La condición del alma del incrédulo en la muerte es – ¡ay de él! – de miseria y profundo sufrimiento. Estará sujeto a los juicios de Dios por todos los pecados que cometió en la tierra. Junto con esta agonía se dará cuenta con terror de que no hay para él ninguna esperanza de salvación. Sus tormentos continuarán hasta el fin del mundo, cuando su cuerpo sea levantado en la resurrección general. Después de esto experimentará tanto en su cuerpo como en su alma la ira y maldición de Dios eternamente en el fuego del infierno. Este es sin duda un asunto muy serio del cual a Biblia habla clara y frecuentemente.

Nadie menciona este imponente tema con tanta frecuencia como Jesús Cristo mismo, quien vino a salvarnos de tal horrenda eternidad. Hablando desde su amor por nosotros, nos advierte sobre este lugar de castigo a fin de que acudamos a Cristo para obtener perdón y limpieza. En el capítulo 13 abordaremos el tema de la resurrección del cuerpo, por ahora enfoquémonos en el día del juicio.

Una de las tristes insensateces de la humanidad es que, aun cuando la Biblia habla frecuentemente de este día de juicio, pocos toman los pasos necesarios para prepararse. Este hecho es en sí mismo una evidencia mayor de la divina inspiración de la Biblia ya que nuestro Salvador nos dice que cuando el último día llegue, los hombres estarán absoluta y enteramente impreparados : “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en

casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos.” (Luc. 17:26-27) Cristo dice que este fue el caso de la orgullosa y atea Sodoma, la cual fue consumida “con fuego y azufre” desde el cielo (Luc. 17:29). Nuestro Señor aplica esto a cómo será la sociedad en el fin del mundo: “Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste.” (Luc. 17:30). El mensaje es claro: ¡Oigan la advertencia! ¡Estén preparados! Pero . . . pocos escuchan.

El día del juicio ha sido establecido por Dios por razones muy buenas y necesarias. En esta vida Dios ha dejado muchas cosas sin terminar. Hombres buenos mueren frecuentemente bajo una nube de acusaciones falsas que muchos deciden creer. Por otra parte, hay hombres malvados e hipócritas que mueren con reputación de héroes. Los injustos son alabados en tanto que los justos son agraviados. Es posible que quienes aman y sirven a Dios mueran en la obscuridad, desconocidos y sin reconocimiento alguno. Los impíos suelen ir al sepulcro con una reputación honorable por generaciones.

Todas esas injusticias deben terminar. La justicia de Dios requiere que en el gran día del juicio cada persona sea mostrada públicamente ante el universo entero para ser reconocida como lo que realmente es ante los ojos de Dios. Entonces, en aquél día habrá una resurrección de reputaciones y de cuerpos. El juicio de Dios sobre cada hombre y mujer se hará pública en aquel gran día.

El Juez será el Señor Jesús Cristo mismo. Toda la autoridad ha sido dada por Dios a su Hijo, el Dios-hombre (Jn. 5:17). Esto es lo más apropiado. Cristo ha sido rechazado por el mundo; Él finalmente juzgará al mundo. El es Dios y es perfectamente justo y preciso en su evaluación de los hombres, de sus motivaciones y acciones. Él es humano también. Nadie podrá acusar a Cristo de desconocer las aflicciones y tribulaciones de este mundo. Como los demás, Cristo ha pasado por esta vida y sabe qué mundo tan difícil es éste. El Señor Jesús es el juez perfecto e ideal. Ningún hombre podrá apelar sus sentencias. ”Toda boca será cerrada” (Rom. 3:19), y todo el mundo sabrá que merece la sentencia que Jesús Cristo dicte para cada persona en lo individual.

Sólo habrá dos tipos de veredictos. Los justos serán bienvenidos a la gloria y al cielo. Todos sus pecados, serán perdonados por la obra de Cristo. A los injustos se les ordenará apartase de Cristo, pues habiendo sido condenados por sus pecados entrarán “al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (Mat. 25:41).

La justicia de los justos en aquél día será la justicia de Cristo, imputada a ellos en el momento en que creyeron a Su evangelio. Todos los pecados de los justos son perdonados porque fueron lavados y emblanquecidos en la sangre de Cristo. Su recompensa será en proporción a las obras de servicio y amor por Cristo realizadas en esta vida.

La culpa de los malvados incluirá no sólo sus actos de desobediencia a la voluntad revelada de Dios, sino que también sus actos de omisión, al no mostrar amor en esta vida sirviendo al amado pueblo de Dios en tiempo de necesidad. (Mat. 25:42-45). El grado de castigo será de acuerdo a la medida del mal que cada impío haya hecho en su vida.

Adicionalmente, el Juez tomará en cuenta el grado de conocimiento religioso que cada uno haya tenido en esta vida. Los que pecaron teniendo una mayor luz “recibirán muchos azotes”, y el que pecó habiendo recibido menos luz, “será azotado poco.” (Luc. 12:47-48). De ahí que en ese día el juicio “será más tolerable para Sodoma” (Mat. 11:24) que para aquellos que han vivido en lugares donde hay Biblias, iglesia y abundancia de libros cristianos.

Al día del juicio seguirá un estado final: Cielo o infierno. Cristo renovará el universo por Su poder y habrá entonces “ nuevos cielos y nueva tierra donde more la justicia” (2 Pedro 3:13). No existirá más un estado de prueba como en el mundo actual. Cuando el día del juicio haya pasado, cada uno de nosotros tendrá una forma de ser, bueno o malo, la cual no cambiará jamás: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.” (Rev. 22:11) No habrá purgatorio. El evangelio no dice más. Este es el momento de reflexión para todo hombre y mujer. La lección más obvia y supremamente importante de este misterio es: ”Arrepiéntanse y crean en el evangelio.” (Marcos 1:15)


13. EL MISTERIO DE LA RESURRECCIÓN

“He aquí os revelo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados.”

I Corintios 15:51

Las palabras de este famoso texto se refieren al misterio del acto de glorificación que tendrá lugar cuando el mundo termine. Es algo que jamás podríamos haber sabido si Dios no nos lo hubiera revelado en su Palabra por su gracia. Este acto de glorificación ocurrirá en el cuerpo de cada cristiano al fin del mundo. La maravillosa expectativa dada aquí a los creyentes es que cuando llegue eventualmente el último día, el cuerpo en el que vivimos hoy será divinamente trasformado y no será más como lo conocemos ahora, sino que será nuevo y superior.

La condición y semblante del cuerpo pueden cambiar de diferentes maneras. Al acumular más años nuestros cuerpos sufren alteraciones visibles. Podemos pensar que este es el proceso normal de envejecimiento. A los setenta años no nos vemos tan atractivos como a los veinte. Nuestro cuerpo va perdiendo su belleza y esplendor. La razón es que siendo pecadores, la muerte va poco a poco mostrando sus efectos en nuestros cuerpos.

Cuando muramos, nuestros cuerpos se corromperán y volverán al polvo. Esto cumple la sentencia del juicio de Dios sobre Adán después de haber pecado: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen. 3:19). En el estado de muerte el cuerpo se desintegra convirtiéndose sólo en un polvo. Así ha sido a lo largo de la historia y así seguirá sucediendo hasta el final de los tiempos.

La única excepción es el cuerpo humano de Cristo, quien nunca pecó. El cuerpo humano de Cristo en la tumba nunca vio corrupción. Este fue un favor único concedido a Él por Dios el Padre como parte de la recompensa por su obediencia a la voluntad del Padre. Esto lo sabemos así precisamente por la Escritura (Sal.16:10; Hech. 2:27).

Por consiguiente, cuando un creyente muere su alma va de inmediato a la presencia de Dios. Es perfeccionada instantáneamente en santidad y encuentra el pleno gozo en la presencia del Señor; pero no permanecerá por siempre en esta condición. Cristo con su muerte no sólo compró la salvación de nuestras almas, Él obtuvo también la redención de nuestros cuerpos . Por esto, cuando llegue el día final las almas y cuerpos de los creyentes se reunirán. Si somos cristianos, resucitaremos de la muerte en gloria, perfectos en alma y cuerpo.

Pero ¿qué sucederá en el último día con los creyentes que aun estén vivos? Ellos, al igual que los cristianos que ya hayan muerto, serán transformados. Sus cuerpos y sus almas serán perfeccionados en el mismo instante. Así, todos los cristianos que hayan muerto serán resucitados y hechos idóneos para el cielo y exactamente al mismo tiempo, todos los cristianos que estén vivos serán glorificados en un acto de Dios.

Dios nos ha revelado que estos acontecimientos tendrán un orden particular: Los cristianos que hayan muerto resucitarán en el último día y serán los primeros en ascender para encontrase con Cristo. Después, los cristianos que no hayan muerto, transformados instantáneamente en el regreso de Cristo, “serán arrebatados “junto con los creyentes resucitados. (I Tes 4:17). De esta manera, ambos grupos de cristianos, los resucitados y los que nunca murieron, serán “arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire” (I Tes. 4:17). Evidentemente, los creyentes que hayan experimentado la muerte tendrán prioridad en el encuentro con el Señor en aquél gran día.

Pudiera plantearse la siguiente pregunta: ¿Por qué es necesario que nuestros cuerpos sean transformados? ¿no podríamos entrar al cielo con nuestros cuerpos tal y como son? La respuesta es que no. Nuestros cuerpos actuales fueron diseñados para vivir en esta tierra. El cuerpo de Adán era terrenal (I Cor 15:45) y el nuestro también. Adán fue creado como un alma viviente (I Cor. 15:45). La necesidad de ser cambiados surge del hecho de que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios” (I Cor. 15:50) Para vivir en el cielo, nuestros cuerpos deben pasar por un cambio.

El cambio requerido por nuestros cuerpos producirá la transformación de los cuerpos terrenales en celestiales (I Cor. 15:48). Daniel habla en el Nombre de Dios de esto en su profecía que “los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y . . . como estrellas a perpetuidad.” (Dan 12:3). De manera similar, el Señor Jesús declara que “los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre.” (Mat.13:43). Nuestros cuerpos actuales fueron hechos según el modelo del primer Adán, pero nuestros cuerpos futuros seguirán el patrón del cuerpo de Cristo, el último Adán. (I Cor 15:45-47). En este mundo tenemos un cuerpo natural pero en la gloria tendremos un cuerpo espiritual. (I Cor 15:46)

Hay preguntas obvias que surgen en nuestra mente al considerar las implicaciones de este misterio. ¿Qué clase de cambios sufrirán nuestros cuerpos? ¿Qué parecido tendrán nuestros cuerpos actuales con los que tendremos como creyentes en la resurrección? Hay aspectos que Dios no nos ha revelado sobre este asunto, pero lo que sí sabemos ahora es maravilloso y eleva nuestros corazones en adoración a Dios por su gran bondad.

Nuestro cuerpo actual tiene una relación respecto del cuerpo futuro, como la que la semilla tiene con la planta madura. Nuestro cuerpo terrenal es sembrado en la tierra como la semilla, pero lo que surge finalmente es más grande y maravilloso (I Cor. 15: 37, 38). En cuanto a las transformaciones que tendrán nuestros cuerpos en la resurrección, aprendemos que habrá muchos cambios significativos como lo menciona Pablo. Primero, que “se siembra – se entierra – en corrupción y resucitará en incorrupción.” Un segundo aspecto del cambio es este: “Se siembra en deshonra; resucitará en gloria.” (I Cor 15:43) Al ser sepultado, el cuerpo está en un estado penoso pero será glorioso cuando resucite al final. Un tercer cambio es que “se siembra en debilidad; resucitará en poder.” Un cuerpo muerto no tiene fuerza para hacer nada, pero en la resurrección el cuerpo glorificado tendrá energía para levantarse y encontrar al Señor en el aire para alabarle eternamente. Verdaderamente, el cuerpo resucitado será perfectamente capaz de glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre. Finalmente, una importantísima transformación será esta: “Se siembra cuerpo animal; resucitará cuerpo espiritual” (v.44) Con la expresión “cuerpo espiritual” Pablo quiere que entendamos que el cuerpo resucitado será perfectamente adecuado en todos sentidos para la vida eterna en el cielo, así como el cuerpo terrenal lo es para vivir en la tierra.

Al hablar sobre estas transformaciones de nuestro cuerpo en el día final, el apóstol Pablo enseña claramente que el cuerpo que tenemos ahora será uno y el mismo que tendremos en los cielos. La oruga y la mariposa es la misma criatura pero en diferentes estados de desarrollo. Así será con nuestros cuerpos presentes y futuros. Tendrán la misma identidad pero el aspecto y poderes que Dios les dará, serán grandiosos y superiores cuando Dios en su misericordia nos resucite en el último día.

¿Habrá diferentes grados de recompensas en los cielos? Sí, ciertamente. Unas serán mayores que otras. La parábola de Cristo de las minas enseña que habrá diferentes grados de gloria en el cielo. Unos recibirán mayor recompensa que otros. En las palabras de la parábola, algunos recibirán “diez ciudades”, algunos “cinco ciudades”, etc. (Luc. 19:17-19).

El gran cambio que ocurrirá a nuestros cuerpos será instantáneo. La famosa descripción de Pablo es “en un instante, en un abrir y cerrar de ojos.” En un momento dado, los cuerpos de aquellos que pertenecen a Cristo y que estén muertos serán sólo polvo, pero en el instante siguiente estarán vivos y brillando como los ángeles de Dios.

Esta misterio del Nuevo Testamento debe llenar de consuelo y esperanza a los cristianos. Podemos decir con Pablo “¿Dónde está oh muerte tu aguijón? ¿dónde oh sepulcro tu victoria?” (v.55). El verdadero cristiano obtendrá al final la victoria sobre la muerte y el sepulcro. Entonces, debemos tratar de vivir totalmente para Dios en esta vida y esforzarnos en “hacernos tesoros en el cielo” (Mat 6:20).

Pero ¿estas verdades son también para el incrédulo? No lo son ¡Ay de ellos! Los malvados se levantarán de sus tumbas “para vergüenza y confusión perpetua” (Dan 12:2). El incrédulo debe entonces arrepentirse y venir a Cristo en fe. Dios está presto a perdonar a todo aquél que le busca.


14. CUANDO TODOS LOS MISTERIOS TERMINEN

“Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara: Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido..”

I Corintios 13:12

Muchos de los misterios de Dios son solamente para esta vida. En los cielos, finalmente el pueblo de Dios verá todas las cosas con claridad. Los misterios, que ahora entendemos sólo en parte, serán explicados totalmente en los cielos. Las doctrinas que en esta vida conocemos de manera imperfecta, en la gloria serán para nosotros claras como el día.

Esta promesa de que los misterios serán revelados está en la Escritura, para que añoremos morar en el hogar celestial con Cristo, cuando todo aquello que ahora nos deja perplejos será explicado con claridad . En esta vida fuimos enseñados a vivir y a andar por fe, pero a partir del momento en el que el creyente entre en el cielo, vivirá por vista. Aunque nuestro conocimiento de Cristo mismo es muy limitado en esta vida, el “espejo” (I Cor. 13:12) en el que vemos a Cristo en la Biblia es infalible y suficiente para el pueblo de Dios en este mundo. La Biblia es una “antorcha que alumbra en lugar obscuro hasta que el día esclarezca.” (2 Pedro. 1:19). La Biblia es perfectamente suficiente para esta vida pero, mucho más nos será revelado en la gloria. Aquí vemos a Cristo “atisbando por las celosías” (Cantares 2:9), pero en el cielo le veremos en su trascendente gloria. Ningún misterio oscurecerá entonces el resplandor de Su persona ni su amor por los creyentes. Dios guarda el mejor vino hasta el final.

El creyente disfruta de muchas bendiciones de la mano de Dios aquí y ahora en esta vida, pero las bendiciones reservadas en los cielos para todos los que confían en Cristo, serán mucho mejores. El “día de la muerte” será para todo cristiano “mejor que el día de su nacimiento” (Ecl. 7:1). Estar con Cristo será mucho mejor que la espera de estar con Él, que es lo que hacemos ahora. Disfrutar su amor en la plenitud del cielo será mucho mejor que probarlo modestamente en esta vida. Verle en su trono será mucho mejor que vislumbrarle, como lo hacemos a través de los medios de gracia: La palabra, los sacramentos, la oración y la comunión divina.

El fin del camino será para el creyente mucho mejor de lo que fue el camino mismo. Aquí, al caminar en el desierto hacia la ciudad de Sion, estamos en medio de enemigos visibles e invisibles. Sentimos con frecuencia que éste es un mundo hostil, decimos en nuestra alma: “no es éste el lugar de reposo, pues está contaminado, corrompido grandemente.” (Miq. 2:10). Dios nos hizo para Sí mismo y nosotros no podemos, si somos Sus hijos, sentirnos satisfechos hasta que le veamos en plenitud. Esto será posible al final del camino: “Tus ojos verán al Rey en su hermosura y verán la tierra que está lejos”. (Isa 33:17)

La niñez es muy buena, pero la madurez es mejor. En esta vida somos como niños, comparados con lo que seremos en la gloria. En este mundo, los hijos de Dios “hablamos como niños, pensamos como niños, juzgamos como niños” (I Cor. 13:11), pero el cielo con el Señor, cuando “ya seamos hombres, dejaremos atrás lo que es de niños.” Entonces cada misterio será desentrañado y esclarecido en la inmediata presencia del gran Dios, quien es nuestro Padre. Muchos de nuestros conocimientos actuales son, como “alegorías” o “proverbios” (Jn. 16:25). Pero nuestro Señor nos dice que “la hora viene cuando ya nos os hablaré en alegorías, sino que nos anunciaré claramente acerca del Padre.” (Jn. 16:25). Sin duda estas palabras se refieren a la clara luz que les sería dada a los discípulos en los tiempos del Nuevo Testamento pero también son palabras muy relevantes para cuando “nosotros conozcamos como fuimos conocidos.” (I Cor. 13:12).

As como el día de las bodas es mejor que los ensayos para su preparación, así será para todos los amados hijos de Dios. La consumación de nuestra unión y comunión con el bendito Señor, será mucho mejor que nuestras más benditas experiencias de Su amor por nosotros aquí en la tierra. En la fiesta de las bodas del Cordero, todos los verdaderos santos degustarán una medida del amor de Cristo por ellos, la cual superará todos los deleites terrenales. Este será el día cuando todos los santos quedarán embelesados con el amor de Cristo, “el cual sobrepasa todo entendimiento” (Ef. 3:19). Será el día cuando experimenten lo que significa “ ser llenos de toda la plenitud de Dios.” (Ef. 3:19).

Así como ver es mejor que creer, y gozar es mucho mejor que anticipar el gozo, la presencia inmediata de Cristo con toda su gloria será para nosotros mucho mejor que todos los libros, sermones y estudios que Dios bondadosamente nos ha dado en esta vida de sombras y misterios. Como la risa y la alegría son mejores que la pena y el llanto, así el cielo es mejor que la tierra. En el cielo “Dios secará toda lágrima de sus ojos” (Rev. 21:24).Tendremos al final abundantes motivos para regocijarnos. Todo pecado será eliminado y no existirá jamás en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Todos los hijos de Dios serán reunidos de todas las lenguas y naciones, de todas las épocas y generaciones, y de todas las aflicciones, prisiones, persecuciones y tentaciones.

La iglesia de Cristo, la “nueva Jerusalén” (Rev. 21:2), será perfectamente bendecida en la gloriosa presencia del trino Dios. La iglesia misma tendrá entonces “la gloria de Dios” (Rev. 21:11) Los justos “resplandecerán como el resplandor del firmamento; y . . . como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan. 12:3).

Entonces no sólo no habrá más misterios oscuros, sino que no tendremos necesidad de las luminarias que Dios creó para sus hijos: “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará.” En lugar de las fuentes materiales de luz creadas para preservarnos la vida, en la gloria habrá una fuente inmensa de luz: “Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria.” (Isa. 60:19). Con tan intenso flujo de luz divina no habrá espacio para sombras, misterios o inseguridad en los creyentes.

El cielo que aguarda a los creyentes es un mundo de absoluta y completa perfección. Allí Dios será perfectamente glorificado por Su pueblo. Allí, Dios, la Trinidad será completamente amada por todas las huestes celestiales. Todas las promesas de las Escrituras para los creyentes serán completa y eternamente cumplidas. Quedará demostrado que todas las profecías que ahora leemos en las Escrituras son inspiradas, infalibles y seguras. Ni una sílaba de todo lo que Dios ha dicho dejará de cumplirse hasta el final.

Cada atributo de Dios será perfectamente glorificado. Su amor, justicia y sabiduría serán vistos por todos en Su creación, providencia y en el día del juicio con meticulosa perfección y consumada justicia.

Todos los secretos y eternos decretos de Dios, hechos antes de que el mundo existiera, estarán claramente cumplidos al final con total absoluta y perfección. Ninguno de sus elegidos se perderá, será dejado atrás ni pasado por alto por el soberano Jehová. Cada uno de sus hijos redimidos podrá entonces testificar la realidad de la gracia salvadora de Dios en su propia experiencia. Dirán su “amén” a la afirmación de Cristo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Jn. 15:16). En la gloria encontraremos la libre gracia de Dios, no la libre voluntad del hombre, la cual será eternamente alabada y admirada.

¡Gracias a Dios por los misterios de la Escritura que iluminan nuestro sendero a la gloria puesta delante de nosotros! ¡Bendito el triuno Dios que nos ha mostrado en la Biblia cómo los indignos pecadores podemos llegar seguramente al cielo por la fe en Cristo!

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts

Translated by Víctor M. Sandoval

Mexico, May 2015

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