LA ENCARNACIÓN: EL QUÉ Y EL CÓMO DE LA ACCIÓN DE DIOS.

noviembre 17, 2019 § Deja un comentario

Dios hizo al hombre del polvo de la tierra dándole un cuerpo físico, sopló en su nariz hálito de vida y fue el hombre un ser viviente y espiritual, creado a su imagen y semejanza.

Cuando el hombre se rebeló contra Dios, el pecado causó terribles estragos tanto en su cuerpo como en su alma, hasta el grado de la muerte misma. Por ello, el evangelio de la salvación del hombre en Cristo, y consecuentemente la misión dada a la iglesia para proclamarlo, tienen que atender no sólo a los aspectos espirituales sino también a los sociales y físicos de la humanidad y de la creación entera.

Esta es la razón por la que el Verbo se hizo carne, condescendió, “se acomodó” humillándose a sí mismo y habitó entre nosotros, manifestando al mismo tiempo su gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Por esto afirmamos que la salvación tiene un aspecto “encarnacional”, para enfatizar que Dios y la realidad humana siempre están cabalmente presentes en la obra divina de redención.

Al encarnarse el Hijo, Dios se sujetó a las limitantes de Su creación para ser así verdadero Hijo del Hombre y cumplir la justicia divina. Esto hace alusión al cómo se efectuó la salvación y tiene diferentes implicaciones doctrinales y prácticas para la Iglesia en su definición y labor misionera.

El primero y más destacable es que la misión de la iglesia no se limita sólo a una espiritualidad separada de la consagración integral del creyente. Consecuentemente, la vida y la misión de la iglesia han de incluir también la atención a los aspectos de la de la sociedad y de la naturaleza, realizando las buenas obras que Dios preparó de antemano, para que anduviésemos en ellas. Estas buenas obras son manifestación clara de que entendemos o no nuestra misión; de que somos o no sensibles a mostrar el amor de Dios a una generación necesitada de comprensión y ayuda.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo en la tierra y como tal, nos corresponde manifestar en todo momento la justicia y presencia de Dios y de su Reino en todas las esferas de la vida. La Iglesia enfrenta hoy desafíos que nos obligan a repensar cómo estamos entendiendo y llevando a cabo la labor misionera y evangelizadora, por ejemplo: El cristianismo ha perdido presencia en el mundo; proliferación de nuevos y antiguos cultos y formas de paganismo; ambigüedad respecto de la tecnología y el progreso; estructuras injustas de opresión; un mundo más pequeño y con recursos limitados; crisis ecológica y de migración, etc.

No hay duda en cuánto al amor, poder y propósito de Dios en traer salvación y bendición al mundo, pero ¿tenemos un entendimiento encarnacional del evangelio y actuamos como iglesia siendo luz y sal en este mundo, tomando en cuenta sus necesidades emergentes? Hay que pensarlo.

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