EL MISTERIO DE DIOS

enero 25, 2015 § Deja un comentario

“Conocer el misterio de Dios ”

Colosenses 2:2

Dios es el supremo y más sublime misterio de toda la existencia. Ningún ser le ha igualado en majestad y soberanía, y ningún ser jamás lo hará. La grandeza de Dios no es relativa; sino infinita y trascendentalmente grandiosa. Lo que sabemos de Dios en esta vida es puntual y verdadero pero es infinitamente pequeña respecto de lo que nos queda por conocer de Él cuando estemos en los cielos.

En esta vida “vemos como por espejo, oscuramente” (I Cor. 13:12). El conocimiento de Dios que su pueblo tendrá será muy superior al que los más eruditos hayan alcanzado en la tierra. En el cielo, los hijos de Dios le veremos “cara a cara” y disfrutaremos de Él en plenitud para siempre.

Todo nuestro conocimiento de Dios en esta vida surge principalmente en la Biblia. Hay conocimiento de Dios que proviene del universo que Él creó. Este conocimiento hace inexcusables a todos los que pretenden suprimir a Dios en sus mentes.

El conocimiento de Dios que podemos obtener del estudio del mundo natural es insuficiente para que los pecadores le conozcamos y amemos como debemos. Por lo tanto, nuestro conocimiento de Dios necesita nutrirse principalmente de lo que Dios mismo nos revela en la Biblia. Lo que aprendemos de la Escritura, explícitamente o por inferencias buenas y necesarias, nos permite configurar y formular la doctrina de Dios. Información de otras fuentes tenderá al engaño y nublará nuestro entendimiento con idolatría.

Del texto se la carta a los colosenses citado arriba, deducimos que el ser de Dios como la Sagrada Trinidad, es verdaderamente un misterio : “El misterio de Dios y del Padre y de Cristo.” En otros pasajes de la Escritura notamos que este misterio de la Trinidad incumbe al Espíritu Santo también. Entonces estas tres santas personas de Dios deben ser contempladas con asombro y adoración. Hay un profundo misterio en esta verdad revelada: Dios es uno y trino.

Las tres personas de la Santa Trinidad – El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo – participan de la misma esencia y sustancia: Cada una de esta personas es Dios pero no son tres dioses. Hay un solo Dios.

El primer y supremo mandamiento es amar al Padre, al Hijo y al Santo Espíritu con todo nuestro corazón, alma, entendimiento y fuerzas. Alabamos a Dios solamente de la manera como Él lo ordenó en su Palabra; adorar a Dios en otras formas diferentes es vano e idolátrico. Recibimos, aceptamos y confesamos la inspirada Palabra de Dios como nuestra única regla de fe y de conducta.

Es nuestro bendito y gozoso deber meditar en la Santa Trinidad con amor y gratitud, especialmente cuando reflexionamos en el Evangelio de gracia. Confiamos en Dios y confiamos en Él, quien suple todas nuestras necesidades, temporales y eternas. Es un gran honor de servir a este santo Dios durante el corto tiempo de nuestra vida terrenal.

Maurice Roberts / Adaptación VMS

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