FERVIENTES EN EL ESPÍRITU

enero 20, 2019 § Deja un comentario

“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en el espíritu, sirviendo al Señor.” Romanos 12:11

En el editorial de la semana pasada comentamos estas palabras de Pablo: “Mirad pues con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo porque los días son malos. Por tanto no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.”  Efesios 5:15-17

Enfatizamos que para andar en la vida como sabios y entendidos es indispensable saber cuál es la voluntad del Señor, y no sólo saberla, sino guiarnos por ella. Esto tiene que ver con la manera como usamos el tiempo de manera provechosa. Sólo así andaremos diligentemente en esta vida. Hoy nos enfocamos en qué significa andar diligentemente, a partir del texto de Romanos que encabeza esta columna.

Lo primero que tenemos que saber es qué es “lo que requiere diligencia.” Una primera y significativa respuesta se encuentra allí mismo, al final de la frase: “Sirviendo al Señor.” Sin duda, el Señor quiere que le sirvamos y honremos diligentemente. Más específicamente, este pasaje ha venido hablando acerca de la calidad de las relaciones que Él quiere que existan entre nosotros como hermanos.

Comienza por el amor, un amor simple, sincero, sin doblez, un amor que no busca ventaja ni dominio sobre los demás, que no pone condiciones. Un amor así elimina el menosprecio, la descalificación de los demás y esto agrada a Dios. Otra característica es que busquemos la honra de los demás, que demos la preferencia a los otros. ¿Por qué es así? Porque si queremos servir y glorificar a Dios, la gran avenida que se abre es la del servicio a los demás.

Este pasaje, lleno de exhortaciones, nos llama a no juzgar, a no escandalizar a los demás, a no ser un tropiezo para su vida espiritual. Por el contrario, nos invita a bendecir, a ser solidarios, a buscar el bien de los demás, a buscar la paz. Todo esto, de manera diligente.

Ser perezosos o flojos, significa quedarnos atrás, ser negligentes y descuidados en lo que requiere diligencia.  Nuestros malos hábitos  – como posponer o incumplir nuestras responsabilidades en la iglesia, la impuntualidad, hacer las cosas a medias, etc. – no sólo nos marcan, sino que implícitamente son un estilo de vida que estamos inculcando en nuestros hijos, y son desde luego un mal testimonio para los hermanos. Pueden convertirse en  características muy lamentables de nuestra iglesia. Si somos perezosos, impactamos negativamente la vida de nuestros hermanos, no los edificamos y mucho menos glorificamos a Dios. Juan Calvino asocia este texto con el que ya comentamos respecto de “aprovechar bien el tiempo” y dice que ahora es cuando debemos redimirlo pues no volverá y es nuestra responsabilidad manejar bien el tiempo.

Finalmente, el texto habla de la solución. Esta viene de Dios pero tenemos una tarea por hacer; Dios no hará lo que nos corresponde: Lejos de entristecer al Espíritu con la pereza, haz diligentemente lo que sabes que le agrada, como hijo obediente,  y Su Presencia brillará fervientemente en ti y en tu familia.

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