RECIBIENDO EL REINO DE DIOS COMO UN NIÑO

diciembre 22, 2019 § Deja un comentario

Las narraciones de los evangelios son sencillas y accesibles. Cualquier persona puede entenderlas. Esta sencillez es sin duda parte de su belleza y de su encanto. Así los evangelistas relatan sucesos de la vida de Jesús y también muchas de sus parábolas y enseñanzas de manera simple y fácil.

Disfrutemos una vez más el relato del nacimiento del Salvador en el evangelio de San Lucas: “Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.”

Esta es una hermosa historia que nuestros niños comprenden, ilustran, escenifican y cantan desde su primera infancia, pero no se trata sólo de una narración linda para que la retengan en su imaginación. Detrás y por encima de esa historia sencilla está el misterio sobrenatural y milagroso del evangelio, del amor inmerecido de Dios para nosotros pecadores, de la encarnación de su Hijo, de su obediencia, muerte, resurrección y ascensión a favor nuestro para que alcancemos la vida eterna en dulce comunión con nuestro Padre Celestial. Esto también debemos aprender y enseñarles. Necesitamos comprender la salvación de Dios en su sentido más amplio y bendito.

Sin embargo, Jesús nos llama a recibir el Reino de Dios como un niño, a que seamos como niños, porque de quienes se hagan como ellos será el Reino de los Cielos. Nos preguntamos entonces, cuál es la diferencia entre nosotros los adultos y los niños, ¿cuáles son las cualidades infantiles que Jesús exalta con estas frases? ¿Cómo reciben ellos el Reino de Dios?

En Mateo 18 Jesús nos enseña que ellos reciben el Reino con humildad, lo cual demanda también de nosotros. Nos dice que los niños son frágiles y susceptibles de tropezar, por lo que nos advierte que no seamos motivo de escándalo para ellos ni los menospreciemos, porque sus ángeles ven siempre el rostro del Padre. Reconozcamos con toda humildad nuestra fragilidad ante Dios.

Pedro echa mano de una metáfora para destacar otra característica de los niños recién nacidos, que necesitan y desean la leche (I Pd 2,2), y nos dice: “Así desead la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.”

Entonces, acerquémonos reverentes al misterio de la Navidad como los niños, con toda humildad, sabedores de nuestra debilidad y con un gran deseo de encontrar en Dios el alimento espiritual que nos hará crecer en el camino de salvación.

Recibamos el don inefable de amor que Dios nos hace en esta Navidad como si fuéramos niños, con profunda humildad y gratitud.

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