LA PRIMERA TRILOGÍA

mayo 14, 2017 § Deja un comentario

 “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” Mateo5:3-5

Ya hemos mencionado que las bienaventuranzas describen en su conjunto el carácter del cristiano en su esencia y señalan el camino a la verdadera felicidad. Forman una descripción armónica e indivisible y debe ser interpretada en su conjunto.

Ser pobre en espíritu no significa ser débil, tímido o flojo ni tener un ánimo apocado. La pobreza espiritual tampoco es simplemente ser pobre. “El pobre no está más cerca del Reino de los cielos que el rico. No hay mérito ni ventaja alguna en ser pobre. La pobreza no garantiza la espiritualidad. Confiar en las riquezas es una tentación tanto de pobres como de ricos. “ (Martin Lloyd Jones)

Los pobres en espíritu son aquellos que reconocen su absoluta necesidad de Dios, al mismo tiempo que su incapacidad e indignidad para alcanzarlo. Darnos cuenta de nuestra miserable condición espiritual nos deja sin esperanza alguna de tener méritos personales. El pobre en espíritu reconoce ante Dios su bancarrota espiritual y clama a Él para entrar así en su Reino. “Acuérdate de mí, cuando vinieres en tu Reino”, fue la súplica de un malhechor en la cruz.

Los que lloran y recibirán consolación son quienes realmente se lamentan y lloran por su condición espiritual. Es bienaventurado quien se duele, y odia haber ofendido a su Señor, porque este hecho revela que verdaderamente le ama. Entonces llora y pide perdón, con la garantía de parte de Dios que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Bienaventurados son los que lloran, pues es evidente que tienen una nueva vida interior. ¿Tienes el sentimiento de decir a Dios cuánto te duele y lamentas haberle ofendido? Entonces eres bienaventurado. Estás en el camino a la felicidad.

Los mansos o humildes son bienaventurados al experimentar el quebrantamiento de su corazón y, lejos de disculparse o defenderse, cambian su actitud en sumisión a Dios. Se sorprenden de que Dios y los demás puedan confiar nuevamente en ellos. Aprenden de sus errores y fragilidad. Ahora entienden sus fallas y se vuelven más humildes y comprensivos, más tolerantes. Dejan de mirar a sí mismos para poner su confianza en Dios.

Una persona así, está dispuesta a reparar sus relaciones sin importar los costos. No se defiende ni escatima. Hay arrepentimiento y cambio en su forma de ser, es otra su manera de relacionarse con los demás. Feliz la persona humilde que acepta sus errores y lucha contra ellos, pues conoce cuán pobre es en espíritu. Sabe que “heredará la tierra”.

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