“Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.” Mateo 2:10

enero 8, 2017 § Deja un comentario

 

Estamos ahora ante un nuevo escenario. Han pasado posiblemente un año y medio o dos desde el nacimiento de Jesús en Beth Lehem. El evangelista Mateo nos sitúa en el palacio del rey Herodes en Jerusalén, cuando unos magos que llegaron de oriente preguntaban por el Rey de los Judíos; pero no buscaban a Herodes, pues se trataba de un Rey recién nacido, “pues su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle.”

Estos sabios habían emprendido un largo viaje desde lejanos países, afrontando riesgos, peligros, gastos, etc. pero nada les hizo desfallecer en su búsqueda pues, conocedores de la esperanza mesiánica, eran guiados por la estrella de la profecía. Su llegada a Jerusalén no pasó desapercibida; la pregunta que hacían turbó, no sólo al rey, sino a la ciudad entera.

Después de que Herodes consultó a los escribas y sacerdotes respecto del lugar donde había de nacer el Ungido, llamó en secreto a los magos para indagar con diligencia cuándo fue que apareció la estrella. Su propósito era encontrar al niño para destruirlo. Herodes era un agente de satanás para entorpecer y anular los propósitos de salvación de Dios, pero nada puede frustrar los designios divinos.

Tomaron camino hacia Beth Lehem y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo porque esta señal apuntaba hacia el niño Jesús. No podemos imaginar la alegría y satisfacción que experimentaron. Hay momentos en que el gozo nos inunda y nos cambia la vida, cuando todo lo demás parece palidecer, cuando nuestra visión es diferente y todo toma un nuevo sentido.

Así ocurrió con los magos porque la salvación es la mejor noticia, la más llena de gozo y significado que podemos experimentar. Este es un gozo que supera cualquier otra circunstancia. Los magos no escucharon a los ángeles anunciando la buena nueva en el campo, pero Dios les concedió una señal semejante: Un astro que les guió a Jesús.

Al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María y postrándose le adoraron. Ese fue el final de muchos meses de esfuerzo y búsqueda: Adorar al Niño. Adorar es un privilegio de los creyentes; sólo ellos pueden hacerlo en espíritu y en verdad. Adorar es una nueva necesidad en el hombre redimido. Encontrarnos con Dios para adorarle es el sumo bien que, por su gracia, nos es concedido.

Ahora es tiempo de adorar a Dios con un corazón sincero y agradecido, con asombro, con santo temor, porque de tales adoradores se agrada Dios. ¡Venid y adoremos a Cristo el Señor!

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