LA OBEDIENCIA HUMILDE, VERDADERA IMITACIÓN DE CRISTO. (2)

junio 13, 2015 § Deja un comentario

La santidad significa obediencia total a Cristo.

La Escritura no solamente enseña el principio de la santidad, sino que también nos dice que Cristo es el camino de ese principio. Puesto que el Padre nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo, nos ordena que seamos conformados a Su imagen.

Deberíamos exhibir el carácter de Cristo en nuestras vidas, pues ¿qué puede ser más efectivo para nuestro testimonio y de más valor para nosotros mismos?

Puesto que el Espíritu Santo nos ha dedicado como templos de Dios, propongámonos en nuestro corazón no profanar Su santuario, sino manifestar Su gloria.

No es suficiente una cristiandad externa

Únicamente aquél que ha recibido el verdadero conocimiento de Dios por medio de la Palabra del Evangelio puede llegar a tener comunión con Cristo. El Evangelio no es una doctrina de lengua sino de vida. No puede asimilarse solamente por medio de la razón y la memoria, sino que llega a comprenderse de forma total cuando posee toda el alma y penetra en lo profundo del corazón.

A menos que nuestra fe cambie nuestro corazón, y nuestra actitud y nos transforme, además, en nuevas criaturas, tal religión no nos será de mucho provecho

Es necesario el progreso espiritual

Si pusiéramos una norma de perfección total para los cristianos, no existiría ninguna iglesia, pues todos distamos mucho de ser el verdadero cristiano ideal.

La perfección debe ser la meta final hacia la cual nos dirigimos y el propósito supremo de nuestras vidas. Antes que todo, el Señor desea sinceridad y sencillez de corazón, sin engaño ni falsedad. Una dualidad de mente está en conflicto con la vida espiritual, puesto que ésta implica una devoción sincera a Dios en la búsqueda de la santidad y la rectitud.

Nadie, en esta prisión terrenal del cuerpo tiene suficientes fuerzas propias como para seguir adelante con tanta constancia y desvelo.

No cesemos de hacer todo lo posible por ir incesantemente hacia delante en el camino del Señor, y no desesperemos a causa de lo escaso de nuestros logros. Permanezcamos siendo sinceros y humildes . . . no caigamos en el orgullo ni nos entreguemos a pasiones pecaminosas, mantengamos la mente en la meta final y avancemos en fe.

Únicamente lograremos la perfección absoluta cuando, liberados de la corrupción, seamos admitidos por Dios en Su Presencia.

De “El libro de oro de la verdadera vida cristiana” de Juan Calvino, publicado en 1550.

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