La persona y obras del Santo Espíritu de Dios

Grupo de Estudio Bíblico Antioquía
Iglesia Nacional Presbiteriana “Berith”

CURSO: LA PERSONA Y OBRAS DEL SANTO ESPÍRITU DE DIOS
“Basado en el libro “El Espíritu Santo” de Edwin W. Palmer
GUÍA DE ESTUDIO

INTRODUCCIÓN GENERAL

El Espíritu eterno de Dios es la fuente de la vida espiritual del cristiano: tanto  su origen como  la continuación de la misma vida provienen de Él. Sin su acción constante, nunca habríamos nacido de nuevo, y sin su influencia santificadora la vida espiritual del cristiano no sería posible. La Reforma dio gran impulso al estudio del Espíritu enfatizando su obra de iluminación para interpretar y entender las Escrituras y en la aplicación de la salvación a nuestras vidas. En la doctrina de la gracia se destaca su obra en la vida de los elegidos. La regeneración y la santificación son sin duda fundamentales en la redención, pero su obra no se circunscribe sólo a éstas. Este estudio nos conducirá a considerar la bendita acción múltiple  del Santo Espíritu en muchos otros aspectos de nuestra relación con Dios, para alabanza de la gloria de su gracia.

LECCIÓN 1. EL ESPÍRITU SANTO Y LA TRINIDAD

 ¿Quién o qué es el Espíritu Santo? Necesitamos en primer lugar hacer las siguientes cuatro afirmaciones:

1. El Espíritu Santo es una Persona. Son muchos los grupos religiosos que niegan esta verdad y sólo le consideran como un poder o influencia, y sus acciones como metáforas o símbolos, lo cual desvirtúa el mensaje de la Biblia. La Biblia nos revela en diversas formas que el Espíritu es una persona al atribuirle mente, voluntad y emociones. Los objetos impersonales no tienen esas cualidades, pero el Espíritu de Dios sí las tiene

a) Mente. “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”.  (I Co 2.10)

b) Voluntad. El Espíritu no permitió a Pablo y a Silas ir a Bitinia (Hch. 16.7). El Espíritu reparte dones a los cristianos “como Él quiere” (I Co 12.11)

c) Emociones.“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios” (Ef. 4.30)

 La Biblia también revela que el Espíritu es una persona al ponerle en contigüidad con otras personas: “bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28.19). “porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros . . .” (Hch. 15.28). Por ser una persona nos convence de pecado para guiarnos a Dios, mora en nosotros, ilumina nuestra mente para entender la Biblia, nos dirige al orar, llama a sus siervos en la iglesia.

2. El Espíritu Santo es una Persona Divina. El Espíritu no sólo es una persona, es una persona divina con todos los atributos de Dios. No es un ser creado, es Dios mismo. Tampoco es inferior al Padre o al Hijo. Veamos algunos de sus atributos:

a) Es omnipotente. En la creación (Gn. 1.2), en la providencia (Sal. 104.30), en la concepción de Jesús (Lc. 1.35), en la regeneración (Jn. 3.5), en dotar de dones a los hombres (I Co 12.11)

b) Es omnisciente. “¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?”  (Is.13,14) “ . . . el Espíritu todo lo escudriña” (I Co 2.10)

c) Es omnipresente.” ¿A dónde me iré de tu Espíritu? Y ¿a dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139.7)

d) Es eterno. “ . . . ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”  (Heb.14)

Finalmente, el Santo Espíritu está unido al Padre y al Hijo en la gran comisión (Mt. 28.19) y en la bendición apostólica (2 Co. 13.14). Porque el Espíritu es divino, puede llevar a cabo su obra en la creación, en la inspiración de la Escritura, en la iluminación de nuestras mentes, en la regeneración, en nuestra santificación. El Santo Espíritu es una Persona divina.

3. El Espíritu Santo es una Persona Divina distinta del Padre y del Hijo. Sabelio, presbítero romano (220 d.C.), sostuvo que hay un solo Dios manifestado como Padre en el AT, como Hijo en la encarnación y como Espíritu Santo en el Pentecostés, negando así la trinidad.

La Escritura señala claramente que hay tres Personas distintas en la trinidad y no simplemente manifestaciones diferentes del mismo Dios: El bautismo de Jesús (Mt. 3. 16 y 17). La promesa de Jesús de rogar al Padre para que envíe a otro Consolador (Jn. 14.16). Pedro declara en Pentecostés : “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís”.

Nuestro trino Dios se revela como un Padre que nos ama y cuida, un Hijo que trajo salvación e intercede por nosotros y un Espíritu Santo que mora dentro de nosotros y aplica la salvación a nuestra vida.

4. El Espíritu Santo procede de Padre y del Hijo. Cada una de las Personas tiene propiedades particulares y relaciones exclusivas con las otras. El Padre eternamente engendra al Hijo; el Hijo es eternamente engendrado por el Padre; el Santo Espíritu eternamente procede del Padre y del Hijo. Estas propiedades pertenecen a la eterna y necesaria existencia de Dios. No tienen principio y no tendrán final. El Credo de Atanasio correctamente dice: El Espíritu no fue hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede. Este verbo es el que usa Jesús cuando dice: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. “(Jn. 15:26)

“El Hijo de Dios y el Espíritu existen, como el Padre, en sí mismos (autotheos). El Hijo y el Espíritu no deben su origen o su ser a Dios el Padre. Como el Padre, ellos son eternos y no-creados. La segunda persona de la Santa Trinidad es llamado el Hijo de Dios. Respecto de su personal calidad de hijo, Él es del Padre y en la Escritura se le designa como “el Unigénito Hijo” (Juan 3:16). Tocante a Su deidad, Él es Dios mismo. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. En cuanto a que es el Santo Espíritu, procede del Padre y del Hijo; en cuanto a que es Dios, Él es Dios en Sí mismo.

Las personas de Dios moran  juntas entre sí . El Padre mora en el Hijo y en el Espíritu; el Hijo y el Espíritu residen en el Padre; el Espíritu y el Padre moran en el Hijo. La palabra técnica que usamos para designar esta mutua morada en Dios es circumincession. Las tres personas de la Trinidad se aman y deleitan entre sí. Cada persona conoce perfectamente a las otras dos. Cuando en la Escritura alguna de ellas se refiere a las demás lo hace con sumo honor, respeto y afecto. Por ejemplo, el Padre se refiere a Cristo con estas palabras: “Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia.”(Mat. 3.17). Cristo dice: “Mi Padre mayor es que yo.” (Juan 14.28). Jesús dice que el Santo Espíritu “no hablará por su propia cuenta . . . El me glorificará.” (Juan 16:13-14)“  (Maurice Roberts – Los Misterios de Dios).

Debemos mostrarnos muy agradecidos por la revelación preciosa de la Persona del Espíritu Santo, nuestro gran Consolador.

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LECCIÓN 2. EL ESPÍRITU SANTO Y LA CREACIÓN

 Es muy común que al reflexionar en las obras del Santo Espíritu de Dios, nos enfoquemos en su actividad salvífica en el hombre a través de su regeneración y santificación, limitando su obra en función del hombre y de sus necesidades; sin embargo, no debemos construir nuestra teología como si el hombre fuese el centro de toda su actividad, pues ese sería un enfoque antropocéntrico (centrado en el hombre), y no teocéntrico (centrado en Dios). La Biblia comienza en Dios y no en el hombre. El Señor es Soberano sobre todas las cosas – absolutamente todas – de este universo. El Espíritu Santo tuvo, tiene y tendrá participación en la creación, en la providencia, en la revelación, en la encarnación, en la redención, en la santificación y en todos los acontecimientos hasta el fin del mundo. Así, reflexionamos hoy en su presencia y obra en la Creación.

1. La Obra de la Trinidad en la Creación

 Estamos acostumbrados a pensar en las obras y funciones particulares de cada una de las tres personas de Dios: El Padre como Creador, el Hijo como Redentor y el Espíritu Santo como Consolador; sin embargo esto no excluye ni limita la participación de las tres personas en los actos del único y Santo Dios.

 Tocante a la Creación, “Dios Padre fue el agente primario que inició el acto de la creación; pero el Hijo y el Espíritu Santo también estuvieron activos. Al Hijo a menudo se le describe como la persona «por medio» de la cual la creación resultó. «Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Jn 1:3). El Espíritu Santo también estaba obrando en la creación. Generalmente se le muestra completando, llenando y dando vida a la creación de Dios. En Génesis 1.2, «el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas», lo que denota una función preservadora, sustentadora y gobernadora. Job dice: «El Espíritu de Dios me ha creado; me infunde vida el hálito del Todopoderoso» (Job 33.4)”. (Teología Sistemática, W. Grudem, p. 20)

“La segunda y tercera personas no son poderes o meros intermediarios, sino autores independientes unidos al Padre. Todas las cosas son inmediatamente del Padre, por medio del Hijo, y en el Espíritu Santo. El ser es por el Padre, el pensamiento o la idea es por el Hijo y la vida por el Espíritu Santo.” (Teología Sistemática, L. Berkhof p. 153)

2. El Espíritu Santo y la Creación

Aunque el testimonio de la Biblia sobre  la actividad específica del Espíritu Santo en la Creación es escaso (y nunca podemos ir más allá de lo que la Escritura revela), abordamos este tema siguiendo el texto de Edwin W. Palmer, quien menciona cinco aspectos distintos de esta obra:

A. La actividad particular del Espíritu se inicia a partir de que el Padre creó el universo, según se desprende de Gn 1.1,2: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas.” Esto es, una vez que la Trinidad creó las cosas, el Espíritu tenía cuidado de, cobijaba, apreciaba, abrigaba, se cernía, ondeaba, ondulaba, etc. (arameo) sobre la faz de las aguas.

B. El Espíritu perfeccionó, embelleció la creación: “por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos y todo el ejército de ellos por el aliento (o espíritu), de su boca” (Sal 33.6). “En varios pasajes del Antiguo Testamento es importante darse cuenta de que la misma palabra hebrea (ruaj) puede significar, en diferentes contextos, «espíritu», «aliento» o «viento». Pero en muchos casos no hay mucha diferencia en significado, porque incluso si uno decide traducir algunas frases como el «soplo de Dios» o incluso el «viento de Dios», todavía parecería ser una manera figurada de referirse a la actividad del Espíritu Santo en la creación.” (W. Grudem).

Jehová creó los cielos y el Espíritu generó los ejércitos de los cielos – las estrellas, planetas, luna, sol, etc. – Job 26.13 dice: “Su espíritu adorna los cielos”. Adornar significa hermosear. En otras palabras, así como en Gn 1.2 se indica que el Espíritu perfeccionó el mundo que había sido creado, así ahora se da a entender que el Espíritu Santo dio los toques finales a los cielos, llenándolos de la gloria y belleza propia de las huestes celestiales.

C. El salmo 104, que celebra la providencia de Dios, atribuye todos los fenómenos de la naturaleza a Dios afirmando que Él controla todas las cosas, y que todas las cosas dependen de Él. La Biblia nos induce a considerar la actividad creadora del Santo Espíritu, no en el sentido de hacer algo de la nada, sino de impartir vida a lo que ya había sido creado: los animales del campo, los que pueblan el mar, las fieras del bosque, las aves de los cielos: “Tú les das, y ellos son sustentados; abres tu mano y se sacian; escondes tu rostro, y se inquietan; les quitas el aliento y mueren.” (Leer todo el salmo104).

D. El Espíritu Santo renueva la tierra: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la tierra.” (Sal 104.30). Así como el Espíritu da vida a los animales (y también al hombre, como veremos en el siguiente punto), también renueva la tierra. No sólo da vida  a las aves, a las bestias del campo a los peces y a los monstruos del mar, sino que hace crecer la hierba, las plantas, los árboles. Hace que se produzcan las semillas que contienen la vida, y que crecerán en cada estación. Así pues, aun la vida vegetal, tanto en el momento de la creación como hoy día, es sustentada continuamente por el Espíritu de Dios. El Espíritu renueva constantemente la tierra por su gracia soberana manifestada en la providencia divina.

E. La culminación de la obra creadora del Espíritu fue y sigue siendo la creación del hombre: “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida.” (Job 33.4). La función creadora específica del Espíritu parece ser la de dar vida, con lo que se indica de nuevo que Él no creó necesariamente la materia, sino que tomando el polvo de la tierra, sopló en él aliento de vida. Por el aliento de Dios, el hombre fue hecho un alma viviente (Gn 2.7)

3. La Obra del Espíritu Santo en la Nueva Creación

Después de que el Espíritu hubo comunicado al hombre el aliento de vida dándole justicia, santidad y conocimiento, el hombre cayó de su alto estado original de rectitud, quedando perdido, depravado, confundido e incluso, muerto espiritualmente. Dejó de ser lo que el Espíritu le había hecho. Pero nuestro buen Dios no abandonó al hombre en tan lamentable condición: El Espíritu Santo  creó al hombre de nuevo. Le hizo una nueva creatura en Cristo (2 Co 5.17). Hizo a los hombres “hechura suya, creados en Cristo para buenas obras” (Ef 2.10). Lo renovó al hacer de él un hombre nuevo  “creado en la justicia y santidad de la verdad” y “conocimiento conforme a la imagen de su Creador” (Ef 4.24 y Col 3.10)

Finalmente, así como en  la creación el hombre adquirió vida al recibir el aliento vivificante, también en la nueva creación, el Espíritu Santo es comunicado a la iglesia de Cristo, a fin de que el hombre pueda recuperar su vida espiritual. La obra creadora del Espíritu Santo, pues, lo abarca todo, tanto lo físico como lo espiritual. Comenzó en una forma especial en la creación, prosigue hasta hoy, incluyendo la nueva creación del hombre.

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LECCIÓN 3. EL ESPÍRITU SANTO Y LA GRACIA COMÚN

 INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la Gracia Común responde a cuestionamientos derivados del hecho de que estando el mundo bajo la sentencia de condenación a consecuencia del pecado y la depravación – con  excepción de los elegidos que han sido rescatados soberanamente con la gracia salvadora o gracia especial de Dios –  preguntamos entonces: ¿Cómo se explica la vida relativamente ordenada de las sociedades?, ¿por qué es que la tierra produce frutos y alimento en abundancia, y no sólo cardos y espinas?, ¿cómo es que el hombre no redimido diferencia entre el bien y el mal y es capaz de realizar acciones y desarrollos nobles, buenos y útiles?, ¿cómo es que los no regenerados muestran bondad, solidaridad y compasión por los  demás y llevan vidas públicas virtuosas?, y otras preguntas similares.

La respuesta está en la gracia de Dios, en su compasión y misericordia hacia la humanidad entera y hacia la creación en general. Es necesario diferenciar entre la gracia especial cuyo propósito es la salvación del pueblo de Dios, y la gracia común como expresión de la misericordia de Dios, igualmente inmerecida,  que se derrama a favor de la humanidad entera “sobre justos e injustos”, pero que no está en función de sus propósitos salvíficos. Estas dos expresiones de la gracia en realidad son aspectos del mismo inmerecido e inefable amor de Dios por su creación, pues él no la ha abandonado; antes la  gobierna y bendice.

1. ¿QUÉ ES LA GRACIA COMÚN?

“Es la gracia de Dios mediante la cual él da a las personas innumerables bendiciones que no son parte de la salvación.“ (W. Grudem, Teología Sistemática)

“Cuando hablamos de la gracia común estamos hablando de la inmerecida bondad de Dios hacia todas sus criaturas sin tomar en cuenta el aspecto de su salvación. La doctrina es que Dios ama a su creación en general y expresa este amor derramando múltiples bendiciones sobre ella. Hay teólogos que prefieren llamarla bondad común.” (Lo que Creemos los Cristianos, G. Nyenhuis)

“La gracia común aparece en las bendiciones naturales que Dios derrama inmerecidamente sobre los hombres en la vida presente, a pesar de que el hombre las ha desperdiciado y se encuentra bajo sentencia de muerte. Debe acentuarse que estas bendiciones naturales son manifestaciones de la gracia de Dios para el hombre en general.”  (Teología Sistemática, L. Berkhof)

2. LAS RAZONES Y MEDIOS DE LA GRACIA COMÚN

W. Grudem propone cuatro razones de ser de la gracia común: a) Que los que han de ser salvos tengan oportunidad de responder al llamamiento eficaz de Dios, b) mostrar la bondad y misericordia divinas, c) es una demostración de la justicia de Dios, llamando al pecador al arrepentimiento antes de que venga el juicio, y d) para que la gloria de Dios se manifieste en todas las actividades de todos los seres humanos en todas las esferas, aunque sea de manera imperfecta.

Los medios por los que se opera la gracia común según G. Nyenhuis son: a) reprimir la maldad y perversidad de la naturaleza humana, evitando la depravación desenfrenada, para hacer posible la convivencia entre los hombres; b), los efectos de la Palabra en los creyentes son una bendición para las comunidades enteras, a través de esta obra del Santo Espíritu; c) los valores y conceptos cristianos se hacen presentes en el orden social, en los estados, rescatando valores y derechos universalmente aceptados por la influencia del cristianismo; d) los gobiernos son, a pesar de su corrupción, otra expresión de la gracia común para el orden, el derecho y la justicia; e) el equilibrio de la naturaleza y la regularidad de sus ciclos son también muestras del amor y fidelidad de Dios, como manifestaciones de la gracia común.

3. TRES OPERACIONES DEL ESPÍRITU SANTO EN EL NO ELEGIDO (Edwin W. Palmer)

A. Freno del pecado. Dios envía su Santo Espíritu para impedirle que de rienda suelta a sus malas inclinaciones. Este mundo es tolerable y habitable porque el Espíritu impide que los hombres lleguen continua y desenfrenadamente a excesos pecaminosos.

a) Si las personas persisten en el mal, Dios les entrega a una mente reprobada para hacer lo que no conviene (Ro 1:28). El Espíritu se aparta de ellos: Saúl (1 S 16.14); Israel (Is 63.10) Asaf (Sal 81: 11,12)

b) La mayoría de los hombres no cae en esas profundidades porque el Espíritu no se lo permite. “Los gentiles que no tiene ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en su corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos a veces los acusan y otras veces los excusan.” (Ro 2.14,15)

c) Resistir al Espíritu es causa de condenación (Defensa de Esteban en Hch 7:51). Los apóstatas (Heb 6.4-6)

d) El Hombre de pecado es detenido en 2 Tes 2.4-7

B. Estímulo para hacer el bien. A pesar  de su naturaleza totalmente corrompida, por la gracia del Espíritu Santo, el hombre no regenerado tiene actitudes y acciones que  formal y externamente reciben la aprobación de Dios.

a) A pesar de la bondad y beneficio de estas acciones que el Espíritu motiva en los no redimidos, éstas no son “buenas obras” en el sentido de la Biblia.

b) Las buenas obras que “Cristo preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” tienen tres características, pues son actos de gratitud del hombre que ha sido justificado: Se realizan con fe verdadera, conforme a la ley de Dios y se aplican solamente a su gloria.(Catecismo de Heidelberg pregunta 91)

c) Bien relativo vs bien verdadero; bien cívico vs bien espiritual. Ejemplos: Jehú (2 R 9.1 a 10.30), Joás (2 R 12.2); en el NT “Los pecadores hacen lo mismo” (Lc. 6:33); Los gentiles que no tienen ley (Ro 2.14)

d) Todas estas acciones del Espíritu en la humanidad están dentro de la providencia de Dios y estamos muy agradecidos, pues gracias a ellas la vida no es sólo llevadera sino muy rica y progresista en muchos sentidos.

C. Dones para la cultura (sojuzgar la tierra). Estos dones proceden del aliento de vida que el Espíritu puso en el hombre, pues ese aliento es el origen del alma, de la mente y de las facultades intelectuales y emocionales. “Dios ha permitido una buena medida de habilidad en esferas artísticas y musicales, así como también en otros campos en las que se pueden expresar la creatividad y la destreza, tales como el atletismo, el arte culinario, la escritura y cosas similares. Además, Dios nos da la capacidad de apreciar la belleza en muchas esferas de la vida. En esto como también en el campo físico e intelectual, las bendiciones de la gracia común son a veces derramadas sobre los incrédulos con más abundancia aun que sobre los creyentes. Pero en todos los casos es un resultado de la gracia de Dios.” (W. Grudem, Teología Sistemática p 692)

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LECCIÓN 4. EL ESPÍRITU SANTO Y LA REVELACIÓN

 INTRODUCCIÓN.

Uno de los temas que se debate con fuerza hoy en día es hasta qué grado las Escrituras están inspiradas por Dios. La inspiración es necesaria porque confirma la naturaleza de la revelación especial de Dios a través de las Escrituras.
 Por inspiración de las Escrituras entendemos la influencia sobrenatural del Espíritu Santo en los autores de ellas, para que ofrecieran en sus escritos un informe fiel de la revelación o para que lo que escribieran realmente fuera la Palabra de Dios. En esta lección estudiaremos la obra magna del Espíritu Santo a través de su inspiración en todo el proceso de la revelación de Dios.

EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

El ser humano tiene la continua e imperiosa necesidad de conocer, es algo intrínseco en él, reflejo de la imagen de Dios: ¿Quiénes somos? ¿qué es el mundo? ¿por qué estamos aquí? ¿quién es Dios? ¿cómo son el mundo y el universo?, etc. Quien rechaza la revelación de Dios está condenado a no conocer la Verdad trascendente, pues allí encontramos las respuestas a ésta y a otras preguntas fundamentales. El hombre que conoce a través de la revelación de Dios posee un fundamento firme y eternamente inalterable. Dios se ha revelado en su palabra, y su Santo espíritu es el agente divino de la revelación. Su obra tiene que mostrar la verdad divina  la revelación general, con la inspiración  de la revelación especial en las Escrituras, y con la iluminación actuando en la interioridad del hombre para que pueda ver  y creer las verdades declaradas en ambas revelaciones.

TEORÍAS DE LA INSPIRACIÓN

  1. La teoría de la intuición hace que la inspiración sea en gran medida un asunto de un alto nivel de perspectiva. La inspiración es el funcionamiento de un gran don, quizá casi una habilidad artística, pero no obstante un atributo natural, una posesión permanente. Los autores de las Escrituras fueron genios religiosos. Según esto, la inspiración de los autores de las Escrituras no era esencialmente diferente a la de otros pensadores religiosos y filosóficos, como Platón o Buda. La Biblia es pues una gran literatura religiosa que refleja las experiencias espirituales del pueblo hebreo.
  2. La teoría de la iluminación mantiene que hay una influencia del Espíritu Santo sobre los autores de las Escrituras, pero implicando sólo una intensificación de sus poderes normales. No hay una comunicación especial de la verdad, no hay guía en lo que se ha escrito, sino únicamente una sensibilidad y una percepción incrementada en lo que se refiere a los temas espirituales. El efecto del Espíritu es intensificar o elevar la conciencia del autor.
  3. La teoría dinámica enfatiza la combinación de los elementos divinos y humanos en el proceso de inspiración y escritura de la Biblia. El Espíritu de Dios obra dirigiendo al escritor hacia los pensamientos o conceptos y permitiendo que la personalidad distintiva del propio escritor aparezca en la elección de las palabras y las expresiones. Por lo tanto, el escritor dará expresión a los pensamientos dirigidos divinamente de una manera única y característica según su persona.
  4. La teoría verbal insiste que la influencia del Espíritu Santo se extiende más allá de la dirección de pensamiento, hasta la selección misma de las palabras utilizadas para expresar el mensaje. La obra del Espíritu Santo es tan intensa que cada palabra es la palabra exacta que Dios quiere que se utilice en ese momento para expresar el mensaje.
  5. La teoría del dictado es la enseñanza de que Dios realmente dictó la Biblia a los escritores. Los pasajes donde el Espíritu es representado como alguien que le dice al autor exactamente lo que tiene que escribir se consideran que son aplicables a toda la Biblia.

Concluimos que la inspiración era verbal, extendiéndose incluso a la elección de las palabras. Sin embargo, no era meramente verbal, ya que a veces las ideas pueden ser más precisas que las palabras disponibles. Ese fue, probablemente, el caso con la visión de Juan en Patmos, que produjo el libro del Apocalipsis.

En este punto se plantea generalmente la objeción de que si la inspiración se extiende hasta la elección de las palabras se convierte necesariamente en dictado. No estamos de acuerdo con esta idea y aquí debemos señalar que los autores de las Escrituras, al menos en los casos en los que conocemos su identidad, no eran nuevos en la fe. Habían conocido a Dios, aprendido de él y practicado la vida espiritual durante algún tiempo. Por lo tanto Dios había estado obrando en sus vidas durante algún tiempo, preparándoles a través de una amplia variedad de experiencias familiares, sociales, educativas y religiosas, para la tarea que iban a realizar. (E Millard, “Teología Sistemática”)

LA REVELACIÓN GENERAL

Es posible conocer algunas características de Dos  observando la naturaleza: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1); sin embargo esta revelación no es suficiente para conocer todo lo que Dios quiere que sepamos de Él: La salvación, sus propósitos, voluntad y justicia, nuestro destino eterno. Esta revelación nos hace inexcusables ante Él. (Ro 1:18 ss.). Desde aquí notamos la obra del Espíritu en los redimidos al darles la sensibilidad  para efectivamente ver el poder y magnificencia divinas en la creación, y mover sus corazones a la alabanza y adoración a Dios. (Salmos 8, 19, 24, 29, 66, etc.)

LA REVELACIÓN ESPECIAL

“La revelación especial es “la plasmación lingüística de la intencionalidad de Dios”.  Esto quiere decir que todo lo que Dios quería que nosotros supiéramos acerca de sus  pensamientos, sentimientos, designios, propósitos y planes  lo puso en forma de lenguaje humano. O sea, tomó nuestra manera de hablar, con palabras, frases, cláusulas, oraciones, párrafos, etc., o sea, materia fónica, gramática y unidades de sentido (sencillas, complejas y superiores) para comunicarnos precisamente lo que Él Mismo quería que escuchásemos. La estructura de la revelación especial es lingüística.

El proceso por el cual los pensamientos de Dios (los que Dios quiere que nos lleguen), se llama inspiración, y Dios lo hace por distintas maneras. La inspiración quiere decir que lo que Dios comunica por este proceso es la Palabra de Dios misma. Pablo lo dice en su segunda carta a Timoteo (3:16) cuando afirma que “toda la Escritura es inspirada por Dios”. La palabra “inspirada” en griego es “theo pnuestos” y hace referencia de cómo el ser humano habla, haciendo pasar su respiración sobre sus cuerdas vocales y las hace vibrar… Lo emplea como una analogía. Dios usa los medios humanos para hacer oída su voz.

Pedro habla de otro aspecto del proceso. Los traductores usan la misma palabra en la traducción. En II Pedro 1:21 “santos  hombres de Dios hablaron, siendo inspirados por el Espíritu Santo”.  Sin embargo, la palabra en griego es diferente, es feromenoi. “Feromenoi” quiere decir siendo llevados, siendo cargados, sostenidos, que quiere decir que Dios mismo los llevó en sus manos para decir su Palabra, que por supuesto, vino de Él.  Esto también es inspiración, o mejor dicho, las dos palabras juntas nos dan la idea más completa de la inspiración, ya que cada palabra hace resaltar una faceta de la inspiración”. (G. Nyenhuis, Naturaleza de la inspiración y la teología).

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LECCIÓN 5. EL ESPÍRITU SANTO Y LA ILUMINACIÓN

 INTRODUCCIÓN

En la lección anterior aprendimos que la revelación es la fuente del conocimiento de la Verdad. Dios ha dado a los hombres dos clases de revelación: la revelación general, que se encuentra en la creación, y la revelación especial, que es la Biblia. La Biblia es inspirada por Dios y no contiene error, es confiable y veraz. Subsiste, sin embargo, un problema para que el hombre vea y entienda el mensaje de Dios en ambas formas de revelación: el pecado le ha cegado y aun en medio del esplendor  de la luz de Dios, el hombre  no puede verle a menos que el Santo Espíritu le ilumine.

El problema radica en la condición pecaminosa del hombre y en su consecuente muerte espiritual. En cuanto a la revelación general, el mundo creado descubre claramente las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad (Ro 1.20). Respecto de la revelación especial, el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender (I Co 2:14). Entonces, para venir a la salvación, necesitamos la iluminación espiritual que solamente el Espíritu de Dios nos puede dar.

  1. LA CEGUERA DEL HOMBRE

La  Biblia expone esta realidad respecto de los inconversos:

a) Lidia (Hechos 16.11-15), era una mujer que se reunía con otras para orar y adoraba a Dios pero fue hasta que el Espíritu abrió su corazón, que estuvo atenta al mensaje del evangelio, creyó y fue bautizada.

b) Los judíos inconversos (II Cor 3.12-18), no han entendido el mensaje de Dios porque cuando leen el antiguo pacto, tienen un velo no descubierto; pero cuando se conviertan al Señor, ese velo será quitado por el Espíritu del Señor y encontrarán la libertad.

c) El hombre natural (I Cor 1 y 2). La palabra de Dios es locura para los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es a nosotros, es poder de Dios. Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación . . . . para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura pero para los llamados, ya sean judíos o gentiles, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.

La necesidad de ser iluminados por el Espíritu no sólo tiene que ver con el llamado y conversión del pecador en arrepentimiento y fe; también es indispensable para  el redimido a fin de que pueda comprender mejor cada día  la Escritura en su peregrinaje espiritual:

a) El salmista ora pidiendo la guía del Espíritu: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.” (Sal 119.18)

b) Los caminantes de Emaús (Lc 24.31,32) ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?

c) Los discípulos. Fue necesario que el Señor Jesús, previamente a su ascensión, les abriera el entendimiento para que comprendiesen las profecías y su cumplimiento. (Lc 24.45)

d) Pablo pide que el Dios de nuestro Señor Jesucristo dé a la iglesia Espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, “alumbrando los ojos de vuestro entendimiento para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado”. (Ef 1.17 ss.)

  1. LA ILUMINACIÓN DEL ESPÍRITU

Para adquirir el verdadero conocimiento no basta entonces tener disponible la clara revelación de Dios; hace falta que el hombre pueda verla. Es allí precisamente donde la obra de iluminación del Espíritu Santo se hace patente, dando al hombre no sólo la palabra inspirada, sino dándole también ojos para leerla.

El salmista no podía abrir sus ojos por sí mismo, tenía que pedir a Dios que lo hiciera por él. Fue el Señor quien abrió el entendimiento a los discípulos para que comprendieran la profecía. Si bien la salvación es una obra del Dios trino, en forma más específica es la tercera Persona de la Trinidad, no el Padre ni el Hijo, quien ilumina la mente del hombre. Así como es él quien da la comprensión y sabiduría naturales, también es él quien restaura esta sabiduría en el hombre redimido. ”Él os enseñará todas las cosas, y os recordará  todo lo que yo os he dicho.” (Jn 14.25)

Hay cuatro pasajes de la Biblia que exponen profusamente esta verdad:

a) I Cor 2.4,5. “Ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino de Dios.” Es el Espíritu quien entra en el corazón, convence a la persona en manera irresistible de la verdad del evangelio, y el que, por tanto, le hace creer y ser salvo.

b) I Cor 2:14,15. En tanto que el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu, el espiritual juzga todas las cosas. La persona espiritual es aquella en la que mora el Espíritu y a la cual le ha dado vida. Sólo así puede discernir espiritualmente todas las cosas.

c) Efesios 1.17 enseña claramente que es el Espíritu quien ilumina la mente. Pablo no ora para que la mente de los creyentes sea agudizada; pide que les sea dado el Espíritu de sabiduría y revelación para que sean iluminados los ojos de su entendimiento y puedan comprender las cosas de Dios. Pablo dice en I Tes 1.5,6 que el evangelio llegó a ellos con poder en el Espíritu Santo y toda certidumbre.

d) I Jn 2.20. Finalmente, Juan escribe a sus hijos espirituales que ellos “tiene la unción del Santo” es decir el Espíritu Santo está en ellos. La consecuencia es que “conocéis todas las cosas” y que la “unción misma os enseña todas las cosas” (v.27). Esta es una muy clara indicación de la obra del Espíritu iluminando la mente y corazón del creyente.

  1. CONCLUSIÓN

Es únicamente a través de la obra de iluminación del Santo Espíritu de Dios que lo inexplicable se explica, que los misterios se revelan, que el corazón endurecido se hace sensible a la palabra de Dios, que el incrédulo se convierte y nace de nuevo. Sí, es el Espíritu a través de quien recibimos la vida. Es por su obra que nacemos del agua y del Espíritu. Es a través de su obra reveladora que tenemos la palabra profética más segura. Sólo a través de su iluminación somos capaces de creer a Dios y de ver las maravillas de su ley.

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LECCIÓN 6. EL ESPÍRITU SANTO Y JESUS CRISTO

 INTRODUCCIÓN

Ya hemos estudiado las operaciones del Santo Espíritu en la Creación  como su perfeccionador, como mediador en la Gracia Común, como autor de la Revelación y como la fuente de entendimiento y sabiduría para quien se acerca a la palabra de Dios. En esta lección consideraremos otra obra muy importante del Espíritu Santo: su actividad en la vida y ministerio del Señor Jesucristo.

Necesitamos en este punto recordar lo que aprendimos en la lección no. 1 relacionado con las tres Personas de la Trinidad: el Hijo es eternamente engendrado por el Padre y que el Santo Espíritu procede del Padre y del Hijo, pero cada uno de ellos se distingue de los demás.

Ofrecemos esta una ilustración imperfecta para representar este misterio, pues como dice el Dr. Nyenhuis: “Cuando tenemos que hablar de la naturaleza de Dios, nuestras palabras son insuficientes.  Tenemos que afirmar que Dios es Trino, una Trinidad, y no tenemos la menor idea sobre lo que es eso. Quienes niegan la doctrina ¿tendrán razón cuando dicen que no es racional?  No es que sea irracional, sino que es supra-racional.  Y el ser humano, que es solamente racional, ¿cómo va a entender lo supra-racional?” Las tres personas son Dios pero cada una de ellas se diferencia de las demás aunque tienen íntima relación.

Como material adicional de estudio recomendamos “El Misterio de la Piedad” del Rev. Maurice Roberts, que anexamos a esta lección.

La Encarnación del Hijo de Dios. Para entender la acción del Espíritu Santo en Jesús Cristo, recordemos que siendo Dios, vino de manera voluntaria en el cumplimiento del tiempo para tomar la naturaleza humana. Siguió siendo Dios pero también se hizo  hombre, igual a nosotros pero sin pecado. Es perfecto hombre y verdadero Dios, con dos naturalezas que no se confunden ni se mezclan. Cada naturaleza mantiene sus características propias. Este es “el misterio de la piedad”. Hasta aquí nos hemos referido a dos grandes tropiezos (escándalos) de la fe cristiana y ambos son esenciales.

En cuanto a la deidad de Jesús, el Espíritu Santo tiene poca influencia, pues  Él mismo es Dios; pero en cuanto a su naturaleza humana, sí necesitó de la presencia constante del Espíritu. El hecho de que su naturaleza humana fuera indivisible e inseparable  de su naturaleza divina, no significa que su naturaleza humana cambiara para fusionarse con la divina. No hubo transferencia de características divinas a la humanidad de Jesús.

Su Concepción y Nacimiento. “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1.14). María se halló que había concebido del Espíritu Santo (Mt 1.18), el Espíritu de Dios vino sobre ella y el poder del Altísimo le cubrió con su sombra (Lc 1.35). Este es también un acto del Dios trino. Este milagro de Dios fue necesario para que tuviéramos un Salvador que fuese “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He 7.26).  “No conoció pecado” (2 Co 5.21), “fue como un cordero sin mancha ni contaminación” (I Pd 1.19).

El Espíritu Santo moró en Él. El Espíritu Santo no sólo mantuvo a Jesús libre de pecado, fue también el autor de la santidad de la naturaleza humana de Jesús. El alma no puede estar vacía; la ausencia del mal, significa llenura del Espíritu. Recordemos que el Espíritu es el autor de todo tipo de vida, tanto natural como  espiritual. “El Espíritu del Señor está sobre mí” dijo Jesús en Nazareth apropiándose las palabras de la profecía, en el mero inicio de su ministerio. (Lc 4.21)

Su Crecimiento. El Espíritu moró sin medida en Jesús como hombre, propiciando también el  crecimiento en su vida espiritual.  “Y el niño crecía y se fortalecía y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lc 2.40). Cuando Lucas se refiere al niño Juan, conocido más tarde como  “el Bautista”, menciona que “el niño crecía y se fortalecía en el Espíritu”. Esta es una clara indicación de la manifestación divina en ambos niños.

Su naturaleza humana no fue dotada, gracias a su unión con la naturaleza divina, de atributos divinos tales como poder absoluto, conocimiento total o infinidad. Insistimos en esto en relación con su naturaleza divina pues en su deidad, siempre ha sido pleno. Fue el Espíritu quien vino sobre Jesús  en su naturaleza humana y le hizo crecer como infante y como niño en estatura, en gracia y en sabiduría de Dios y de los hombres. Sobre él habría de reposar el Espíritu de Jehová; Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder. Espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Is 11.1,2)

Su Bautismo. Otra prueba de la acción del Espíritu Santo en la vida de Jesús se ve en su bautismo, cuando fue consagrado por el Espíritu para comenzar su ministerio como Mediador entre Dios y los hombres. (Lc 3,21,22). Lucas narra que después de ser bautizado, Jesús. de  comenzó a enseñar (Lc 3.23). Ya nos hemos referido al pasaje de Lc 4.18 y ss. En la sinagoga en Nazareth, donde vemos que el Espíritu había descendido sobre él para comunicarle poder para predicar y anunciar el evangelio. También le  comunicó poderes especiales para obrar milagros: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12.28)

Sus Tentaciones. Jesús, lleno del Espíritu fue llevado por el mismo Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Lc 4.1-11). El Espíritu no sólo le guio al desierto sino que todo el tiempo estuvo con él, sustentándole para superar las tentaciones. Dice luego que “Jesús volvió en el poder del Espíritu y enseñaba en las sinagogas y era glorificado por todos” (Lc 4:14). Satanás se apartó de él “por un tiempo” pero la lucha y la ayuda del Espíritu se mantuvieron durante toda la vida de Jesús.

Su Muerte. “Cristo, mediante el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Heb 9.14).

La suya no fue una muerte sorpresiva ni forzada. Él se entregó por nosotros y fue el Espíritu Santo quien hizo que Jesús tuviera la perfecta actitud necesaria para realizar nuestra redención.

Su Resurrección. La resurrección de Cristo se atribuye al Padre (Hch 2.24), y a veces al Hijo  (Jn 10.17,18), pero tenemos también referencias de la participación del Santo Espíritu en Ro 8.11: “Y si el Espíritu de aquél que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”

Su Glorificación. No hay algún texto específico para demostrar esta acción final del Espíritu en la vida de Cristo, pero se puede deducir de muchos. El Espíritu es la fuente de vida de todo hombre redimido, mora en el hombre salvo para siempre, inclusive en el cielo. Siendo el Espíritu quien comenzó a actuar en la vida de Jesús hombre, desde su encarnación hasta su resurrección, también mora en su naturaleza glorificada, igual que en nosotros.

 CONCLUSIÓN: Alabamos al Espíritu de Dios, no sólo por regenerar y santificar nuestras vidas, sino también por realizar la redención misma en Cristo Jesús.

ANEXO A LA LECCIÓN 6

4. EL MISTERIO DE LA PIEDAD

 “Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne . . .”

I Timoteo 3:16

Entre todas las maravillosas obras de Dios, es ciertamente imposible encontrar una más grandiosa que el nacimiento de Jesús  el Cristo. El nacimiento de cada niño es algo maravilloso, pero el de Cristo es singularmente grande y glorioso, es único en muchas maneras. Primero, Jesús nació sin pecado, es el único niño que ha nacido así. También es el único hombre que existió antes de ser concebido y nacido en este mundo. Esta verdad nos recuerda que Jesús no es sólo un ser humano; Él es también el Hijo de Dios. Él no vino a este mundo a disfrutar la vida; vino a vivir, sufrir y morir por nosotros.  Él tomó nuestra naturaleza humana para salvarnos de nuestros pecados. Este es el significado del nombre “Jesús.” La Biblia dice: “Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mat. 1:21)

Hablamos así de la encarnación, que significa “venir en carne.” Este término afirma el hecho de que Jesús existía como Dios el Hijo, la segunda persona de la Trinidad, antes de su nacimiento. Como Hijo de Dios no tiene un principio, Él no fue creado o hecho por Dios el Padre, pues ha existido  eternamente y eternamente existirá; no obstante, Jesucristo  quien previamente existía como Dios, en su encarnación se hizo también hombre y nos referimos a Él como el Dios-Hombre. Esto nos revela algo realmente sorprendente: Desde que ocurrió la encarnación, Jesucristo ha existido como una persona con dos naturalezas. Estas dos naturalezas no se mezclan pues se distinguen entre sí, pero al mismo tiempo se unen. Jesús es completamente Dios y verdaderamente hombre.

Todas las obras de Dios son estupendas y debieran mover nuestros corazones a adorarle y a amarle. Estas obras de Dios incluyen Su creación, providencia, juicio y la futura recreación del universo presente pero ciertamente, ninguno de los actos de Dios es más maravilloso que la encarnación, en la cual Dios Mismo se unió con nuestra naturaleza humana en la persona del Señor Jesús Cristo. Al hacerlo, Dios nos ha honrado por encima de los ángeles y verdaderamente sobre todos los demás órdenes de la creación. ¡Qué agradecidos debemos estar porque el Dios Altísimo nos ha visitado y más aún, se ha revestido de nuestra naturaleza haciéndose  hombre!

Aclaremos qué significa la encarnación. Primeramente, debemos entender que Dios no se hizo hombre por sustracción sino por adición. En otras palabras, Cristo nunca abandonó su divinidad reemplazándola con la  humanidad; más bien, retuvo su divinidad y la unió a nuestra naturaleza humana. Cristo no dejó de ser Dios cuando se hizo hombre.  Atanasio, un famoso escritor cristiano de la antigüedad, lo expresó así: “Llegó a ser lo que no era, sin dejar de ser lo que era ya.”

¡Desde luego que la encarnación fue un milagro! Jesús, tal como lo declaran  el Antiguo y el Nuevo Testamento, nació de manera sobrenatural. Tuvo una madre pero no un padre humano. Su madre María concibió la naturaleza humana de Jesús, no de José, sino a través del poder creador del Santo Espíritu de Dios: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo.” (Isaías 7:14; Mateo 1:23). En cuanto a su humanidad, no tuvo un padre, y respecto de su divinidad, no tuvo una madre.

Muchos se refieren a María como “la madre de Dios” pero esta expresión es engañosa. Ella fue la madre de su naturaleza humana pero no la madre de su divinidad. Honramos a María por haber sido el vaso escogido  por Dios para dar a luz la perfecta e impecable naturaleza humana de Jesús. Elizabeth se refiere a ella como “la madre de mi Señor” (Lucas 1:43), pero el significado de esta frase se limita a la naturaleza humana de Jesús. La llamamos bienaventurada  porque ella fue, de entre todas las mujeres que habían existido, elegida para ser la madre de la naturaleza humana de Cristo; pero no la veneramos supersticiosamente como si hubiera sido algo más que un ser humano. Ella era una virgen cuando Jesús nació pero debe haber tenido relaciones normales con su esposo José después del nacimiento del Niño. La Biblia lo menciona con claridad: “Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.” (Mat. 1:25)

El nacimiento de Jesucristo trajo aparejada una cadena de maravillosos acontecimientos que resaltan su importancia para la Humanidad. Uno de ellos fue la visita de “unos magos de oriente” (Mat. 2:1)Dios causó que ellos siguieran la estrella hasta Jerusalén  al lugar exacto donde Jesús estaba con su madre (Mat 2:11),  y le ofrecieron ricos dones. Sin duda alguna, este evento   señala que Cristo vino para  abrir la puerta de salvación a todas las naciones, gentiles y judíos. Fue un acontecimiento con gran significado. Treinta y tres años más tarde, cuando Cristo concluyó su obra, el Espíritu Santo descendió en Pentecostés y los gentiles de todo el mundo empezaron a entrar al reino de Dios.

Antes había ocurrido otro suceso muy significativo: La venida de los pastores al establo donde Cristo yacía (Lucas 2:16). Esto sucedió en la noche misma del nacimiento del Mesías, cuando el ángel del Señor fue enviado a anunciarlo a los pastores. Notamos que el ángel fue enviado a los humildes pastores y no a los orgullosos fariseos. Dios honra a quienes son humildes de corazón y tienen fe en su Palabra; no a los orgullosos y soberbios.

Este evento indicó la gloriosa y trascendental importancia del nacimiento de Cristo. El niño que nació en el establo de Belén no era otro que el prometido Mesías. “Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, el cual es CRISTO el Señor.” (Luc.2:11). Realmente, la encarnación de Cristo es tan importante para toda la humanidad, que una multitud de ángeles apareció en esa noche con un himno de alabanza que hizo resonar los cielos: ”¡Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14)

¿Por qué se encarnó el Hijo de Dios? Lo hizo para salvarnos, pobres pecadores. Como Él mismo lo dijo: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento.” (Marcos 2:17; Lucas 5:32)

Jesús nunca hizo pecado. Él no estaba, como todos nosotros, bajo el quebrantado pacto de obras  de Adán. De ahí que el pecado de Adán nunca le fuera imputado. Para salvarnos era necesario que Él fuera ajeno al pecado y que viviera y también muriera por nosotros. Por lo tanto requería una naturaleza humana que le permitiera  vivir una vida de perfecta obediencia a Dios y sufrir la muerte expiatoria en nuestro lugar.

Un mero hombre no podría vivir y morir por nosotros pues no tendría méritos para pagar nuestra culpa. Entonces, en la maravillosa sabiduría de Dios,  el Cristo debía ser Dios y Hombre. Como hombre, Él fue capaz de cumplir la ley moral de Dios y vivir una vida perfecta. En su amor, Él pudo como hombre morir por nosotros y obtener el perdón de Dios al satisfacer Su perfecta justicia, haciendo así la paz para todos los que creen en Él. Como hombre, Él vivió y murió por nosotros. Ser Dios, le dio un infinito valor a Su vida y a Su muerte.

Por vida y muerte Cristo alcanzó una perfecta justicia para todos los que creen en Él. Hay dos aspectos de la obediencia de Cristo: Su obediencia activa y su obediencia pasiva. Nos referimos así a la perfección de su vida terrenal y a los méritos de su muerte expiatoria.

Cristo, en su vida y en su muerte, actuó como representante de Su pueblo creyente. Como nuestro representante Cristo obtuvo la justicia que otorga a todos los que creen en Él. Por su vida el cumplió plenamente por nosotros todo lo ordenado por Dios en los diez mandamientos, y por sus agonías y muerte Él satisfizo todas las demandas de la ofendida justicia de Dios. De esta manera Él es  “Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6) como fue profetizado en el Antiguo Testamento.

Cristo tiene y siempre tendrá dos naturalezas pero es una persona en quien debemos confiar y a quien debemos amar con profunda gratitud por su amor por nosotros, miserables pecadores. Como el Dios-Hombre, está sentado en medio del trono del Dios Altísimo. Él gobierna a todas las naciones y llama por el evangelio a todos aquellos a quienes  Dios le dio desde la eternidad.

“¡Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne.!”

“The Mysteries of God” by Maurice Roberts
Translated by Víctor M. Sandoval
Mexico, March 2015

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LECCIÓN 7. EL ESPÍRITU SANTO Y LA REGENERACIÓN

 INTRODUCCIÓN

Hasta ahora hemos estudiado cuatro obras grandiosas del Espíritu Santo que podemos considerar como objetivas porque con excepción de la Iluminación (lección 4), todas ellas tienen lugar no en la persona del creyente sino que son externas a él. Así hemos meditado en sus acciones en la Creación, en la Gracia Común, en la Revelación y en el Ministerio de Jesucristo mismo. En las lecciones siguientes examinaremos la obra subjetiva del Espíritu Santo, es decir, su influencia en la vida interior del hombre. La primera de ellas, la regeneración, es de suma importancia para toda persona pues sin ella nadie puede ver el reino de Dios (Jn 3.3)

1. LA NECESIDAD DE LA REGENERACIÓN

Por su condición pecaminosa y corrompida, el hombre necesita ser regenerado, ser generado de nuevo, ser nacido otra vez (voces pasivas). El hombre no puede hacerlo  por sí mismo; nacer espiritualmente es una obra divina. La depravación total (primera  doctrina de la gracia de los Cánones de Dort), ha afectado la totalidad de nuestro ser: Mente, voluntad, emociones y aún nuestro cuerpo.

En cuanto a la mente, el hombre no puede entender a Dios porque el pecado ha oscurecido su inteligencia y está totalmente ciego pues  “la mente humana es enemistad contra Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Ro 8.7); su voluntad  se rebela contra Dios porque “todo aquél que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn 8.34); y ¿qué decir de sus emociones? No puede amar a Dios, su mente y voluntad corrompidas le llevan a odiar todo lo relacionado con Él y con su ley, porque “se ha hecho enemigo de Dios”. (Ro 8.7)

Jeremías habla de esta absoluta incapacidad del pecador cuando profetiza: “¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? Así también ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?” (Jr 13.23). ¡Es imposible! Esto significa que el hombre natural necesita al Espíritu Santo en su vida para hacer el bien. Debe haber un nacimiento de arriba, de lo alto, producido por Dios y, más específicamente, por el Espíritu Santo. Ezequiel ilustra por inspiración esta realidad en su visión del valle de los huesos secos (37.1-10), cuando profetizó: “Espíritu, ven de los cuatro vientos.” ¡Entró el Espíritu en ellos y vivieron! Pablo en Ef 2.1 afirma: ”Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.”

Resumiendo: el hombre en su pecado está ciego a la realidad divina y más aún, está muerto por lo que es totalmente incapaz de escuchar la voz de Dios, de venir a él para ser salvo. Sin la obra de regeneración del Espíritu Santo es imposible que el hombre viva, pero sabemos que “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18.27)

2. LA MANERA COMO OCURRE

La Biblia nos dice muy poco sobre la manera como ocurre el nuevo nacimiento, pues como señala Pablo: “Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3.3). Es un misterio cómo Cristo está místicamente unido con el creyente. El Señor Jesús lo explicó a Nicodemo empleando una ilustración: se oye el viento, se sabe que sopla, se puede ver volar las hojas  y cómo se doblegan los árboles, se siente en la cara y en el cuerpo, pero nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. Es invisible pero sus resultados son manifiestos. Lo mismo sucede con el Espíritu Santo, los resultados de su acción regeneradora son obvios, sorprendentes y evidentes, pero no podemos definir cómo es que opera en el corazón del hombre. Sin embargo, hay ciertas cosas que arrojan luz sobre esta acción regeneradora del Espíritu de Dios:

A. La regeneración es instantánea, no es un proceso lento o gradual. Nacemos en Cristo cuando el Espíritu así lo determina en nuestra experiencia personal. Pasamos de muerte a vida. No hay una fase intermedia. ¡Se está muerto o se está vivo!

B. El Espíritu obra en el corazón del hombre. No actúa en forma externa, simplemente presentándole el mensaje o persuadiéndole con la lógica. No. Penetra en las entrañas íntimas del hombre, en su alma, espíritu o corazón. No se trata sólo de un cambio en la conducta, en las acciones del hombre. En la regeneración el Espíritu toca al espíritu del hombre, llega a las entretelas del corazón, al centro de su conciencia porque “del corazón mana la vida” (Prov 4.23). Para cambiar las acciones y la vida es necesario cambiar la fuente, por ello Ezequiel profetiza que Dios quitará los corazones  viejos y endurecidos del pueblo para darles corazones nuevos de carne “para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan.” (Ez 11.20)

C. En tercer lugar, el Espíritu no agrega algo adicional al corazón; simplemente cambia desde adentro su disposición de amor al pecado, por amor a Dios. El Espíritu hace que el intelecto, las emociones y la voluntad del hombre regenerado se empleen para Dios y ya no más en su contra.

D. La regeneración es un acto soberano del Espíritu, pues él hace exactamente lo que desea. “El viento sopla de donde quiere” (Jn 3.8). Así el Espíritu actúa también de manera libre y soberana. Jesús empleó la figura del nacimiento en su conversación con Nicodemo, en el cual el niño es nacido. El nacimiento espiritual, la nueva creación y la vida proceden totalmente de la decisión del Espíritu Santo. Juan revela que los hijos de Dios “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. (Jn. 1.13)

3. LOS RESULTADOS DE LA REGENERACIÓN

Por varias razones teológicas, Dios opera en el campo de lo nuevo: Un nuevo corazón, nueva vida, nuevos cielos y nueva tierra. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; he aquí las cosas  viejas pasaron. ¡Todas son hechas nuevas!” (2 Co 5.17)

El zarzal se ha cambiado en viñedo, de manera que ahora crecen uvas en vez de espinas (Lc 6.35-45). El corazón de piedra ha sido cambiado por un corazón de carne y hay nueva vida. Ha nacido un hombre nuevo, ha resucitado un muerto. Jesús lo resume diciendo que el que es nacido de nuevo ve el reino de Dios. El que ha sido regenerado ha pasado de muerte a vida, ahora vive en luz y es hijo de luz.

La acción del Espíritu en la regeneración da un fuerte sustento a la obra misionera y reafirma nuestro testimonio. David Livingston, el gran misionero al África escribió en uno de sus momentos más tenebrosos: “El campo que tratamos de cultivar aquí es difícil, muy difícil . . . si no fuera por la convicción de que el Espíritu está actuando y actuará por nosotros, renunciaría por desesperación.” El leopardo no puede cambiar sus manchas, ni el etíope su piel, pero Dios envía a su Espíritu, y su pueblo es convertido de manera irresistible.

CONCLUSIÓN

Si algo necesita la humanidad hoy es precisamente el Espíritu Santo. Si queremos tener éxito en la transmisión del mensaje de Cristo, pidamos sobre todo, la influencia regeneradora del Espíritu Santo en el corazón de los hombres.

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LECCIÓN 8. EL ESPÍRITU SANTO Y LA SANTIFICACIÓN

INTRODUCCIÓN

Es un verdadero milagro que el Espíritu dé vida a los muertos a través de la regeneración. Es así que en la nueva vida espiritual el redimido está capacitado para hacer obras agradables a Dios. Sin embargo, esta nueva vida no está exenta de pecado, lo que a veces nos desanima y nos hace vernos como si no hubiésemos sido regenerados; pero estas debilidades no serán para muerte, no son incurables. Al contrario, irán desapareciendo gradualmente hasta que nuestra santificación sea perfecta en la Presencia de Dios.

La persona nacida de nuevo está muy consciente de su pecado, ahora con mayor sensibilidad que cuando no tenía comunión con Dios. Pablo exclamó “¡Miserable de mí!” (Ro 7.24),  por esto Cristo nos enseñó a orar diciendo “Perdona nuestros pecados”. Juan confirma esta verdad cuando asevera que si alguien, incluyendo los regenerados, dice que no tiene pecado, se engaña a sí mismo, la verdad no está en él, y hace a Dios mentiroso (1 Jn 1.8,10). Cuando Isaías tuvo la visión de Jehová, dijo “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, han visto mis ojos al Rey” (6.5). Pero el problema subsiste: ¿Cómo puedo superar el pecado? ¿Cómo puedo dominar la ira, el mal genio, el odio, la envidia, las tentaciones sexuales y otros males que moran dentro de mí? Todos los verdaderos cristianos están preocupados por esto. Buscan triunfar sobre el pecado. ¿Cómo lo conseguirán? Este es nuestro tema hoy.

SOLUCIONES “PIADOSAS” NO BÍBLICAS

Veamos en primer lugar estas dos opiniones  erróneas muy difundidas en algunos círculos evangélicos: La primera es “luche contra el pecado lo más que pueda”; la otra es diametralmente opuesta: “No luche contra el pecado, deje todo a Dios.”

La primera nos manda confiar en nuestra propia fortaleza y pone la santificación sobre nuestros hombros, diciendo: Sea señor de su propia vida, domine sus malas tendencias, ejercítese en la disciplina personal, en su voluntad santificada, en sus buenos propósitos. Si sabemos lo que es justo y utilizamos nuestra voluntad, podremos vencer al pecado por nuestra propia fuerza y devoción.

La segunda opción es igualmente errónea y propone: Si el hombre hace algo por vencer al pecado, el pecado lo vencerá a él. El hombre debe simplemente dar oportunidad a Dios para que Él tome posesión completa de su corazón y de su personalidad. El Espíritu Santo desea liberar al hombre, pero no puede hacerlo hasta que el hombre se lo permita y deje todo en sus manos. Hay que permanecer quietos y dejar que el Alfarero nos modele. Abandónese a Dios.

Hablan de la santificación instantánea: En la justificación – dicen – hemos recibido a Cristo como nuestro Salvador y en esta segunda experiencia espiritual le aceptamos como nuestro Señor y somos santificados por medio de esta “segunda bendición”, al ser llenos del Espíritu.

¿QUÉ NOS ENSEÑA LA BIBLIA?

Es necesario diferenciar entre la justificación y la santificación. La primera es un acto de Dios cuando somos justificados en Cristo, ocurre en un instante; la santificación es un proceso que se inicia junto con nuestra nueva vida en Cristo y tiene lugar durante toda la vida del creyente, completándose en el día en que estemos en Presencia de Dios. Es obra del Espíritu pero somos nosotros quienes debemos andar en el camino de la santidad. A diferencia de la justificación, en la cual somos sujetos pasivos, en la santificación estamos activamente involucrados y somos sostenidos por el Espíritu a través de su guía y poder. No es fácil describir la acción santificadora del Espíritu Santo pues es un misterio, al igual que la regeneración; sin embargo, podemos afirmar algunos aspectos que la Biblia nos revela:

A. En primer lugar, la santificación es resultado de la actividad del Dios trino pero especialmente es una obra de la tercera Persona quien regenera (Jn 3), renueva (Tito 3.5), santifica (2 Tes 2.13; 1 P. 1.2), guía (Ro 8.14), mora dentro del hombre (Jn 14.17; Ro 8.9; 1 Cor 3.16), y escribe en el corazón (2 Co 3.3). Pablo dice claramente que “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Ro 8.9). El Espíritu es absolutamente esencial para esta vida victoriosa en Cristo.

B. Esta obra santificadora tiene lugar en el mero corazón del hombre. No se trata sólo de persuasión moral, racional o argumentativa para dejar que el hombre se santifique por sí mismo. Toca su naturaleza básica, las entretelas íntimas de su alma. Cuando el Espíritu mora en nosotros, surgen los frutos del Espíritu (Ga 5.22,23), porque es “del corazón que mana la vida (Pr 4.23).

C. En tercer lugar, El Espíritu hace que todo el hombre quede bajo los efectos de la santificación. Si la parte más íntima del hombre, su corazón o alma, cambia, entonces esta benéfica influencia ennoblece su persona en todas sus  expresiones y acciones. La nueva criatura en Cristo habrá de desarrollarse y crecer gradualmente en todos los aspectos de su vida.

D. Una cuarta característica de la obra del Espíritu es que la santificación es un proceso gradual. A semejanza de los niños, el nuevo creyente necesita crecer. Lo natural es que se desarrolle y crezca. “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P 3.18). La santificación nos impulsa a crecer, pues Dios mismo nos proporciona los medios “para que ya no seamos niños fluctuantes . .  sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquél que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo bien concertado . . . recibe su crecimiento para ir edificándose en amor“ ( Ef 4:1-12). “La voluntad de Dios es vuestra  santificación” (1 Tes 4.3).

E. En quinto lugar, este proceso gradual quedará completo en un abrir y cerrar de ojos, en el momento de la muerte física. En el cielo, en la Presencia del Dios Santo, no habrá pecado; éste habrá sido completamente eliminado (Ap 21.27). Por consiguiente, cuando el cristiano va al cielo, el proceso de santificación se perfecciona en un instante y el hombre se vuelve completamente perfecto. La continua operación del Espíritu Santo por la cual estamos unidos a Cristo es la condición indispensable para obtener el triunfo sobre el pecado. Somos más que vencedores en Cristo. Así como las ramas están unidas al tronco y reciben de él la savia y la vitalidad que les hacen producir frutos, el cristiano recibe del Espíritu el poder, la vida y la fortaleza interior para hacer buenas obras (Jn 15).

CONCLUSION

Es inútil tratar de triunfar sobre el pecado por medios o ritos externos tales como el ascetismo, la persuasión moral, la disciplina, esto es, por nuestra fuerza o voluntad personal, sin el sustento y poder del Espíritu. Es indispensable que sus obras  de regeneración y santificación operen en nuestra alma para que podamos responsablemente ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor (Fil 2.12). Es en la medida en que nosotros busquemos en fe y obediencia hacer  Su voluntad, que nuestra vida experimenta su Presencia con más plenitud y gozo. Andemos por la calzada y camino de santidad que nos describe Isaías (35.1-10) y tendremos gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.

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LECCIÓN 9. EL ESPÍRITU SANTO Y EL HABLAR EN LENGUAS

 INTRODUCCIÓN

Hablar en lenguas significa  hablar de manera espontánea en un idioma que el hablante no ha aprendido previamente, o que produce sílabas que no se reconocen como formando parte de un idioma. Este fenómeno se da también en grupos no cristianos entre los esquimales, zulús, hindús, musulmanes y mormones. Tal glosalía (don de hablar en lenguas extranjeras, muertas o propias de los ángeles), no es necesariamente resultado de la acción del Espíritu Santo.

Hablar en lenguas se dio en el Nuevo testamento junto con otras señales como confirmación de la verdad del Evangelio, pero fue hasta el siglo XX que el tema retomó actualidad entre ciertos grupos cristianos, pues ni durante la época de los padres de la iglesia ni de la Reforma este tema fue relevante para la iglesia. La razón es que la revelación estaba completa y no hacían falta más señales. Sin embargo, actualmente hay un nuevo énfasis en este don y es necesario que abordemos su estudio, conforme a lo que enseña la Biblia.

LA ERA APOSTÓLICA

Ciertamente la Biblia refiere episodios en los que Jesús mismo y también los apóstoles realizaron señales y prodigios en reforzamiento de la autoridad del evangelio, como en los que mencionamos en seguida, y se argumenta que el hablar en lenguas se contaba entre tales señales; sin embargo, la Biblia no es explícita en ello:

a) Pablo y Bernabé en Iconio (Hch 14.3), hablan con denuedo del evangelio y el Señor concedió que por mano de ellos se hiciesen señales y prodigios; b) Pablo escribe a los Romanos (Ro.15.18,19) que se gloría en hablar de Cristo porque lo hace con palabras pero también con potencia de señales y prodigios en el poder del Espíritu de Dios; c) Ante los corintios, Pablo defiende su apostolado (2 Co 12.12), alegando que sus señales han sido hechas entre ellos por señales, prodigios y milagros; d) Hebreos 2:3,4 dice que la salvación fue confirmada pues Dios testificó juntamente con ellos, con señales, prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad; e) Juan cierra su evangelio diciendo que Jesús (quien nunca habló en lenguas ni enseñó sobre ellas), hizo además muchas señales ante sus discípulos pero que las que él narra “se escribieron para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (20.30,31). Este es un argumento atractivo pero no es concluyente.

Existe una discusión respecto a la originalidad de los versículos 9 a 20 de Marcos 16, donde se menciona que Jesús dijo: Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán (v 16,17). Muchas autoridades bíblicas piensan que esta es una adición posterior a Marcos pero, aun considerando este pasaje como original y las palabras dichas por Jesús, cabría esperar que no sólo hablar en lenguas, sino que las demás señales mencionadas, formaran parte de la práctica cristiana hasta ahora. Esta única probable referencia de Jesús al hablar en lenguas no se entiende como un mandato sino como una predicción de lo que ocurriría. Tampoco su énfasis está a la altura de sus ordenanzas sobre la fe, el amor, la obediencia y la oración.

G. Nyenhuis (Estudio sobre Marcos), hace el siguiente comentario: “La comisión dada a los discípulos recibirá su confirmación en la práctica. Hay señales que seguirán. Los que pertenecen a Cristo y a su pueblo no pueden ser poseídos de los demonios. Ni el demonio puede resistir el poder del evangelio, o sea, de la Palabra de Dios. El pueblo de Dios, los discípulos, los evangelistas aprenderán nuevas lenguas. No se habla aquí de glosolalía, el “hablar en lenguas”, la repetición de sílabas sin sentido gramatical, sino de que en función de su comisión, hablarán otras, nuevas, lenguas, en la comunicación del evangelio. Tenemos que recordar que aquí, en este pasaje, los heraldos, los anunciadores de mensajes oficiales no han de expresar emociones y/o excitaciones; más bien, se habla de comunicar el mensaje en lenguaje claro y correcto en el idioma de los que lo oirán. No es cosa accidental que entre los misioneros estén los mejores lingüistas del mundo.”

LA ENSEÑANZA POSITIVA DE LA BIBLIA RESPECTO A LAS LENGUAS

Sin menoscabo de las amplias argumentaciones de nuestro libro base ni de su autor, Edwin H. Palmer- cuya lectura es necesario hacer – seguimos en este punto a John R. W. Stott en su libro “Sed llenos del Espíritu Santo”  como una opción complementaria.

1. Está claro que en el día de Pentecostés los creyentes llenos del Espíritu hablaron “en otras lenguas”, vale decir, en idiomas extranjeros, “según el Espíritu les daba que hablase” y que todos estos idiomas eran comprensibles para los grupos que allí estaban congregados (Hch 2.4-11). En 1 Cor 12.10 el sentido del sustantivo glossa (idioma), es el mismo y al hablar de de los dones dados a unos “de diversos géneros de lenguas” y a otros, de interpretación de lenguas”, la idea prevalente es la de claridad en la comunicación del mensaje.

2. Todo el énfasis en 1 Cor 14 está encauzado a desalentar el culto de manera ininteligible como una cosa de niños: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar . . .  sino maduros en la manera como piensan” (14.20). El Dios de la Biblia es un Dios racional que no se deleita en lo irracional o ininteligible.

3. En el cap. 14, Pablo no sólo pone serias limitaciones a hablar en lenguas en el culto público, sino que desalienta hacerlo en forma privada a menos que el que habla entienda lo que dice: “El que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” pues de otra manera queda sin fruto, y concluye: Oraré con el espíritu pero oraré también con el entendimiento” (15).

4. La iglesia necesita ser edificada: “Edificaré mi iglesia” (Mt 16.18), “Sois edificio de Dios” 1 Co 3.9). Los cristianos tienen un ministerio de “mutua edificación” (Ro 14.19) . La frase “El que habla en lengua extraña, se edifica a sí mismo” tiene cierta ironía en contraste con “el que profetiza, edifica a la iglesia” (1 Co 14.4)

5. De manera que los charismata son todos dados para el bien común. Pablo aplica este principio en Efesios 4.11,12 a los dones de enseñanza. Cristo constituyó  (con sus dones) a “ unos, apóstoles; a otros profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros” ¿Para qué? Continúa: “ a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. El objetivo inmediato del que enseña es conducir a los cristianos, a los santos, no sólo hacia la madurez cristiana sino también hacia el ministerio cristiano, a fin de equiparlos para el ministerio en la iglesia y en el mundo.

CONCLUSIÓN

Recordemos que el Santo Espíritu de Dios es quien inicia en la regeneración todo el proceso de nuestra salvación. Es por su obra eficaz que recibimos la nueva vida y tenemos acceso a la redención. El  Santo Espíritu ya está presente en la vida del creyente para andar en el camino de la santificación. Hablar en lenguas no es indicación de una mayor espiritualidad ni es condición para tener una amplia comunión con Dios.

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LECCIÓN 10. EL ESPÍRITU SANTO Y LA DIRECCIÓN

 INTRODUCCIÓN

Cada día tomamos decisiones, algunas de ellas muy importantes y trascendentes. Es una preocupación legítima del cristiano contar con la guía y dirección de Dios para tomar las decisiones correctas de acuerdo con su voluntad, especialmente en  los asuntos  significativos. Es probable, sin embargo, que al enfrentar tales situaciones estemos desconcertados  respecto de lo que Dios quiere para nosotros. Podemos caer en  confusión, malos entendimientos, pretender revelaciones o señales especiales y aun caer en la superstición. Eso no es  propio del cristiano, por lo que es importante que conozcamos qué enseña la Biblia sobre este punto pero también debemos saber lo que no enseña, para conducirnos con fe y certeza.

LA VOLUNTAD PRECEPTIVA DE DIOS (LA LEY MORAL)

En la Palabra encontramos la voluntad manifiesta de Dios para nosotros. No hay duda, pues sabemos lo que le agrada y lo que le ofende. Sabemos así que Dios es santo y que sus ordenanzas y mandamientos son justos y buenos. Nos referimos no sólo al decálogo sino a todas las expresiones de su voluntad divina. El Salmo 119 es un gran poema que describe las excelencias de la Ley de Dios, y el salmo 19.7-11 hace una magnífica descripción resumida de la Ley y de los beneficios que trae al corazón del redimido:

La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre;  Los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; EN GUARDARLOS HAY GRANDE GALARDÓN.

La Ley de Dios fue dada a su pueblo en el Antiguo Testamento y le  llama, instruye y ordena constantemente que la guarde a través de las generaciones: “Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres.” Dt 6.1-3

En el Nuevo testamento, Jesús también enseña la obediencia a los mandatos de Dios: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14.23). Las cartas apostólicas abundan en exhortaciones de este tipo para andar en novedad de vida: “Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios”.  III Jn 11

Ya sabemos que la vida del redimido se caracteriza por las buenas obras, las cuales por acción del Espíritu Santo (1) surgen de un corazón redimido, (2) tiene por norma la Ley de Dios y (3) su propósito es glorificar a Dios. Así pues, que nadie se engañe en cuanto a las decisiones morales : Al buscar la voluntad de Dios, la Palabra es explícita: “El que dice que es de él, debe andar como el anduvo” (I Jn 2.6). Conocer la voluntad de Dios es una razón muy importante para leer, estudiar, memorizar la Biblia. “En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti.” Sal 119.11

LA DIRECCIÓN PROVIDENCIAL DE DIOS

Aquí es probablemente donde surgen la incertidumbre y la necesidad de también ser guiados por el Espíritu de Dios, cuando no está implícito un conflicto moral, sino cuando debemos decidir entre dos o más opciones buenas y queremos hacer no sólo lo mejor para nosotros y nuestra familia, sino también para la gloria de Dios. Por ejemplo: tomar una decisión médica, aceptar o cambiar de trabajo o residencia, iniciar o no una relación matrimonial, la elección de una carrera profesional, etc. En el campo espiritual también se presentan casos similares en cuanto a las posibilidades en el servicio cristiano y las responsabilidades que implican.

Recordemos en primer lugar que los hijos de Dios vivimos bajo su providencia pues todas las cosas ayudan a bien a los  que le  aman, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.( Ro 8.28). Hay sin embargo  varios errores que resultan de no  observar el principio bíblico  de que el Espíritu guía al cristiano  en forma infalible sólo por medio de la Biblia. Jesús dijo: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad.” (Jn 16.13); Pablo escribió: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu  de Dios, estos son hijos de Dios” (Ro 8.14). Debemos evitar  errores como los siguientes:

A. No debemos identificar ciertas circunstancias o situaciones del pasado como indicadores indiscutibles de la providencia de Dios como si fueran señales para que andemos por tal o cual camino.

B. Tampoco podemos poner a Dios a prueba para saber su voluntad. Reclamar  señales es anti-bíblico pues equivale a requerir revelaciones especiales de Dios. En el AT, Dios en su soberanía obró ocasionalmente así (Gedeón y el vellocino, Felipe y el etíope, la negativa del Espíritu para que Pablo fuera a Bitinia), y sin duda Él es libre de hacerlo, pero ésta no es la norma. La revelación está concluida.

C. Las “corazonadas” o intuiciones espirituales no son en muchas ocasiones sino maneras de reforzar o justificar nuestras intenciones o deseos personales, como si vinieran de Dios.

D. Algunas personas juegan al azar con los textos bíblicos “para encontrar la voluntad de Dios”. La Biblia no es un libro mágico de adivinación. Hacer este tipo de cosas es superstición y menosprecio de la palabra.

Recordemos lo que acertadamente dice la Confesión de fe de Westminster I. V. “La autoridad de las Santas Escrituras, por la que ellas deben ser creídas y obedecidas, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino exclusivamente del testimonio de Dios (quien en sí mismo es la verdad), el autor de ellas; y deben ser creídas, porque son la Palabra de Dios. (1).”  2 Pedro 1:19,21; 2 Timoteo 3:16; 1 Juan 5:9; 1 Tesal. 2:13.

¿QUÉ SÍ PODEMOS HACER EN ESTOS CASOS?

A. En primer lugar, esforzarnos en conocer a fondo la Palabra de Dios, que es nuestra guía de fe y conducta.

B.Orar y pedir la iluminación del Espíritu, rogando su sabiduría, porque sabemos que él nos oye.

C. Utilizar las capacidades de discernimiento y juicio para evaluar y considerar todos los aspectos involucrados en nuestras decisiones. Consultar con otras personas cuyo consejo nos ayudará a decidir.

D. Confiar en que aun cuando nos equivoquemos (¿quién no?), todo obra para nuestro bien. Nuestro Dios es misericordioso y usa también nuestros errores para que crezcamos y avancemos en sabiduría, prudencia y fe.

E. Confiar en Jehová. Él ha prometido guiarnos con su Espíritu. Podemos descansar en él.

CONCLUSIÓN

Demos gracias al Padre su dirección providencial. Agradezcamos al Espíritu el papel activo que desempeña en revelarnos la voluntad del mandato de Dios, en iluminarnos la mente y en provocar en nosotros el deseo de hacer su voluntad. Honremos al Hijo por la salvación buscando  cada vez más su dirección y sigámosle en fe y obediencia.

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LECCIÓN 11. EL ESPÍRITU SANTO Y LA FILIACIÓN DIVINA

 INTRODUCCIÓN

La Biblia utiliza el término “Hijo de Dios” en por lo menos tres sentidos diferentes. Aplica este título a Jesucristo, al hombre en general y al hombre regenerado, al cristiano. El Santo Espíritu desempeña un papel importante en cada una de estas filiaciones. Estudiemos estos tres casos para entender su importancia.

LA FILIACIÓN DE CRISTO.

A) Filiación Trinitaria. Cuando pensamos en Jesús como Hijo de Dios, pensamos ante todo en su divinidad, ya que es el Hijo eterno del Padre y junto con el Espíritu Santo forma la Trinidad.

B) Filiación Mesiánica. Jesús es el Hijo de Dios no sólo en cuanto a su relación trinitaria, sino también por su misión mesiánica: Por amor, el Padre envió a su Hijo para que redimiera a la humanidad (Jn 3.16). Cuando el ángel anunció a María que Jesús sería Hijo del Altísimo, le explicó este título diciendo que “el Señor Dios le dará el trono de David su Padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1.33). Durante la última cena, Jesús asignó a sus discípulos un reino “como el Padre me lo asignó a mí” (Lc 22.29). Para todo ello fue necesaria la encarnación del Hijo de Dios, sobre quien descendió el Espíritu Santo no sólo en su concepción, sino en su bautismo y en todo su ministerio (ver lección 6). “Este es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia” (Mt 3.17). El Espíritu Santo fue la Persona de Dios que fortaleció a Jesús para resistir la tentación, predicar el evangelio, hacer milagros, cumplir la redención y ser alzado en gloria.

C) Filiación por nacimiento. Debido al acto sobrenatural de la concepción por parte del Espíritu Santo, Jesús se llamó Hijo de Dios: “El santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lc 1.35). Jesús no tuvo un padre humano, su paternidad se remonta a Dios mismo.

D) Filiación Ética. En este sentido ético-religioso, a diferencia de sus filiaciones intratrinitaria, mesiánica y por nacimiento, Jesús es también Hijo de Dios. Esto tiene que ver con su naturaleza humana, pues no sólo es Dios omnipotente, sino verdadero hombre. Como ser realmente humano rindió culto al Padre y tuvo relación íntima con él. En esta filiación ético-religiosa, Jesús también dependió del Espíritu Santo, en cuanto a que es hombre. Como vimos en el capítulo anterior, la gracia de Dios estaba sobre él (Lc 2.40) en la Persona del Espíritu Santo: “ Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor a Jehová” (Is 11.2)

FILIACIÓN POR CREACIÓN.

Ahora tratamos la expresión Hijo de Dios en un sentido diferente y es en relación con la creación, pues es Padre de todos los hombres, por cuanto él los hizo. Génesis 1 nos refiere que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, es decir, es como Dios en cuanto a que es un ser espiritual que posee mente, voluntad y emociones. Es así que Pablo  en el Areópago cita con aprobación al poeta pagano Arato  cuando dice “Porque linaje suyo somos”, es decir, somos hijos de Dios (Hch 17.28). En Hebreos 12.9 leemos que Dios es “Padre de todos los espíritus” refiriéndose a todos los hombres, sean o no redimidos. Aquí también vemos la obra del Espíritu de Dios, pues él es quien dio vida al hombre. La Tercera Persona es quien dota a todos los hombres  de su naturaleza espiritual para que tengan vida y ejerciten los dones que el Espíritu mismo les repartió.

LA FILIACIÓN DEL CRISTIANO

Demos un paso más. Si bien en cierto sentido somos hijos de Dios por haber sido creados por él, ahora pensemos en  la filiación que disfrutamos por haber sido elegidos por Dios desde la eternidad para ser sus hijos. Esta es la relación que nos permite que al orar le llamemos “Padre nuestro”, esta es la  potestad que todos los que le recibieron, los que creen en su nombre, tienen de ser hechos hijos de Dios (Jn 1.12), este es el fruto del amor divino que nos sorprende: “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre que seamos llamados  hijos de Dios!” (I Jn 3.1). Hay dos aspectos a considerar en este asunto: La filiación por regeneración y la filiación por adopción.

A) FILIACIÓN POR REGENERACIÓN

Ésta tiene que ver con la recuperación de la imagen de Dios con la que fuimos creados. Por el pecado, esa imagen de Dios en nosotros fue lastimosa y drásticamente corrompida y desfigurada; sin embargo, no se perdió del todo. Cuando  a partir de que fuimos regenerados por el Espíritu de Dios dándonos nueva vida y “volvimos a nacer”, como vimos en la lección 7, tuvo lugar un milagro que nos conduce a la salvación: Nuestros pecados son perdonados, somos justificados por la obra de Cristo, somos hechos hijos de Dios e iniciamos la marcha en el camino de santidad, durante la cual somos guardados y guiados por el Santo Espíritu. Somos “revestidos  del nuevo hombre, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col 3.10).

Pablo dice que como Dios predestinó al cristiano para que fuera conforme a la imagen de du Hijo (Ro 8.29), los creyentes son “transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Co 3.18). Pedro utilizando una metáfora, dice que los cristianos son participantes de la naturaleza divina (2 P 1.4). Desarrolla más esta semejanza al describir a los cristianos como “habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. Debido a esta semejanza, el cristiano es llamado hijo de Dios .“Sabemos que todo aquél que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquél que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.”(I Jn 5.18) . Esta es la filiación en el sentido regenerador.

B) FILIACIÓN POR ADOPCIÓN

En la  filiación por adopción para el cristiano, el Espíritu Santo también desempeña un papel importante.  La regeneración es una acción milagrosa que ocurre dentro del hombre al principio de su vida cristiana, y le hace íntima y personalmente hijo de Dios; por el contrario, la adopción es un acto legal que ocurre fuera del hombre por la cual es adoptado y declarado  hijo de Dios. Como tal, hereda la vida eterna porque  “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Ro. 8.16,17). Cerramos esta sección con el texto de Gálatas 4.4-6: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”

CONCLUSIÓN

Ya conocemos ahora tres acepciones que la Biblia usa para los términos “Hijo de Dios” e “hijos de Dios.” También hemos notado siete instancias que nos ayudan a comprender más ampliamente su significado. Jesucristo, el Hijo de Dios lo es en sentidos trinitario, mesiánico, en términos de su encarnación y también desde la óptica moral. Respecto de los hombres, podemos decir que todos son hijos de Dios, por cuanto él los creó; pero sólo los redimidos pueden disfrutar de la paternidad espiritual de Dios, cuando les regenera, santifica y ha preparado una herencia para ellos por cuanto son herederos juntamente con Cristo, sólo por su gracia.

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LECCIÓN 12. EL ESPÍRITU SANTO Y LA ORACIÓN

 INTRODUCCIÓN

Uno de los aspectos más importantes de la vida del cristiano es la oración. La oración es la comunión del alma con Dios. Por medio de ella el cristiano adora a Dios, le ama, le alaba  por sus perfecciones, le agradece sus  misericordias, le confiesa sus pecados, le pide perdón, le entrega su voluntad y le pide bendiciones providenciales y espirituales, tanto para sí mismo como para los demás.

El Espíritu Santo es el manantial de esta vida de oración, por lo cual examinaremos la forma como actúa en nuestra vida de oración. Comprenderlo nos ayudará a orar, a hacer nuestras oraciones más aceptables a Dios.

BASES BIBLICAS

Comentamos cuatro pasajes de la Biblia en que se refiere directamente a  cómo el  Santo Espíritu de Dios se relaciona con  nuestras oraciones:

A) En el AT encontramos la profecía de Zacarías en el contexto de la disciplina que vendría sobre Israel a causa de su rebeldía : “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.” (12.10). El espíritu de gracia y de oración sería derramado en el pueblo para que se vuelvan a Jehová y se arrepientan y lloren a causa de su transgresión. La gracia es de parte de Dios; la oración es la respuesta del pueblo por la obra del Espíritu. Por esta influencia divina, en ese día “todo aquél que invocare el nombre del Señor será salvo”(Joel 2.32).  Jesús profetizó: “Cuando él venga, convencerá al mundo de justicia, de pecado y de juicio” (Jn 16.8).

B) Efesios 6.18 es la conclusión de la exhortación de Pablo a la iglesia en cuanto a que es necesario vestirse de toda la armadura de Dios para estar firmes contra las asechanzas del diablo:  “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio.” La  “oración y súplica en el Espíritu”  son condiciones  y complementos necesarios de la armadura  para poder permanecer firmes. Por ello oramos en el Espíritu.

C) Judas escribe su breve carta para advertir a la iglesia sobre los peligros y maldad de los falsos maestros en los últimos tiempos para que se mantengan firmes en la fe, y su petición es: “Pero vosotros, amados,  edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (1.20). Es necesaria la intervención del Santo Espíritu para defender y preservar nuestra fe y debemos orar en él.

D) Pablo nos consuela (Ro 8.26), cuando explica que a pesar de nuestras debilidades, el Espíritu intercede por nosotros, haciendo aceptable nuestras oraciones ante Dios: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.” El Espíritu perfecciona nuestras oraciones conformándolas a su voluntad al interceder por nosotros.

TRES PREPOSICIONES IMPORTANTES: EN, POR Y PARA

Las preposiciones son pequeñas palabras que sirven para relacionar las partes de una oración, dándoles sentido:

A) Nosotros oramos EN el Espíritu. ¿Qué significa esto? La Biblia utiliza la preposición EN en pasajes muy importantes, por ejemplo : “Si alguno está EN Cristo el Señor, nueva criatura es” (2 Co 5.17). “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo EN mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo EN la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). El significado más literal de la preposición nos hace pensar en  un lugar; sin embargo, la  palabra en pasajes como estos nos habla de una identificación íntima, de una relación profunda. Así la Biblia nos enseña que fuimos identificados con Cristo en el bautismo;  que si morimos con él, juntamente con él seremos resucitados. La sublime petición del Salvador en Jn 17.21 ilustra esta verdad: “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, EN mí y yo EN ti; para que el mundo crea que tú me enviaste”. Esta palabra nos habla de la unión mística con Cristo.

De la misma manera, oramos EN el Espíritu. Para orar de manera aceptable a Dios, es necesario orar “EN el Espíritu”; es decir, haber nacido de nuevo y experimentar la presencia de Dios en nuestras vidas por el Espíritu que mora en nosotros. Orar en el Espíritu significa también orar con fe en la certeza de que Dios nos oye y nos responderá, “porque esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (I Jn 5.14).

B) El Espíritu de Dios ora POR nosotros, esto es, él intercede ante el Padre a nuestro favor. Él es nuestro Abogado (Paracleto), nuestro “otro” Consolador (Jn 17.16). “Abogaste Señor la causa de mi alma; redimiste mi vida” (Lam 3.58). “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. (Ro 8.26).

Es el Espíritu quien nos infunde el deseo de orar pues nadie, por sí mismo, puede tener tal devoción o aspiración espiritual, de donde la única manera correcta de orar proviene de él. El Espíritu influye en  nuestros corazones de manera tal que su fervor penetra en el cielo mismo a través de nuestras oraciones. Nosotros tenemos el mandato de orar, de tocar la puerta del cielo pero a causa de nuestra debilidad, ninguno podemos pronunciar ni una sílaba siquiera. Es Dios quien por el impulso  de su Espíritu  abre y habilita nuestro corazón para que podamos entrar en su Presencia en oración. (J. Calvino).

C) Oramos PARA pedir la Presencia del Santo Espíritu en nuestras vidas. Recordemos que la oración es la vía por la cual podemos obtener más y más del Espíritu Santo. John Stott narra en su libro “Sed llenos del Espíritu Santo”: Necesitamos buscar, más que nunca, más y más de la plenitud del Espíritu, por arrepentimiento, fe y obediencia, y también seguir sembrando para que su fruto pueda crecer y madurar en nuestro carácter. Creo que con toda veracidad puedo decir que ha sido mi costumbre por muchos años orar cada día que Dios me llene con su Espíritu y haga que más del fruto del Espíritu aparezca en mi vida.

CONCLUSIÓN

La vida de santidad es una vida de creciente comunión con Dios. La oración de fe que surge del corazón nacido de nuevo, que es guiada por el Espíritu conforme a la voluntad de Dios, es una oración que glorifica a Dios y nos fortalece para andar en el camino de santidad. El Espíritu Santo nos guía a toda verdad (Jn 16.13).

La voluntad de Dios es vuestra santificación. I Tes 4.3

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LECCIÓN 13. EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

La obra del Espíritu Santo no se limita a la persona del creyente en lo individual, pues cada redimido es llamado a formar parte de la Iglesia de Cristo. Así vemos que en el credo apostólico, después de confesar nuestra creencia en la Persona del Espíritu Santo, proclamamos inmediatamente que hay una iglesia santa, católica (universal), y declaramos también que creemos en la comunión de los santos. En esta lección examinaremos por tanto, la obra del Espíritu en relación con la Iglesia en cuanto a que él la establece, unifica, equipa con dones, gobierna y guía.

1. EL ESPÍRITU SANTO ESTABLECE A LA IGLESIA.

La Iglesia es un organismo espiritual formado por todos los verdaderos cristianos. Todos sus miembros están vitalmente unidos de manera que no viven sólo por sí ni para sí mismos, sino que están unificados en un enlace real. La naturaleza y método de esta acción fundadora del Espíritu se ve claramente en la Biblia. Jesús es la Puerta, el único acceso pero para entrar por la puerta de la salvación:

a) Es necesario nacer del agua y del Espíritu para entrar en el reino de Dios. Ya sabemos que este nuevo nacimiento o regeneración es obra del Espíritu de Dios (Jn 3.5).

b) Confesar que Jesús es el Señor es la declaración de fe del redimido y sólo puede hacerse en el poder del Espíritu: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (I Co 12.3).

c) Sólo podemos pertenecer a la Iglesia por medio del Espíritu: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber el mismo Espíritu” (v.13). El bautismo nos identifica con Cristo y nos une a su pueblo.

La Iglesia es una, tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento, y siempre ha sido el Espíritu Santo quien ha introducido a los que han de ser salvos, ya sea en la antigua o en la nueva dispensación.

2. EL ESPÍRITU SANTO UNIFICA A LA IGLESIA

El Espíritu Santo unifica a la Iglesia morando en cada uno de sus miembros “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu mora en vosotros?” (I Co 3.16), “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?” (I Co 6.19). Esta unión de los creyentes nace a partir del llamamiento individual de cada persona, pero se consolida precisamente porque el Espíritu mora en cada uno de ellos. Por medio de este morar constante del Espíritu los miembros de la Iglesia permanecen unidos a Jesucristo, su Cabeza. Tan es así que “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro 8.29).

Esta unidad se explica a través de la metáfora del cuerpo cuando Pablo escribe: ”Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo . . .”,  y en la carta los Efesios, utilizando la misma ilustración exhorta a sus lectores a que “sean solícitos en guardar la unidad del Espíritu” (4.3), y luego dice, hay “un cuerpo y un Espíritu.” Finalmente, en Efesios 2.21,22 leemos que el conjunto de los creyentes “bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo del Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

3. EL ESPÍRITU SANTO EQUIPA CON DONES A LA IGLESIA

La iglesia muestra diversidad en su unidad, pues “hay diversidad de dones pero el Espíritu es el mismo” (I Co 12.4). El Espíritu mismo establece esta diversidad al repartir sus dones pues a cada cual dio como él quiso. En el AT se aprecia que a unos dio habilidades artísticas, a otros capacidades de liderazgo y gobierno, y a otros el don del discernimiento. Otros recibieron sabiduría militar, otros valor o fortaleza física. De igual manera en el NT apreciamos en Ef 4.11 que “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. A otros otorgó el don de la fe, amor, hospitalidad, generosidad, sabiduría u otros innumerables talentos que se encuentran en los creyentes de hoy. De hecho, nadie en la iglesia verdadera de Cristo se halla sin ningún don, porque “ a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Co 12.7), es decir para el bien general de los otros miembros. Todo esto es para perfeccionar a los santos y edificar el cuerpo de Cristo (Ef 4.12).

Pedro refiere otra ilustración diciendo que los creyentes son “piedras vivas” (I P 2.5) que han sido escogidas y modeladas con cuidado para  “ser edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

4. EL ESPÍRITU SANTO GOBIERNA A LA IGLESIA

Jesucristo, por medio de sus apóstoles, fundó la iglesia como una institución dándole instrucciones respecto de su misión, forma de gobierno, cuidado de los pobres, miembros, disciplina, sacramentos y muchas cosas más para que sepamos ser iglesia.

La iglesia pertenece a Cristo y es gobernada por su Santo Espíritu a través de la Palabra. Es diferente de cualquier otra institución u organización humana, y por lo mismo no debe adoptar sus modelos de gobierno. Ya hemos dicho que los dones vienen del Espíritu, incluyendo los de gobierno. Aprendemos en Hechos que Pablo instituyó ancianos en las iglesias (siguiendo las prácticas del AT), para gobernar y pastorear a la grey de Dios con base en la Palabra. La autoridad sigue siendo de Cristo, pero llama a hombres a ejercer esa autoridad con temor y reverencia.

Pablo amonestó a los ancianos de la iglesia en  Éfeso diciendo: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor” (Hch 20.28). Como él es quien nombra a los ancianos, y como Cristo, por medio del Espíritu es Cabeza de la iglesia, se puede asumir que él también nombra a los ministros y diáconos. Podemos confiar que cuando la iglesia vota por los candidatos que han sido seleccionados para ocupar los oficios, de acuerdo con las instrucciones y requisitos de la Biblia, lo que hace es confirmar el llamamiento que Dios ha hecho a esas personas para servirle con fidelidad. Este es un tema de llamamiento, de vocación, que debe ser considerado con toda responsabilidad y temor de Dios por parte de los candidatos a ocupar estos oficios y por la congregación que va a confirmarles en su llamamiento.

5. EL ESPÍRITU SANTO GUÍA A LA IGLESIA

El Señor Jesús prometió que “el Espíritu de verdad os guiará a toda la verdad” (Jn 16.13). En la historia de la iglesia contemplamos largos períodos de estudio y discusión – a veces no exentos de confrontaciones – a través de los cuales, la iglesia ha llegado a entender y  formular, bajo la guía del Espíritu, las grandes doctrinas de la Palabra gracias a la iluminación del Espíritu de Dios. ES así como hoy sostenemos verdades como la justificación por la fe, la infalibilidad de la Biblia, la naturaleza de la iglesia, el reto misionero, la escatología y muchos otros temas como el que nos ocupa respecto a la Persona y obras del Espíritu Santo. A los predicadores corresponde exponer con fidelidad la Palabra. A cada uno de nosotros toca escudriñar la Escritura para que bajo la dirección y guía del Santo Espíritu, estemos firmes en la Verdad del evangelio.

¡Gracias a Dios porque nos ha dado su Espíritu de Verdad!

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LECCIÓN 14. EL ESPÍRITU SANTO Y SUS SÍMBOLOS

 INTRODUCCIÓN

Los temas difíciles de entender a menudo se pueden explicar con ilustraciones simples. Jesús, el gran Maestro, se comparó a sí mismo con una puerta, un pedazo de pan, un camino, una vid. Explicó el reino de Dios como una perla de valor incalculable, una red, una cena, un árbol, una semilla, un tesoro escondido. Pablo ilustró su teología profunda con referencia a las estrellas, a los fundamentos de una casa, a las partes del cuerpo, a la luz, al heno , a las joyas, etc.

El Santo Espíritu es Dios, el Dios invisible e incomprensible, y por lo mismo nos es muy difícil comprender tanto su Persona como su obra. Pero Dios conoce nuestra debilidad y en su Palabra utiliza también símbolos, es decir, signos visibles de una realidad invisible, como un elemento de su revelación. Hoy estudiaremos siete de estas representaciones que se mencionan en la Biblia.

EL AGUA. La Biblia asocia la obra del Espíritu con el agua en dos sentidos: En primer lugar para indicar que el Espíritu limpia espiritualmente al cristiano, y, en segundo lugar, para señalarle como fuente de la vida. Cuando el hombre es regenerado, nace de nuevo por la obra divina, el Espíritu le limpia de pecado. “Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado” (Sal 51.2). Jesús dijo “El que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. ¿Qué significa el agua en este caso? Puede ser un símbolo directo del Espíritu o puede ser una referencia al bautismo, que se realiza con agua. Esto significa que para entrar al reino de los cielos debemos nacer del Espíritu, quien nos purifica del  pecado, al igual que el agua limpia la suciedad. Hay otras referencias muy preciosas en el salmo 51, en Ezequiel 36.25-27, en Tito 3.5; por favor léalas ahora mismo. El empleo paralelo del agua y del Espíritu en estos tres pasajes nos ilustra del poder purificador del Espíritu regenerador y santificador.

En segundo lugar, el Espíritu, representado por el agua, es fuente y sustento indispensable para la vida. La proclamación de Jesús es muy ilustrativa: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su interior. Esto dijo del Espíritu” (Jn 7.37-39). Esta agua “salta para vida eterna” (Jn. 4.4). Consulte también Is 44.3,4.

EL VIENTO. El simbolismo en Jn 3.8 es  muy claro: No es posible entender por competo cómo obra el Espíritu la regeneración. Al igual que en el caso del viento, uno puede ver sus resultados, pero no la actividad misma que los produce. Un huracán mueve toneladas de agua, los grandes barcos son como hojas zarandeadas, los majestuosos árboles son arrancados de cuajo. Todas estas consecuencias son evidentes pero nadie ve el viento que las produce. Así también es el Espíritu Santo de Dios. Un segundo significado del viento es su poder. Nadie puede resistir el poder del Espíritu. Penetra las entrañas íntimas del corazón del pecador eficazmente y ablanda su corazón endurecido y le lleva a Jesús. El viento también nos hace ver la soberanía de Dios:” El viento sopla de donde quiere” (Jn 3.8). Lo mismo hace el Espíritu. Nadie puede controlar su actividad ni decretar a dónde tiene que ir o lo que tiene que hacer. Es soberano. Damos gracias a Dios por la acción misteriosa, poderosa y soberana del Espíritu en nuestra vida.

EL HÁLITO. En griego la misma palabra significa viento, hálito y Espíritu. Ahora nos referimos a la acepción de que el Espíritu es el hálito, el dador de la vida: “Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Sal 104.29). Hay cuatro formas como el Espíritu da la vida: a) Da la vida natural: “Dios sopló en su nariz aliento de vida” (Gn 2.7), “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del omnipotente me dio vida” (Job 33.4).  b) Da la vida espiritual: “Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos y vivirán” (Ez 37.9,10), el Espíritu regenera las almas muertas y viven para Dios. c) Cuando Jesús resucitó, apareció a sus discípulos y “sopló y les dijo recibid el Espíritu Santo”(Jn 20.22), antes de enviarlos a predicar el evangelio. Así pues, en este pasaje, el soplo simbolizó la comunicación del Espíritu para dar vida y poder al ministerio de los discípulos. e) La cuarta obra del Espíritu tiene que ver con la inspiración de la Escritura. Dios sopló  la palabra. Ver la lección 4.

EL FUEGO. El fuego es poder, es poder consumidor pero también es fuente de energía. En lenguaje metafórico, hablamos de incendiar el mundo con una ideología. Todos los que se mueven por un cierto objetivo o meta están llenos de fuego. Así pues, el fuego es poder. En Pentecostés no sólo se manifestó el Espíritu como un viento recio sino que también se mostró en lenguas de fuego sobre las cabezas de los discípulos (Hch 2.3). “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos” (Hch 1.18). El fuego también es fuerza purificadora. El oro se prueba por fuego, el cual quema la escoria. De modo semejante actúa el Santo Espíritu como fuego, purificando la vida del creyente. “Fuego vine a echar sobre la tierra” dijo Jesús (Lc 12.49) quien es aquél que vino a bautizar “con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3.11).

EL ACEITE. Un quinto símbolo del Espíritu es el aceite. En la Biblia la unción del Espíritu se refiere a tres oficios: a los profetas, sacerdotes y reyes del AT; a la persona de Cristo; y por último a los cristianos. El aceite simbolizaba tanto el nombramiento para un oficio, como la comunicación del Espíritu para el cumplimiento de las tareas propias del oficio. Así ocurrió con los profetas, sacerdotes y reyes en el AT. El título Cristo en griego o Mesías en hebreo, significa Ungido, título para el Ungido de Dios, Jesús nuestro Salvador. Jesús se apropió la profecía de Isaías cuando dijo “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” (Lc 4.18). En cuanto a los cristianos (“los ungidos”, literalmente), su unción no es como la del AT ni mucho menos como la de Jesús, pero todo cristiano es profeta y sacerdote real  en cierto sentido. Pedro define a la iglesia como una nación santa y un real sacerdocio . . . un pueblo para que anuncie las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (I Pd 2.9). Juan  escribe:  “Vosotros tenéis la unción del Espíritu Santo” (I Jn 2.20). Pablo afirma que “Dios nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios” (2 Co 1,21).

 LA PALOMA. Los cuatro evangelios describen la Presencia del Espíritu Santo “como paloma” sobre Jesús en el bautismo. También en Génesis 1.2  se alude al Espíritu moviéndose sobre la faz de las aguas, como desplazándose como un ave. La imagen de la paloma sugiere  paz, dulzura, mansedumbre, pureza.  El Señor envió a sus discípulos como ovejas en medio de lobos y les advirtió : “Sed prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mt 10.16). Jesús dijo de sí mismo que  él es “manso y humilde de corazón” (Mt 11.29). Pablo invocó la “mansedumbre y ternura de Cristo” en sus relaciones con la iglesia de Corinto (2 Co 10.1). Así pues, el Espíritu se manifiesta como un Dios de benignidad y paz, invitándonos a a acudir a Jesús, quien está lleno de compasión, amabilidad, gentileza y amor.

EL ÁRBOL FRUTAL. En Gálatas 5.22 se describe el fruto del Espíritu como la metáfora de un árbol que produce amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, pero lo relaciona con la experiencia espiritual del creyente, pues tal fruto es producido por el Espíritu en la vida de cada redimido. El Padre es glorificado en que llevemos mucho fruto para su gloria (Jn 15.8), pero es el Espíritu morando en cada uno de nosotros quien nos hace ser tierra fértil para ello.

CONCLUSIÓN. Hay otras metáforas  en la Biblia sobre la obra del Espíritu, como las arras, el sello, las primicias de la cosecha, que ya hemos comentado en lecciones anteriores. Dios nos ha dado estos símbolos en su Palabra a fin de que entendamos con mayor claridad la presencia del Espíritu en nuestra vida. Que esta comprensión más amplia nos ayude a vivir para su mayor gloria cada día.

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LECCIÓN 15. EL ESPÍRITU SANTO Y EL PECADO IMPERDONABLE

 INTRODUCCIÓN

Hay un pecado que Dios nunca perdonará. Se le puede perdonar al hombre todo pecado y blasfemia, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdonará (Mt 12.31). Quien comete este pecado nunca se salvará ni tendrá una segunda oportunidad. Podrá leer la Biblia, escuchar la predicación del evangelio, toda la iglesia podrá orar por él, pero las puertas del cielo estarán cerradas para él  porque ha cometido pecado de muerte (I Jn 5.16). Por consiguiente es muy importante que sepamos lo que la Biblia enseña acerca de este pecado imperdonable, el pecado contra el Santo Espíritu de Dios.

1. LO QUE NO ES

A. Incredulidad final. Si una persona muere sin creer en Cristo muere para siempre. “El que en él cree tiene la vida; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el Unigénito Hijo de Dios” (Jn 3.18). No creer en Cristo trae consecuencias trágicas pero el pecado imperdonable no es algo que se comete necesariamente al final de la vida; más bien, ocurre durante la vida de la persona. La oportunidad de creer en Cristo siempre está presente, por eso es nuestro deber anunciar el evangelio que es poder de Dios para salvación a todo aquél que cree. Así lo explicó Jesús en la parábola del rico y Lázaro: Cuando el rico pidió a Abraham que alguno de entre los muertos fuese a hablar a sus parientes para que no se condenaran, la respuesta fue: “A Moisés y a los profetas tienen: óiganlos” (Lc 16:29). La incredulidad no es el pecado imperdonable pero no creer en Cristo conduce a la muerte eterna.

B. La negación de Cristo. Algunos creen que si alguna persona a quien se le expone en forma clara y poderosa el evangelio rechaza su ofrecimiento, entonces ha blasfemado contra el Espíritu de Dios. Esta no es la enseñanza de la Biblia. Abundan ejemplos de redimidos que en algún momento de su vida rechazaron a Cristo, como Pablo (Hch 26.9; I Tim 1.13), los hermanos de Jesús (Mc 3.21; Jn 7.5), los sacerdotes que creyeron en él en ocasión del martirio de Esteban (Hch 6.7). Pedro negó a Cristo tres veces y Cristo le perdonó y restituyó. Finalmente, el Salvador dijo que “a todo el que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado” (Lc 12.10). Quienes hayan negado a Cristo tienen aún la oportunidad de volverse a él. “Quien a mí viene, no le echo fuera”, dijo el Salvador.

C. Negación de la divinidad del Espíritu Santo. A lo largo de la historia y aún hoy día hay personas que niegan la trinidad y divinidad del Espíritu Santo. Este es un pecado de incredulidad ante el amplio testimonio que la Escritura ofrece de estas dos verdades pero a la luz de Heb 6:4-6, que estudiaremos más adelante, notaremos que la negación de la divinidad del Espíritu y el empleo frívolo de su nombre no constituyen este pecado y pueden recibir el perdón.

D. Contristar al Espíritu Santo. Es grave que el cristiano con su pecado y rebeldía contriste al Espíritu; sin embargo sería falso y anti-bíblico pretender que tal cosa es la esencia del pecado contra el Espíritu Santo. David, después de sus horrendos pecados, tuvo que orar “no quites de mí tu Santo Espíritu. . . vuélveme el gozo de tu Salvación . . espíritu noble me sustente”(Sal 51). Pablo confiesa haber obrado contra su conciencia y contra el Espíritu en Romanos 7. Estos creyentes y todos nosotros también recibimos el consuelo renovado del Espíritu cuando nos volvemos a él en arrepentimiento y confesión.

E. Caída del creyente en el pecado. A pesar de haber sido justificados y redimidos estamos sujetos al pecado pues el proceso de santificación no es perfecto aún. La lucha espiritual – enseña la Biblia – está presente en la vida de todo redimido. Caemos en pecado en más ocasiones de las que deseáramos; sin embargo esto no significa ni que perdamos la salvación, ni que éste sea el pecado contra el Santo Espíritu. En el capítulo 10 de Juan, Jesús hace afirmaciones que fortalecen nuestra fe en cuanto a la perseverancia de los santos.: “Mis ovejas oyen mi voz . . y yo les doy vida eterna. . . no perecerán jamás . . . nadie las puede arrebatar  de la mano de mi Padre.”

2. QUÉ ES EL PECADO CONTRA EL ESPIRITU SANTO. Mateo 12.32; Hebreos 6.4-10; Hebreos 10.26

Si bien el blasfemo contra el Espíritu Santo NO es verdaderamente  cristiano, es alguien en quien el Espíritu Santo ha estado actuando aunque no de manera salvadora. Es la persona que a pesar de conocer de alguna manera la obra del Espíritu, no ha sido renovado y peca voluntaria, deliberadamente en contra de Él. Notemos la descripción que se encuentra en Hebreos:

A. Haber sido iluminado. Es una persona que ha recibido el conocimiento de la verdad y que, a pesar de esta iluminación no experimenta la gracia salvadora. Hay muchos ejemplos en la Biblia: Jesús realizó muchos milagros ante los fariseos y los sacerdotes, haciendo claramente visible su divinidad y “toda la gente estaba atónita y decía: ¿Será éste aquél Hijo de David?” (Mt 12.23). Fueron iluminados pero no creyeron. Judas, Balaam, Caifás y muchos más durante el ministerio de Pablo recibieron esta luz y fueron reacios a creer.

B. Gustar del don celestial. El amplio testimonio de la persona Cristo, el don celestial, del cual fueron testigos el pueblo, las autoridades religiosas, civiles y militares debió haber sido suficiente para que vinieran a él en fe.  Este conocimiento de primera mano hizo más grave su pecado.

C. Participar del Espíritu Santo. Esta frase no significa que tales personas hayan sido morada del Espíritu de Dios sino que el Espíritu actuó en formas milagrosas y proféticas incluso por medio de no creyentes. Balaam, Nabucodonosor, Darío, Ciro y otros reyes de la época del exilio, Judas y Caifás son ejemplos de esta obra portentosa de Dios. En el NT, Jesús advierte que muchos dirán en aquél día ” Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” y sin embargo, su respuesta será “nunca les conocí, apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt 7.22,23). La comprensión intelectual de la obra de Dios es también una obra del Espíritu.

D. Gustar de la buena palabra de Dios – Gustar de los poderes del siglo venidero. La persona que comete el pecado imperdonable ha gustado de la buena palabra de Dios. Se da cuenta de que esta palabra es buena y verdadera. Es como los pedregales donde cayó la buena semilla pero no echó raíces o como los que reciben la palabra con gozo pero tropiezan cuando viene la persecución (Mt 4.16,17). Herodes se complacía oyendo a Juan, pero acabó ejecutándole. (Mc 6.20)

E. Recaer. Se refiere a quienes de manera voluntaria y deliberada pecan contra Cristo y contra su Santo Espíritu. Los enemigos de Cristo, lejos de reconocer las obras de Dios obrando en su Hijo, las imputaron a Satanás, acusándole de hacer los milagros en el poder del demonio. Por todo ello “es imposible que sean otra vez renovados para el arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.” Heb. 6.4

CONCLUSIÓN

Ningún verdadero creyente, cuya fe está depositada en Cristo Jesús como su Salvador, debe temer haber cometido este grave pecado. Dios es fiel y misericordioso. La Biblia nos anima a acudir permanentemente  a Cristo, a agradecerle por su salvación y buscar su voluntad. También debemos estar firmes por su gracia, atendiendo a su palabra que nutre nuestra fe.

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LECCIÓN 16. EL ESPÍRITU SANTO Y LA RESPONSABILIDAD HUMANA

 INTRODUCCIÓN

Al término de este curso hemos aprendido un poco más de la Persona y obras del Santo Espíritu de Dios, pues los campos en que él actúa son diversos. Todo esto, aunque loable, no es el fin último de nuestro estudio, sino que al conocerle mejor, experimentemos una comunión más amplia, rica y  bendita con el Santo Espíritu, la tercera Persona de la Trinidad. Para estar llenos del Espíritu, debemos saber más de su obra pero también necesitamos ser más obedientes a su voluntad para vivir vidas ricas en su fruto y testimonio.

Surge la pregunta: ¿qué tenemos que hacer para vivir en esa plenitud espiritual? ¿Es ésta una obra totalmente divina o tenemos algunas responsabilidades para que sea una realidad en nosotros? Aquí tenemos que volver a la doctrina de la santificación para recordar que “la santificación es una obra progresiva de Dios y del hombre que nos lleva cada día a estar más libres del pecado y que seamos más semejantes a Cristo en nuestra vida real” (W. Grudem – Teología Sistemática p.783). El Espíritu Eterno de Dios es la fuente de la santificación, en la que Dios y el hombre actúan cada uno al cien por ciento. (Ver lección 8). La soberana gracia de Dios no excluye la responsabilidad humana.

I. DONDE NO HAY RESPONSABILIDAD HUMANA

La regeneración no es algo que el hombre produce ni controla. Esta es una obra del Espíritu divino. La Biblia responsabiliza al hombre por todas sus acciones, pero no por la acción del Espíritu Santo en su regeneración. Ciertamente es necesario  llamar a los hombres a creer en Cristo, pero es inútil e incorrecto esperar que ellos por sí mismos nazcan de nuevo, pues nadie es capaz de hacerlo. Esto es algo que viene de arriba. El hombre es completamente pasivo – está muerto – en este proceso, como vimos en la lección 7.

Cuando Jesús dice a Nicodemo, “Os es necesario nacer de nuevo”, no le está mandando que lo haga; afirma simplemente una realidad. Así pues, como la regeneración es un acto que sólo puede realizar y realiza el Espíritu Santo, la conclusión ineludible es que el hombre no es ni puede ser responsable de su regeneración, la cual está totalmente en manos de Dios.

Si bien la Biblia no hace responsable al hombre de la regeneración, sí pone en sus espaldas en un cien por ciento, la responsabilidad de creer: “El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios  . . . porque todo aquél que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz.” (Jn 3.18,20). La sabiduría y conocimiento de Dios son infinitamente superiores a los nuestros, y nos debemos someter a ellos aunque sus enseñanzas no armonicen con el pensamiento humano.

II. DONDE SÍ HAY RESPONSABILIDAD HUMANA

Una vez que hemos nacido de nuevo, El Espíritu mora en nosotros y nos hace templos suyos. Existe un cambio radical en el creyente, pues es justificado y reconciliado con Dios; sin embargo, su vida no refleja inmediatamente todas las virtudes y fruto del Espíritu; más bien se inicia en él una lucha que marca el principio de su santificación, de la cual saldrá victorioso en Cristo, la cual será perfecta en el día de Jesucristo. Acrecentar y abundar en el camino de la santidad es su responsabilidad. En este proceso, cada cual es responsable de su progreso. En todo creyente ya mora el Espíritu de Dios pues nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo; sin embargo el grado de madurez y progreso espiritual de cada creyente depende de la fe, sujeción y obediencia que cada cual tenga a la voluntad revelada de Dios en su Palabra. Aclaremos de una vez que las expresiones “don” y “bautismo” del  Espíritu Santo se refieren a una y la misma cosa y describen un don inicial  recibido al comienzo de la vida cristiana por todos los creyentes. Hay personas que equivocadamente enseñan que es necesario tener una segunda experiencia diferente, a través del bautismo del Espíritu, que confirme y valide la verdadera  conversión. A esto añaden experiencias y señales extraordinarias como hablar en lenguas. Este no es el testimonio de la Escritura.

III. LA PLENITUD O LLENURA DEL ESPÍRITU SANTO

Otra cosa diferente es la llenura del Espíritu Santo, que la Biblia nos ordena buscar y procurar con fe y constancia y que tiene que ver con hacer de nuestras vidas terreno fértil para que el fruto del Espíritu abunde en nosotros. Tomamos ahora algunos conceptos de John R. Stott en su libro “Sed llenos del Espíritu Santo” (Editorial Caribe):

Diferencia entre bautismo y plenitud o llenura. El Espíritu fue derramado en Pentecostés sobre  más de tres mil personas. Éste fue el bautismo, una experiencia única de iniciación; el resultado: “todos fueron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2.4). La plenitud es consecuencia del bautismo y debe ser la norma de la vida cristiana. El bautismo no se puede repetir, ni se puede perder; pero la plenitud puede repetirse y necesita ser cuidada y mantenida. Si no se mantiene, se pierde. Y si se pierde, puede ser recobrada. El Espíritu es contristado por el pecado (Ef 4.30), y ya no llena al pecador. El arrepentimiento y la fe son el único camino para su recuperación. Esta es responsabilidad del creyente.

Expresiones de la llenura del Espíritu Santo. En primer lugar, se nos da a entender que que ser “lleno” era característica normal de todo cristiano consagrado. Hechos 6.35 dice que los siete varones que debían cuidar de las viudas, además de tener buena reputación, debían ser “llenos del Espíritu Santo”. Bernabé “era varón bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hch 11.24). Los recién convertidos en Antioquía de Pisidia “estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hch 13.52). Según parece, estos versículos relatan la normalidad de la vida cristiana, o al menos lo que Dios quiere que sea la normalidad de la vida del redimido.

En segundo lugar, la expresión indica el ser dotado para un oficio o ministerio particular. Juan el Bautista sería “lleno del Espíritu Santo, aun desde  el vientre de su madre” como preparación para su oficio profético (Lc 1.15-17). De igual modo, las palabras de Ananías a Saulo de Tarso de que había de ser “lleno del Espíritu Santo” parecen ser alusión a su designación como apóstol (Hch 9.17; cfr. 22.12-15; y 26.16-23).

En tercer lugar, hay ocasiones cuando se da la plenitud del Espíritu a fin de equipar a una persona, no para un oficio vitalicio (como apóstol o profeta),si para una situación inmediata: Zacarías “fue lleno del Espíritu Santo y profetizó” aunque no era profeta, sino sacerdote (Lc 1.67) y Elizabeth su esposa también lo fue cuando se encontró con María (Lc 1.41 ss.).

Tenemos por último, la interesante referencia cuádruple al Espíritu Santo que hace Lucas en el capítulo 4 de su evangelio, relacionado con el comienzo del ministerio de Jesús. Se sugieren las tres categorías que hemos mencionado arriba: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán (4.1), y suponemos que éste era su estado espiritual invariable, pero notamos que este episodio sigue de inmediato a su bautismo en el cual descendió sobre él el Espíritu Santo (3.22), para ungirlo y equiparlo para su ministerio (4.14,18). Y tercero, el Señor fue fortalecido especialmente para la experiencia de la tentación (4.1: “Fue llevado por el Espíritu al desierto” y 4.14: “volvió en el poder del Espíritu”).

¡Sed llenos del Espíritu Santo! sigue siendo el mandato a todos los cristianos. Con el favor de Dios y nuestra constancia y disciplina cristiana, esta es y seguirá siendo nuestro más ardiente propósito y tarea diaria.

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