“Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación.” Salmo 67.2

noviembre 25, 2018 § Deja un comentario

Pensando en textos de la Escritura que nos guíen y hablen al corazón para cumplir con la misión, privilegio y obligación que el Señor Jesús nos ordenó de llevar el evangelio a otros, me vino a la mente el salmo 67.

La idea no es mía. Este es el salmo que una y otra vez utilizó el Pastor Nyenhuis para explicarnos por qué él tomó la trascendente decisión de responder con seriedad y compromiso al  llamado de Dios para ser un misionero en México hasta el fin de sus días. ¿Qué mensaje poderoso contiene este pasaje para haber conmovido así su corazón? Vale la pena descubrirlo. A fin de cuentas, el Pastor Nyenhuis es el modelo más cercano que tenemos de lo que significa ser un misionero fiel y obediente al llamado del Señor.

Su primera frase: “Dios tenga misericordia de nosotros y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros . . .” es un eco de la bendición sacerdotal: “Jehová te bendiga y te guarde: Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro y te dé paz” (Núm. 6.24-26). Hay elementos comunes en estas dos bendiciones pero destaca una diferencia: En tanto que la bendición aarónica menciona en tres ocasiones el hombre de YHWH, el Dios del pacto para el pueblo de Israel, el salmo 67 ya preludia esta bendición para todas las naciones de la tierra.

Así lo confirma el siguiente párrafo: “para que sea conocido en la tierra  tu camino, en todas las naciones tu salvación”. ¿Cuál es el camino de Dios? Esta es una clara referencia a su pacto de gracia, el cual  se extiende a todas las naciones, según el Señor prometió a Abraham. Todos los pueblos responderán con alabanza  a la salvación de nuestro Dios.

Viene en seguida una breve descripción de la obra salvífica: “Porque juzgarás a los pueblos con equidad (justicia), y pastorearás las naciones de la tierra.” Nuevamente notamos la universalidad de esta bendita obra divina. Se repite el estribillo de alabanza: “Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te alaben”, y después de agradecer las bendiciones providenciales de los frutos de la tierra, el salmo concluye con la petición solemne y sincera de que Dios nos bendiga para llevar el evangelio a  todas las naciones de la tierra. No hay duda, nos bendecirá Dios, el Dios nuestro en esta labor. Los pueblos de la tierra conocerán el camino  de Jehová y todas las naciones habrán de temerle en asombro, reverencia y  alabanza por su salvación.

Hoy también pedimos a Dios su guía y bendición sobre nuestro trabajo misionero para que en el día final veamos su sonrisa y escuchemos de sus labios las palabras de aprobación: “Bien, buen siervo y fiel . . . entra en el gozo de tu Señor”.

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