Gímel Haz bien a tu siervo; que viva, Y guarde tu palabra. Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley. Salmo 119: 17,18

agosto 17, 2018 § Deja un comentario

La tercera estrofa del salmo 119 se construyó en este ejercicio literario sobre la base de la letra hebrea guímel, y sus ocho versos comienzan con palabras cuyo primera letra es precisamente esa.

 El profeta recurre a la técnica poética  hebrea de escribir sus ocho versículos de dos en dos, en los cuales la segunda parte de cada verso explica y complementa la primera. Comentaremos el primer juego de versos, que aparece arriba.

¿Cuál es la idea central? La absoluta necesidad del hombre de  conocer la palabra  como guía y propósito de una vida dichosa y agradable a Dios.

La primera oración, “Haz bien a tu siervo”, ruega que Dios sea generoso o benevolente con quien ora – otras traducciones aceptables son: “cuida o favorece a tu siervo” – y se puede interpretar de dos maneras. La primera sería: ¡Oh Dios! muestra tu bondad a tu siervo y entonces viviré y seré feliz! La segunda, que Calvino avala, es: ¡Oh Dios! concede a tu siervo el favor de que mientras viva, pueda guardar tus mandamientos. Se destaca así la relación vital del creyente con Dios a través de su palabra; sin ella – dice – no hay vida, es como un hombre muerto.

Por esta razón se conectan las primeras dos frases: “Que yo viva y guarde tu palabra”. Todos aspiramos a que Dios nos conceda una larga vida, pero la mayoría de las personas no tiene claro para qué vivir. Para librarnos de ideas e intenciones vanas, el profeta describe el propósito principal para la vida del justo: Ser guiados por la gracia del Espíritu, guardando la amorosa y sabia ley divina.

Vamos ahora al segundo hemistiquio: “Abre mis ojos y miraré las maravillas de tu ley” Hay aquí un reconocimiento implícito de que para poder ver las maravillas de la ley de Dios, hace falta que Él mismo nos abra los ojos; esto es, sin su ayuda somos ciegos.

Al admitir que Dios nos da la luz para vivir por medio de su palabra, el poeta afirma que estaremos ciegos aun en medio de su luz admirable, hasta que Él mismo remueva el velo de nuestros ojos. Por ello clamamos: ¡Abre mis ojos!

Dios llama “las maravillas de tu ley” a las doctrinas de su palabra, para que en humildad contemplemos su grandeza con admiración, para convencernos más y más de nuestra necesidad de la gracia de Dios, para comprender los misterios que sobrepasan nuestra limitada capacidad. “Te mostraré cosas grandes y maravillosas que tú no sabes.”  (Jr 33:3)

Ante este tesoro, el que lee y el que medita en la Biblia, el que predica y el que escucha, el que enseña y el que aprende, todos recordemos orar:

“Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.”

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